Desde Costa Rica, tuve la oportunidad de conversar vía Zoom con Hannah Einbinder y Gillian Anderson sobre la nueva película de Jane Schoenbrun. Una conversación sobre horror, fandom, identidad, nostalgia y esos personajes que, de alguna manera, terminan revelando algo de quienes los interpretan.
Voy a empezar con una frase cliché —casi sacada de ChatGPT—, pero creo que no tengo otra forma de hacerlo, y dice así: Hay entrevistas que comienzan mucho antes de que aparezca el entrevistado. Esta fue una de ellas.
La cita estaba programada para realizarse vía Zoom y, por una pequeña y tonta confusión con el huso horario, terminé conectándome casi una hora antes. Ahí estaba yo, sentado frente a la computadora, esperando y esperando. Una hora antes. Solo. Mirando una pantalla que, por supuesto, no tenía ninguna intención de hacer que el tiempo pasara más rápido.
Y de pronto me llegó un mensaje: «La cita para conversar con Hannah Einbinder y Gillian Anderson está programada para iniciar dentro de 15 minutos». En esos 15 minutos pasó de todo, o al menos así se sintió entre la ansiedad y los nervios. Siendo sincero, nunca había hecho una entrevista en inglés, y esta no era solo una prueba técnica, sino mi primera conversación en ese idioma con dos personalidades de ese calibre. Todo parecía fresco y sereno hasta que apareció esa notificación y mis nervios se triplicaron. Aguardé la cuenta regresiva con el corazón acelerado hasta que el cursor anunció el reinicio de la sala. De fondo, escuché la voz del encargado de junket de la distribuidora dándonos la bienvenida para, de inmediato, presentarnos formalmente a Hannah Einbinder y Gillian Anderson.
Así llegó el momento, desde sus respectivos lugares, aparecieron Hannah Einbinder y Gillian Anderson. Las dos estaban completamente relajadas, cada una desde la comodidad de su espacio, y lo que inicialmente podía sentirse como una entrevista formal terminó convirtiéndose en una conversación bastante amena sobre Teenage Sex and Death at Camp Miasma, la nueva película de Jane Schoenbrun.
Antes de continuar, quiero agradecer a Distribuidora Romaly y MUBI por la invitación y por la oportunidad de participar en esta entrevista virtual. Para quienes seguimos el cine y tenemos la posibilidad de conversar directamente con quienes forman parte de estas películas, estos encuentros siempre tienen algo especial.
Y más cuando se trata de una película como Teenage Sex and Death at Camp Miasma.

Una película sobre las historias que nos formaron
La película de Schoenbrun juega constantemente con nuestra relación con el cine, con el horror y con la nostalgia. No se limita a recuperar elementos del slasher o del cine de género de los años 80, sino que intenta preguntarse qué ocurre cuando esas películas que alguna vez nos obsesionaron comienzan a formar parte de nuestra propia identidad.
Por eso, durante la conversación, quise llevar la entrevista precisamente hacia ese lugar.
Una de mis preguntas para ambas fue sencilla: ¿cuál fue esa película de terror que las marcó cuando eran jóvenes?
Hannah Einbinder respondió rápidamente: Silent Hill (Si, esa misma Silent Hill)
La actriz recordó haberla visto cuando era muy joven y lo aterradora que había sido para ella. Pero lo interesante llegó cuando explicó que recientemente había vuelto a verla y que su relación con la película había cambiado completamente.
Ya no la estaba viendo desde la perspectiva de aquella niña que se asustó con ella, sino desde la perspectiva de una madre. Y entonces encontró algo diferente: una historia sobre el amor y hasta dónde puede llegar una madre por su hijo.
Es precisamente ese tipo de relación con el cine la que parece interesarle a Schoenbrun: no solamente las películas que recordamos, sino las personas en las que nos convertimos después de haberlas visto.
Gillian Anderson, en cambio, tuvo una relación bastante diferente con el horror.
La actriz contó que tuvo una mala experiencia viendo una película de terror cuando era demasiado joven y que, durante mucho tiempo, el género prácticamente no formó parte de su vida. Algo curioso si pensamos que ha participado en producciones como The X-Files y Hannibal, dos obras que, aunque desde lugares muy distintos, han tenido una relación directa con el horror.
Anderson incluso reconoció que quizá existe una razón detrás de esa distancia: en muchas ocasiones, sus personajes no estaban directamente en medio de la acción más terrorífica.
Sin embargo, trabajar en Teenage Sex and Death at Camp Miasma le permitió comenzar a mirar el género de otra manera. Y eso me parece particularmente interesante viniendo de alguien que ha formado parte de algunas de las imágenes más reconocibles de la televisión contemporánea.

Hannah Einbinder y el espejo de Jane Schoenbrun
Una de los puntos que me interesaba conocer sobre Hannah era el de su personaje Chris en la película.
Se ha hablado de ella como una especie de alter ego de Jane Schoenbrun, aunque la propia Einbinder prefirió matizar esa idea. Para ella, Chris es más bien una especie de “funhouse mirror” de Jane, un reflejo deformado que comparte algunos rasgos, emociones y experiencias con la directora, pero que no necesariamente representa una reproducción directa de su personalidad.
Einbinder explicó que tomó pequeños gestos y ciertos elementos de Schoenbrun para construir al personaje. Pero lo fundamental vino de las conversaciones que ambas tuvieron durante la preparación de la película.
Más que copiar a Jane, Hannah intentó comprender emocionalmente a Chris. Y ahí apareció uno de los aspectos que más me llamó la atención de la entrevista: la actriz habló de cómo el proceso de interpretar a Chris terminó convirtiéndose también en una forma de conocerse mejor a sí misma.
Para construir físicamente al personaje, por ejemplo, el vestuario fue fundamental. Los lentes ayudaron a encontrar una parte de Chris que no estaba necesariamente en el guion. Hannah se describió a sí misma como alguien muy de California: relajada, tranquila, “low and slow”. Chris, por el contrario, es ansiosa, intensa, nerviosa.
Encontrar esa frecuencia física fue parte esencial de su trabajo. Y quizás ahí está una de las mejores definiciones de lo que significa actuar: encontrar algo de uno mismo en alguien que, en apariencia, es completamente diferente.

Gillian Anderson, The X-Files y el peso de convertirse en un ícono
Creo que era inevitable tener una pregunta a Gillian Anderson sobre The X-Files.
Jane Schoenbrun ha hablado en numerosas ocasiones de su admiración por la serie y, siendo honestos, era difícil tener a Anderson frente y no preguntarle cómo había sido ese primer encuentro con una directora que creció admirando su trabajo.
Anderson no recuerda si la conversación comenzó hablando de The X-Files. Lo que sí recuerda es que Schoenbrun le confesó ser fan y que rápidamente ambas pasaron a hablar de la película. Pero la conversación tomó un rumbo todavía más interesante cuando conversó sobre lo que significa convertirse en parte de una obra considerada icónica.
Anderson reconoció que tener personajes y proyectos que terminan adquiriendo ese estatus genera una relación particular con el público. Algunas personas abrazan completamente esa condición; otras incluso juegan con ella públicamente.
Ella, sin embargo, mantiene cierta distancia.
Hay algo que me pareció especialmente honesto en su respuesta: Anderson no piensa constantemente en ser un ícono. No cuando está siendo mamá. No cuando está en el supermercado. No en su vida cotidiana. Es algo que aparece cuando alguien se lo recuerda, cuando hace una sesión de fotos o cuando participa en entrevistas como esta. Y quizá esa distancia sea precisamente lo que hace que su relación con ese estatus resulte tan interesante.

¿Una ícono queer?
Durante la conversación también surgió un tema inevitable al hablar de Anderson: su lugar como figura queer para muchas personas.
La pregunta fue directamente si se considera una ícono queer y cómo se siente interpretando a una figura que, dentro de la película, también juega con esa energía.
Su respuesta volvió a ser bastante sencilla.
Anderson explicó que no es algo que ocupe constantemente su cabeza. Tiene una relación extraña con el fandom y, de alguna manera, se distancia de la idea de ser un ícono. Pero al mismo tiempo, agradece ese vínculo con el público y está feliz de participar en él.
Es una respuesta que encaja perfectamente con una película que precisamente cuestiona nuestra relación con los ídolos, los personajes y las personas que colocamos en ese lugar de adoración.

De Hacks a Camp Miasma: ¿qué viene para Hannah?
También era claro que teníamos que hablar con Hannah sobre lo que significa encontrarse, en relativamente poco tiempo, con dos proyectos tan importantes: Hacks y ahora su primer largometraje.
Hacks fue su primer programa de televisión y Teenage Sex and Death at Camp Miasma representa su debut cinematográfico.
La pregunta era inevitable: ¿eso genera presión al momento de escoger qué hacer después?
La respuesta fue clara: sí.
Pero la presión, según explicó, viene principalmente de ella misma.
Hannah siente que Hacks le dio un privilegio que no todos los actores tienen: la posibilidad de esperar, elegir y buscar proyectos con los que realmente tenga una conexión. Y eso es exactamente lo que quiere continuar haciendo.
También habló de la importancia de trabajar en historias que tengan una dimensión política y que permitan hablar de temas que considera importantes, particularmente alrededor de la identidad y la experiencia queer. Para ella, la conexión con el material es fundamental.
Y quizás esa sea una de las mejores formas de entender por qué funciona tan bien en Teenage Sex and Death at Camp Miasma: porque es una película que parece hablar de horror, pero debajo de todo eso está hablando de identidad, de pertenencia, de deseo y de las historias que utilizamos para entendernos a nosotros mismos.

Una conversación que terminó demasiado rápido
Después de varias preguntas, llegó el momento que siempre llega demasiado rápido en este tipo de entrevistas: “I’m afraid that that is all we’ll have time for now.”
Y así terminó.
Una pantalla que se había quedado esperando durante casi una hora terminó mostrando a Hannah Einbinder y Gillian Anderson conversando sobre cine, horror, nostalgia, fandom y sus propias experiencias.
Yo entré a la entrevista con la intención de hablar sobre una película que me había parecido tremendamente interesante, y salí con la sensación de que Teenage Sex and Death at Camp Miasma funciona todavía mejor cuando uno entiende que, debajo de su apariencia de película de género, existe una conversación mucho más personal sobre lo que significa crecer, obsesionarse con determinadas historias y eventualmente descubrir que esas historias también nos han construido.
Y quizá eso es lo más bonito de entrevistar a quienes hacen cine: durante unos minutos, esas películas dejan de ser solamente películas.
Se convierten en conversaciones.
Desde Costa Rica, agradezco nuevamente a Romaly y MUBI por la invitación a participar en este encuentro y por permitirme conversar con Hannah Einbinder y Gillian Anderson sobre una de las películas que más me ha dado de qué pensar este año.
Teenage Sex and Death at Camp Miasma, dirigida por Jane Schoenbrun, es una película sobre el horror, sí. Pero también es una película sobre nosotros, sobre nuestras obsesiones y sobre esas historias que, aunque hayan quedado atrás, nunca terminan de abandonarnos.