La nueva adaptación de Hamlet dirigida por Aneil Karia encuentra su principal fortaleza en la capacidad de trasladar los conflictos esenciales de Shakespeare al Londres contemporáneo sin perder profundidad ni relevancia.
Hamlet (2025)
Puntuación:★★★½
Dirección: Aneil Karia
Reparto: Riz Ahmed, Morfydd Clark, Joe Alwyn, Sheeba Chadha, Avijit Dutt y Timothy Spall
Disponible en VOD
Cada cierto tiempo aparece una nueva adaptación de Hamlet y vuelve a surgir la misma pregunta: ¿realmente necesitamos otra? Después de todo, pocas obras han sido reinterpretadas tantas veces, en tantos formatos y contextos distintos. Sin embargo, la versión dirigida por Aneil Karia encuentra una respuesta convincente desde sus primeros minutos. No intenta demostrar que Shakespeare sigue siendo relevante; parte de la idea de que nunca dejó de serlo. Lo que hace es trasladar esa relevancia a un contexto contemporáneo donde los conflictos de poder, identidad, herencia y violencia continúan definiendo la vida de muchas personas.
Ambientada en el Londres actual y dentro de una familia británica de origen sudasiático, la película abandona cualquier intento de reconstrucción histórica para concentrarse en aquello que siempre ha hecho de Hamlet una tragedia universal: el peso insoportable del duelo y la manera en que el pasado condiciona el presente. El príncipe de Dinamarca desaparece, pero la historia permanece intacta. Lo que cambia es el escenario. El castillo de Elsinor se transforma en una poderosa corporación familiar, las disputas dinásticas adquieren un carácter económico y empresarial, y las tensiones culturales de una comunidad británico-asiática aportan nuevas capas de significado a una historia que ya parecía haber sido explorada desde todos los ángulos posibles.
La gran virtud de Karia consiste en comprender que actualizar una obra clásica no significa modernizar superficialmente sus elementos, sino identificar cuáles de sus conflictos siguen dialogando con la realidad contemporánea. En este caso, la película encuentra conexiones especialmente potentes alrededor de la identidad, la pertenencia y la herencia. El Hamlet interpretado por Riz Ahmed no solo está intentando descubrir la verdad sobre la muerte de su padre; también parece enfrentarse constantemente a la pregunta de quién es dentro de un entorno que cambia a su alrededor. El duelo personal se convierte así en una crisis de identidad más amplia, donde las tradiciones familiares, las expectativas sociales y las estructuras de poder se entrelazan de forma inseparable.
Siendo Ahmed el verdadero centro de la película. Más que interpretar a Hamlet, parece habitarlo desde una vulnerabilidad que pocas versiones recientes habían explorado con tanta intensidad. Su interpretación evita tanto la grandilocuencia teatral como la contención excesiva. Este Hamlet no es únicamente un intelectual atrapado por sus dudas existenciales; es un hombre herido que intenta procesar una pérdida imposible mientras el mundo que conocía se desmorona frente a sus ojos. Ahmed consigue que incluso los monólogos más conocidos recuperen una sensación de urgencia emocional, como si estuvieran siendo pronunciados por primera vez.

Desde una perspectiva cinematográfica, Karia apuesta por una puesta en escena directa y contenida que evita cualquier tentación de convertir la película en teatro filmado. Aunque el lenguaje de Shakespeare permanece presente, la cámara busca constantemente anclar los acontecimientos en espacios reconocibles y contemporáneos. Londres deja de funcionar como simple escenario y se convierte en una extensión emocional del protagonista. Los barrios más deteriorados, los espacios corporativos y las calles nocturnas construyen un paisaje donde el aislamiento emocional de Hamlet encuentra un reflejo visual constante.
La fotografía de Stuart Bentley juega un papel fundamental en esa construcción. La película alterna entre la vitalidad cromática de las celebraciones familiares y los tonos fríos que acompañan el progresivo deterioro psicológico de Hamlet. Especialmente memorables resultan las secuencias vinculadas al fantasma de su padre, donde el realismo urbano se mezcla con una atmósfera espectral que recuerda al cine negro contemporáneo. Son escenas que logran algo particularmente difícil: hacer que la presencia sobrenatural parezca perfectamente compatible con el mundo moderno.
También resulta significativo que la película incorpore elementos relacionados con la desigualdad económica y las estructuras de poder corporativo. Aunque estos aspectos nunca desplazan el núcleo emocional de la historia, ayudan a establecer puentes entre las luchas dinásticas del texto original y las formas contemporáneas de acumulación de poder. El conflicto ya no gira alrededor de un reino, pero sigue hablando de quién controla las instituciones, quién hereda la autoridad y quién queda excluido de ella.
La adaptación toma algunas libertades importantes respecto a la obra original, especialmente en su segunda mitad. Sin embargo, esos cambios no buscan simplificar el texto ni hacerlo más accesible. Por el contrario, parecen responder a una voluntad de reforzar el carácter inevitable de la tragedia. A medida que avanza la película, se instala la sensación de que los personajes están atrapados dentro de una cadena de decisiones y resentimientos que comenzó mucho antes de ellos. El destino deja de ser una fuerza sobrenatural para convertirse en una herencia emocional y social que nadie consigue romper.
Quizá ahí se encuentre la verdadera relevancia de esta adaptación. Cuatro siglos después de haber sido escrita, Hamlet sigue funcionando porque continúa formulando preguntas que permanecen abiertas. ¿Qué hacemos con las heridas que heredamos? ¿Cómo convivimos con un pasado que se niega a desaparecer? ¿Hasta qué punto nuestras decisiones son realmente nuestras? La película de Aneil Karia no ofrece respuestas definitivas, pero encuentra una manera profundamente contemporánea de volver a plantear esas preguntas.
Más que demostrar que Shakespeare sigue vigente, este Hamlet revela algo todavía más interesante: que muchas de las tensiones que definían el mundo de entonces siguen presentes en el nuestro. Han cambiado los escenarios, las estructuras de poder y los códigos culturales, pero el dolor, la ambición, la pérdida y la búsqueda de identidad continúan siendo fuerzas capaces de moldear destinos. Por eso la tragedia sigue funcionando. No porque pertenezca al pasado, sino porque nunca terminó de abandonarnos.