La guerra de los últimos – Un apocalipsis sin peso

La guerra de los últimos intenta convertir el apocalipsis en un drama contemplativo sobre la pérdida, la supervivencia y la esperanza, pero su lentitud termina jugando en su contra, además de tener a un Jacob Elordi que tampoco logra darle profundidad a un protagonista plano.
La guerra de los últimos (2026)
Puntuación:★★
Dirección: Ridley Scott
Reparto: Jacob Elordi, Josh Brolin, Margaret Qualley, Guy Pearce, Benedict Wong y Allison Janney
Disponible en cines

La guerra de los últimos (The Dog Stars) quiere ser una película sobre lo que queda de la humanidad cuando prácticamente ya no queda humanidad. Ridley Scott toma la novela La constelación del perro, de Peter Heller, y apuesta por un relato postapocalíptico más contemplativo que espectacular, interesado en la soledad, la pérdida y la necesidad de encontrar una razón para seguir adelante. El problema es que la película confunde contemplación con ausencia de desarrollo. Su ritmo es deliberadamente lento, pero nunca consigue que esa lentitud se traduzca en profundidad. Cuando finalmente decide avanzar, los acontecimientos aparecen de forma tan abrupta y poco explicada que el espectador termina tan desorientado como sus propios personajes.

El principal problema está desde el arranque. La película tarda demasiado en construir su mundo y, durante buena parte de su primera mitad, parece no saber exactamente qué quiere contar. Hig (Jacob Elordi), un piloto que sobrevivió a una pandemia que prácticamente exterminó a la humanidad, vive aislado junto a su perro Jasper y Bangley (Josh Brolin), un antiguo marine obsesionado con la supervivencia. La premisa tiene posibilidades: dos hombres enfrentados a una misma catástrofe desde perspectivas completamente distintas, uno aferrado a la posibilidad de que todavía exista algo parecido a un futuro y otro convencido de que la única manera de sobrevivir es desconfiar de todo el mundo. Pero el guion de Mark L. Smith y Christopher Wilkinson apenas explota ese conflicto.

En lugar de permitir que las diferencias entre ambos personajes surjan orgánicamente de sus acciones, la película las explica de manera demasiado evidente. Hig es el optimista; Bangley, el desconfiado. Uno quiere creer que hay algo más allá de su refugio; el otro quiere proteger lo poco que tienen. Son conceptos interesantes, pero permanecen en la superficie. Nunca llegan a convertirse en personajes complejos, llenos de contradicciones, porque el guion no les concede suficiente historia ni suficientes momentos capaces de revelar qué perdieron, qué temen o qué están dispuestos a sacrificar.

Esa falta de construcción se vuelve todavía más problemática cuando la película comienza a introducir los diferentes grupos que habitan este mundo. Aparecen los llamados “Segadores”, grupos de supervivientes que funcionan como una amenaza casi tribal, y posteriormente otros personajes que se incorporan al viaje de Hig. Sin embargo, la película nunca se toma el tiempo necesario para explicar cómo funciona esta sociedad después del colapso. ¿Qué ocurrió realmente con las estructuras sociales? ¿Cómo surgieron estos grupos? ¿Por qué actúan como actúan? ¿Qué los convirtió en una amenaza? Las respuestas nunca llegan con suficiente claridad.

Y ahí aparece una de las mayores contradicciones de La guerra de los últimos: quiere ser una película de personajes, pero tampoco construye adecuadamente el mundo en el que esos personajes existen. Si se renuncia al espectáculo para concentrarse en la dimensión humana, entonces el espectador necesita comprender profundamente ese universo y a las personas que lo habitan. Aquí ocurre lo contrario. Los acontecimientos suceden, pero rara vez se desarrollan. La película introduce conflictos sin explorarlos y después espera que el espectador les otorgue una importancia emocional que el propio relato nunca consiguió construir.

El caso del personaje interpretado por Allison Janney es quizá el ejemplo más evidente. Cuando Hig llega al aeropuerto y se encuentra con una situación que pretende funcionar como uno de los grandes golpes de la película, la escena debería resultar perturbadora. En cambio, la presencia de los caníbales y las circunstancias que los rodean aparecen prácticamente como un dato más del mundo. No existe una exploración suficiente de cómo llegaron hasta allí, por qué adoptaron esas prácticas o qué significa ese descubrimiento para Hig. El horror está presente en la idea, pero no en la experiencia cinematográfica.

Algo similar sucede con la muerte de Jasper, que debería ser el corazón emocional de la película. El perro no es simplemente un animal de compañía: durante buena parte del relato representa uno de los últimos vínculos afectivos de Hig con una vida anterior. La película insiste en su importancia y construye la relación entre ambos como si fuera fundamental para comprender al protagonista. Por eso, cuando Jasper muere, uno espera que el acontecimiento tenga consecuencias profundas. Sin embargo, la reacción de Hig resulta sorprendentemente superficial. Se lamenta, toma una decisión y continúa con la historia.

El problema no es únicamente narrativo. También es interpretativo. Jacob Elordi parece atrapado dentro de un personaje que el guion nunca termina de construir. Su Hig permanece durante demasiado tiempo reducido a miradas vacías, silencios y una actitud estoica que la película parece interpretar automáticamente como profundidad. Pero estar callado no equivale a tener profundidad. Elordi demostró en otros trabajos que puede transmitir vulnerabilidad, incomodidad y contradicción, pero aquí su actuación se siente ausente, casi desconectada de lo que ocurre a su alrededor. Y eso pesa especialmente en la muerte de Jasper: la escena necesita que sintamos el vacío que deja esa pérdida, pero ni el guion ni la dirección han conseguido establecer una conexión emocional suficientemente fuerte como para que el golpe funcione.

En ese sentido, también resulta difícil separar los problemas de Elordi de la dirección de Ridley Scott. Scott es un director con una capacidad extraordinaria para construir atmósferas, espacios y amenazas. Sin embargo, aquí parece extrañamente distante del material. La fotografía de los paisajes rurales es atractiva —con la Italia rural utilizada para representar Colorado— y existen imágenes que recuerdan el talento visual de Scott para convertir un espacio cotidiano en algo inquietante. Pero la película carece de una verdadera sensación de urgencia o de peligro. Incluso algunos efectos visuales, particularmente ciertas explosiones, tienen una apariencia sorprendentemente artificial para una producción de este presupuesto.

Y es precisamente ahí donde aparece la gran pregunta alrededor deLa guerra de los últimos: ¿qué justifica sus más de dos horas si no es el espectáculo? La respuesta debería estar en sus personajes, en sus relaciones y en la reflexión sobre la supervivencia. Pero ninguno de esos elementos alcanza la fuerza suficiente. La película elimina buena parte de la acción convencional del género, pero tampoco sustituye esa acción por una exploración psicológica particularmente rica. Se queda, entonces, en un territorio intermedio: demasiado lenta para funcionar como thriller postapocalíptico y demasiado superficial para convertirse en un verdadero drama sobre la condición humana.

Hay, además, una sensación constante de familiaridad. Después de años de pandemias ficticias, zombis, comunidades aisladas, grupos violentos y supervivientes recorriendo paisajes devastados, el género necesita encontrar nuevas formas de hablar del fin del mundo. La guerra de los últimos no parece interesada en reinventarlo. Su estructura recuerda demasiado a otras historias: el hombre traumatizado que vive aislado, el compañero endurecido que desconfía de los demás, la aparición de una posible comunidad, los grupos de violentos que amenazan el refugio y la esperanza de que exista algo más allá del horizonte. El problema no es utilizar estos tópicos, sino no encontrar una mirada propia capaz de darles un nuevo significado.

Lo más frustrante es que existe una película interesante escondida dentro de esta película. Podría haber sido una historia sobre la dificultad de sobrevivir cuando sobrevivir deja de tener sentido. Podría haber explorado la tensión entre quienes quieren reconstruir una sociedad y quienes entienden el mundo únicamente desde la violencia. Podría haber utilizado a Jasper como una representación del último vínculo de Hig con su humanidad anterior. Incluso la relación entre Hig y Bangley podría haber funcionado como un conflicto entre dos formas opuestas de entender la supervivencia: conservar la esperanza frente a aceptar que la esperanza puede ser una debilidad. Pero todas esas posibilidades quedan planteadas antes de ser verdaderamente desarrolladas.

La guerra de los últimos termina siendo, paradójicamente, una película sobre la supervivencia sin demasiada vida en su interior. Su mayor fracaso no está en ser lenta ni en preferir los personajes al espectáculo, sino en no entender que la contemplación también necesita conflicto, evolución y profundidad. El silencio puede ser poderoso cuando detrás de él existe algo que decir. Aquí, demasiadas veces, simplemente hay silencio.

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