Hokum – Del minimalismo inquietante a la ambición emocional de Damian McCarthy

Hokum confirma la evolución de Damian McCarthy como una voz sólida del terror contemporáneo, ampliando la estética y los temas ya explorados en Oddity. Con una atmósfera inquietante, un diseño sonoro envolvente y una narrativa más emocional.
Hokum (2026)
Puntuación:★★★★
Dirección: Damian McCarthy
Reparto:  Adam Scott, Peter Coonan, David Wilmot, Florence Ordesh y Will O’Connell
Disponible en cines

El cine de Damian McCarthy ha encontrado, en pocos años, una identidad estética reconocible dentro del terror contemporáneo: espacios cerrados que respiran, silencios que pesan más que los diálogos y una relación íntima entre lo sobrenatural y la culpa. Si Oddity consolidaba esa voz a través de un minimalismo inquietante y casi claustrofóbico, Hokum: La maldición de la bruja representa un paso adelante en ambición, sin renunciar a los códigos que han definido su estilo.

Aquí, McCarthy amplía su universo sin perder el control. La historia de Ohm Bauman, un escritor de terror que llega a una posada irlandesa para esparcir las cenizas de sus padres, funciona como punto de entrada a un relato que entrelaza folclore, trauma y redención. La premisa es sencilla, incluso familiar dentro del género, pero lo que distingue a Hokum es su ejecución: una puesta en escena que entiende el terror no como acumulación de sustos, sino como una progresión emocional sostenida.

En comparación con Oddity, donde el horror emergía desde la inmovilidad y la tensión contenida, Hokum introduce un ritmo más dinámico, apoyado en un montaje ágil que alterna entre la espera y el impacto. Sin embargo, ambas comparten una misma lógica visual: la cámara observa espacios vacíos con insistencia, como si esperara que algo —o alguien— irrumpa en ellos. Esa dilatación del tiempo, ese gesto de “mirar demasiado”, es uno de los sellos más efectivos de McCarthy, y aquí se perfecciona con mayor precisión.

La atmósfera vuelve a ser el eje central. La fotografía de Colm Hogan transforma el hotel en un organismo vivo: pasillos que parecen extenderse, habitaciones que ocultan más de lo que muestran, texturas que remiten a un pasado que se niega a desaparecer. En este sentido, Hokum dialoga tanto con el terror clásico de casas encantadas como con referentes más modernos como The Shining, pero sin caer en la cita vacía. McCarthy no homenajea: absorbe.

El diseño sonoro, reforzado por la música de Joseph Bishara, es otro de los grandes aciertos del filme. Más que acompañar la imagen, la invade. Lamentos distorsionados, crujidos persistentes y silencios tensos construyen una experiencia sensorial que potencia cada aparición y cada ausencia. En Oddity, el sonido era una extensión del vacío; en Hokum, se convierte en una presencia casi física, una amenaza constante que envuelve al espectador.

Narrativamente, la película encuentra un equilibrio más sólido que sus predecesoras. Donde Oddity podía sentirse excesivamente contenida, Hokum se permite expandirse hacia una dimensión más emocional. La figura de Bauman, interpretada con una frialdad magnética por Adam Scott, encarna ese cruce entre cinismo y vulnerabilidad que atraviesa toda la filmografía de McCarthy. Su arco —de arrogancia defensiva a una forma de redención— convierte la historia en algo más que un relato de fantasmas: en una fábula sobre el peso del pasado y la posibilidad de transformarlo.

En este sentido, el interés del director por la salud mental, el duelo y el folclore irlandés —ya presente en Caveat y Oddity— encuentra aquí una síntesis más madura. La bruja, más que una entidad externa, funciona como manifestación de una culpa persistente, un eco emocional que no puede ser enterrado. McCarthy sugiere, con sutileza, que las historias —las que contamos y las que evitamos— tienen un poder sanador, pero también destructivo.

A nivel formal, Hokum no teme recurrir a los códigos más clásicos del género: sustos repentinos, espacios malditos, criaturas grotescas. Sin embargo, lo hace desde una convicción estilística que evita la sensación de artificio. Cada sobresalto está construido, preparado, justificado. No hay gratuidad, sino una dosificación precisa que mantiene una ansiedad constante.

Lo más interesante, quizás, es cómo la película logra ser accesible sin diluir su identidad. A diferencia de Oddity, que podía percibirse como una obra más hermética, Hokum abre sus puertas a un público más amplio sin renunciar a su integridad artística. Es un equilibrio difícil, y McCarthy lo alcanza con una seguridad que confirma su evolución como autor.

En última instancia, Hokum: La maldición de la bruja funciona como una expansión natural del universo de su director: más ambiciosa, más emocional y más consciente de su propio lenguaje. No reinventa el terror, pero lo habita con una sensibilidad particular, donde el miedo no solo se experimenta, sino que también se siente. Y en ese cruce —entre lo perturbador y lo íntimo— es donde McCarthy termina de consolidar una voz que ya no es emergente, sino plenamente afirmada.

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