Young Washington – Jon Erwin convierte a George Washington en monumento antes que humano

Young Washington convierte los primeros años de George Washington en un relato patriótico que privilegia el mito sobre la complejidad histórica. Aunque destaca por su ambientación, fotografía y algunas buenas secuencias de batalla, su guion aplana al protagonista y lo vuelve demasiado endulzado.

Young Washington (2026)
Puntuación:★★
Dirección: Jon Erwin
Reparto: William Franklyn-Miller, Mary-Louise Parker, Ben Kingsley, Joel Smallbone y Andy Serkis
Disponible en
VOD

Young Washington llegó en un momento demasiado conveniente para que su intención pase desapercibida: el 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos. Producida por Angel Studios, una compañía conocida por combinar relatos de fe, patriotismo y figuras históricas con una mirada abiertamente edificante, y la película de Jon Erwin sigue ese mismo patrón, y aquí presenta los primeros años de George Washington como si fueran el prólogo inevitable de una leyenda. El problema es que, al intentar convertir al futuro presidente en un héroe ejemplar desde su juventud, termina despojándolo precisamente de aquello que podría hacerlo interesante: sus contradicciones.

La película se sitúa principalmente entre 1753 y 1755, durante los acontecimientos que desembocarían en la guerra franco-india. Washington todavía no es el padre fundador que conocemos, sino un joven ambicioso que busca abrirse camino dentro de una sociedad colonial donde la posición social, la educación, la propiedad y las conexiones determinan quién puede acceder al poder. Tras la muerte de su padre, su futuro parece limitado y su hermano Lawrence se convierte en una figura fundamental para su formación. Washington encuentra en la carrera militar una oportunidad para ascender y demostrar que sus capacidades pueden llevarlo más lejos que su origen social. Y ahí está, probablemente, la mejor película que Young Washington pudo haber sido.

Porque existe una contradicción fascinante en el personaje: estamos viendo a un hombre que todavía pertenece al Imperio británico y que desea formar parte de sus estructuras de poder, décadas antes de convertirse en uno de los principales símbolos de la independencia estadounidense. Es un joven ambicioso, consciente de las limitaciones de su clase y obsesionado con demostrar su valor. Ese Washington —el hombre que quiere ascender, que comete errores, que pierde batallas, que busca reconocimiento y que todavía no sabe qué lugar ocupará en la historia— es muchísimo más interesante que el héroe perfecto que termina imponiéndose en pantalla, ya que película parece tener miedo de esa complejidad.

El guion de Erwin, Diederik Hoogstraten y Tom Provost convierte casi cada experiencia del protagonista en una estación más de su inevitable camino hacia la grandeza. Washington no parece descubrir quién es: parece demostrar quién ya sabemos que es. Cada obstáculo confirma su virtud, cada derrota se convierte en una lección, cada adversidad refuerza su carácter y cada personaje que lo rodea termina funcionando como testigo de su excepcionalidad. La estructura elimina buena parte de la incertidumbre que debería sostener un relato de formación. Sabemos desde el primer minuto en qué se convertirá Washington, pero la película tampoco consigue que nos interese demasiado quién era antes de convertirse en esa figura histórica.

Ese es el gran problema del retrato histórico: no se trata simplemente de que Young Washington sea patriótica. El patriotismo, por sí mismo, no es un defecto cinematográfico. El problema aparece cuando la película utiliza el patriotismo para simplificar la historia. Washington es presentado como un hombre fundamentalmente noble, justo, valiente y empático. Incluso cuando la película se acerca a asuntos potencialmente incómodos, la narración rápidamente encuentra la manera de devolverlo a una posición moralmente cómoda. La historia no parece interesada en examinar las contradicciones del personaje, sino en asegurarse de que el espectador salga del cine admirándolo.

Eso resulta especialmente problemático en una película que pretende funcionar como una introducción histórica para un público amplio. Cuando una obra dramatiza a una figura histórica, tiene derecho a condensar acontecimientos, modificar detalles y construir escenas para generar tensión. Lo que resulta más cuestionable es eliminar sistemáticamente aquello que podría complicar la imagen del protagonista. En Washington existían ambición, privilegio, contradicciones políticas y una relación compleja con la sociedad colonial de su tiempo. Young Washington prefiere convertir esos elementos en obstáculos externos que el héroe debe superar. La historia se vuelve, entonces, una especie de examen moral en el que Washington siempre termina con la respuesta correcta.

Y eso también explica por qué los personajes secundarios resultan tan poco desarrollados. Mary-Louise Parker, Ben Kingsley, Andy Serkis y Kelsey Grammer tienen nombres y presencia suficientes para darle peso al reparto, pero la película los utiliza fundamentalmente como piezas dentro de la trayectoria del protagonista. Son mentores, autoridades, familiares o figuras románticas que aparecen para enseñarle algo a Washington o para reconocer alguna de sus virtudes. Incluso el romance con Sally Fairfax, que podría haber introducido una dimensión mucho más humana —la tensión entre amor, clase social, ambición y las convenciones de la sociedad colonial— termina funcionando como una línea secundaria demasiado convencional.

Cinematográficamente, Young Washington tampoco consigue transformar ese material en algo particularmente memorable. La película tiene una factura técnica considerablemente superior a la profundidad de su guion. La fotografía de Kris Kimlin encuentra imágenes atractivas en los bosques, los campos de batalla y los espacios rurales, mientras que el diseño de producción y el vestuario consiguen recrear con solvencia el periodo. Los uniformes rojos, las armas, los campamentos y los escenarios tienen una presencia física que ayuda a construir el periodo histórico. Incluso las secuencias de batalla demuestran que Jon Erwin tiene un interés genuino por el espectáculo bélico. La violencia es más física y visceral de lo que podría esperarse de una película de este perfil, y algunos enfrentamientos consiguen transmitir el caos de la guerra.

El problema es que esa solidez visual no siempre encuentra una puesta en escena igual de inspirada. Erwin parece atrapado entre dos películas. Por un lado quiere hacer un drama histórico solemne, accesible y pedagógico; por otro, intenta revestirlo con la energía visual de un gran espectáculo de guerra. De ahí salen algunos contrastes extraños: escenas íntimas filmadas con una intensidad que parece propia de un thriller, abundantes planos aéreos sobre los bosques y una cámara que busca constantemente transmitir gravedad, mientras los diálogos explican de manera demasiado directa lo que los personajes sienten o lo que una escena debería significar. La película tiene una apariencia de superproducción, pero muchas veces funciona dramáticamente como una producción televisiva de prestigio.

Esto se extiende a la dirección de actores. William Franklyn-Miller tiene la presencia física necesaria para interpretar a una figura que eventualmente se convertirá en un mito nacional, pero el guion le exige interpretar demasiadas veces la misma versión del personaje: serio, determinado, noble y ligeramente melancólico. No hay suficientes cambios internos que permitan que la actuación evolucione. Washington aprende cosas, pero no necesariamente cambia como persona. El resultado es un protagonista que parece estar posando para el retrato histórico que la película quiere pintar de él.

En algunos momentos, esa solemnidad incluso roza lo involuntariamente cómico. Los diálogos subrayan las motivaciones con tanta insistencia que dejan poco espacio para que los actores encuentren naturalidad. La película quiere que cada conversación tenga una importancia histórica, como si todos los personajes supieran que están participando en la construcción de una futura nación. Pero precisamente porque nosotros conocemos el desenlace, el relato necesitaría bajar la voz, no subirla.

También hay una cuestión histórica que la película no puede esquivar. Presentar a George Washington como un joven que defendía la igualdad y veía a todos a su alrededor como iguales resulta particularmente conveniente cuando se omiten o suavizan elementos fundamentales de la sociedad en la que vivió. Una película no necesita convertirse en un tratado académico ni reducir a Washington exclusivamente a sus contradicciones, pero sí debería comprender que contextualizar a una figura histórica no significa únicamente reproducir sus virtudes. El propio tratamiento de los pueblos indígenas y de la esclavitud queda condicionado por esa necesidad de preservar una imagen heroica. Incluso cuando la película intenta otorgar agencia y dignidad a personajes que no son blancos, algunas decisiones terminan acercándose a una visión casi mesiánica de Washington.

El problema es que el cine histórico puede ser patriótico sin ser complaciente. Puede admirar a una figura y, al mismo tiempo, reconocer sus contradicciones. Puede celebrar la construcción de una nación sin convertir a sus protagonistas en santos. Young Washington opta por el camino más cómodo: limpiar las aristas, subrayar las virtudes y transformar cada experiencia en otro peldaño hacia la grandeza; y el resultado es una película técnicamente competente, con una recreación de época convincente, buenas batallas y suficiente músculo visual para mantener la atención durante buena parte de sus 125 minutos. Pero debajo de esa superficie hay una película demasiado preocupada por proteger a su protagonista como para comprenderlo.

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