The Blood Countess convierte el mito de Elizabeth Báthory en un extravagante juego cinematográfico donde Ulrike Ottinger reafirma su inconfundible estilo visual y su gusto por la subversión de los géneros. Isabelle Huppert lidera un reparto completamente entregado al absurdo con una interpretación elegante y divertida.
CRFIC 2026 | The Blood Countess (2026)
Puntuación: ★★★½
Dirección: Ulrike Ottinger
Reparto: Isabelle Huppert, Birgit Minichmayr, Thomas Schubert, Lars Eidinger y Conchita Wurst
The Blood Countess no intenta reinventar el mito de Elizabeth Báthory ni ofrecer una nueva película de vampiros. Lo que hace Ulrike Ottinger es apropiarse de esa figura legendaria para convertirla en un vehículo de su propio universo cinematográfico: un espacio donde el artificio reemplaza al realismo, la historia se mezcla con la fantasía y el exceso visual se convierte en la principal herramienta narrativa. Cada escena parece concebida como un espectáculo autónomo, donde la lógica importa menos que la capacidad de sorprender, jugar y desafiar las convenciones del género.
La legendaria Condesa Sangrienta, interpretada por Isabelle Huppert, reaparece en la Viena contemporánea con una misión tan absurda como fascinante: encontrar un antiguo grimorio capaz de destruir el mal, incluso si eso significa acabar con su propia condición vampírica. A partir de esta premisa, Ottinger despliega una aventura que pronto abandona cualquier interés por la progresión narrativa convencional para transformarse en un recorrido por la historia, la arquitectura y el imaginario austrohúngaro. La búsqueda del libro funciona apenas como un pretexto para que la directora explore, una vez más, las constantes que han definido su filmografía.
Lo verdaderamente importante nunca es la búsqueda del libro, sino el viaje visual que propone Ottinger. Viena deja de ser un simple escenario para convertirse en un gigantesco teatro donde distintas épocas históricas se mezclan deliberadamente. Carruajes de inspiración expresionista recorren calles modernas, vestuarios imposibles conviven con edificios barrocos y personajes vestidos como si pertenecieran a siglos diferentes interactúan con absoluta naturalidad. Esa colisión temporal convierte la ciudad en un espacio completamente artificial, donde la realidad nunca pretende ocultar su condición de representación.
Esta fascinación por el artificio ha acompañado toda la trayectoria de Ottinger. Su cine nunca ha buscado el realismo psicológico ni la ilusión de autenticidad; por el contrario, celebra la puesta en escena como espectáculo. Cada decorado, cada vestuario diseñado por Katarina Forcher y cada espacio fotografiado por Martin Gschlacht parecen existir para recordar constantemente al espectador que está asistiendo a una representación. El barroco visual deja de ser un simple recurso estético para convertirse en el verdadero lenguaje de la película.

Ese espíritu también se refleja en la permanente subversión de los géneros. The Blood Countess toma elementos del cine de vampiros, de la comedia absurda, del teatro de variedades e incluso del cine detectivesco, solo para desmontarlos uno tras otro. Los vampirólogos que persiguen a la condesa, el inspector de policía, el sobrino vegetariano incapaz de asumir su naturaleza vampírica o el psicoterapeuta empeñado en curar aquello que define a su paciente funcionan como caricaturas conscientes de los propios estereotipos del género. Ottinger nunca pretende construir tensión ni provocar miedo; prefiere utilizar los códigos del horror para convertirlos en un juego profundamente irónico.
La colaboración con la escritora Elfriede Jelinek resulta especialmente significativa dentro de esta propuesta. Ambas artistas comparten una mirada crítica hacia las estructuras del poder y una fascinación por desmontar los discursos oficiales mediante la ironía. En The Blood Countess, la historia centroeuropea aparece reducida a un inmenso carnaval donde emperatrices, vampiros, aristócratas decadentes y turistas contemporáneos conviven dentro del mismo escenario. El resultado funciona casi como una sátira cultural que observa el pasado con una mezcla de admiración, humor y distancia.
Dentro de este universo, Isabelle Huppert demuestra una vez más su extraordinaria capacidad para adaptarse a cualquier registro. Su interpretación de Elizabeth Báthory evita cualquier tentación de solemnidad y abraza completamente el tono disparatado de la película. Vestida con extravagantes trajes, alternando francés, alemán, ruso y húngaro con absoluta naturalidad, Huppert convierte a la condesa en una figura tan elegante como ridícula, capaz de mantener intacta su dignidad incluso en las situaciones más absurdas. La actriz entiende perfectamente que el humor de Ottinger nace precisamente de interpretar lo imposible con absoluta seriedad.
Sin embargo, como ocurre con muchas parodias, el ritmo nunca mantiene la misma intensidad. Algunos gags se prolongan más de lo necesario y ciertos juegos de palabras o referencias culturales pierden fuerza fuera de su contexto original. La estructura episódica provoca inevitables altibajos narrativos y hace que algunas secuencias funcionen mejor como piezas independientes que como parte de un relato continuo.
No obstante, esas irregularidades parecen casi inevitables dentro de una obra cuya prioridad nunca ha sido la narración clásica. Ottinger está mucho más interesada en construir una experiencia visual que en desarrollar una historia perfectamente cohesionada. Sus películas funcionan como galerías de imágenes, donde cada escena posee entidad propia y cada personaje representa una nueva oportunidad para explorar el disfraz, el artificio o la exageración.
Más que una parodia del terror, The Blood Countess es una declaración de principios. Ottinger convierte el cine en un espacio donde la historia puede deformarse, los géneros pueden mezclarse y la belleza puede surgir precisamente del artificio. El resultado es una obra excesiva, caprichosa y profundamente personal que confirma que, incluso después de décadas de carrera, la directora continúa filmando con la misma libertad creativa que siempre ha definido su cine.