‘Elsinore’ reconstruye los últimos años del actor Ian Charleson y su memorable interpretación de Hamlet mientras enfrentaba el sida. Andrew Scott ofrece una actuación sobresaliente, acompañado por unas grandes Olivia Colman y Billie Piper.
FICM 2026 | Elsinore (2026)
Puntuación: ★★★
Dirección: Simon Stone
Reparto: Andrew Scott, Olivia Colman, Billie Piper y Johnny Flynn
El nombre de Ian Charleson quedó ligado para muchos espectadores a Carros de fuego, la película ganadora del Óscar que lo convirtió en uno de los rostros reconocibles del cine británico de los años ochenta. Sin embargo, uno de los episodios más importantes de su carrera llegaría poco antes de su muerte, cuando asumió el papel de Hamlet en el National Theatre de Londres, en 1989, mientras enfrentaba las consecuencias del sida. Elsinore, dirigida por Simon Stone y escrita por Stephen Beresford, reconstruye esa etapa de su vida con Andrew Scott al frente de un reparto que también incluye a Olivia Colman y Billie Piper. Su mayor interés está en la relación entre la experiencia personal de Charleson y la tragedia de Shakespeare, aunque la película no siempre logra escapar de los recursos sentimentales habituales del drama sobre la enfermedad.
La elección de Hamlet como centro de este recorrido es uno de los elementos más interesantes de la historia. Elsinore es el castillo danés donde transcurre gran parte de la tragedia de Shakespeare, un espacio asociado con la muerte, la incertidumbre, la traición y la confrontación con la propia existencia. Para Charleson, asumir este papel mientras su salud se deterioraba adquiría una dimensión que iba más allá del reto interpretativo. Los conflictos de Hamlet, sus reflexiones sobre la mortalidad y su lucha por encontrar sentido en medio del sufrimiento terminan dialogando con la experiencia personal del actor. La película encuentra así un vínculo entre la vida y la representación, entre un hombre que interpreta a un personaje enfrentado a la muerte y un artista que intenta seguir ejerciendo su oficio en circunstancias cada vez más difíciles.
Andrew Scott sostiene buena parte de la película con una interpretación que combina vitalidad, vulnerabilidad y una conciencia cada vez más palpable de la fragilidad física. A su lado, Olivia Colman y Billie Piper contribuyen a construir un conjunto actoral sólido, en el que las relaciones personales y el entorno del protagonista adquieren un peso importante. La dirección de actores es, de hecho, uno de los mayores aciertos de Simon Stone: la película encuentra sus mejores momentos cuando permite que las emociones surjan de las conversaciones, los gestos y la relación entre Charleson y el teatro, sin necesidad de subrayar constantemente el dolor.

También resulta interesante la manera en que el relato recupera el contexto de una época en la que el sida estaba rodeado de estigma, miedo y desinformación. La experiencia de Charleson permite recordar que detrás de las estadísticas y las representaciones cinematográficas de la enfermedad había personas que intentaban seguir viviendo, trabajando y relacionándose mientras enfrentaban una realidad devastadora. Su historia también habla de un actor cuya carrera quedó marcada por el reconocimiento de Carros de fuego, pero cuyo legado no debería reducirse a un solo papel ni exclusivamente a las circunstancias de su muerte. Su interpretación de Hamlet, asumida cuando estaba gravemente enfermo, se convirtió en una parte fundamental de su memoria artística y de la historia del teatro británico.
El problema es que Elsinore no siempre confía en la fuerza de estos elementos. La película recurre a varios mecanismos conocidos del melodrama sobre el sida: el deterioro físico como recurso para intensificar la emoción, las conversaciones que anticipan la pérdida y las situaciones construidas para conducir al espectador hacia una respuesta sentimental determinada. Son decisiones que pueden resultar efectivas, pero que también restan naturalidad a una historia que ya posee suficiente fuerza dramática. En algunos momentos, la película parece más interesada en garantizar que nos conmueva que en permitirnos descubrir por nuestra cuenta la dimensión de lo que estamos viendo.
Esto resulta especialmente evidente porque su mejor idea no necesita tanta insistencia. La relación entre Charleson y Hamlet ya contiene una tragedia propia: un actor que interpreta a un personaje obsesionado con la muerte mientras se enfrenta a su propia mortalidad. En ese encuentro entre representación y experiencia personal está el verdadero corazón de la película. El arte no aparece como una cura milagrosa ni como una respuesta definitiva al sufrimiento, sino como una forma de darle sentido, de encontrar un espacio en el que la vida pueda seguir expresándose incluso cuando el cuerpo comienza a fallar.
Elsinore termina siendo un drama emotivo, sostenido por un reparto notable y por una premisa que conecta la historia del teatro con una de las experiencias más dolorosas de la comunidad LGBTQ+. Sin embargo, su inclinación hacia el sentimentalismo limita parte de su impacto. Simon Stone encuentra una historia valiosa en Ian Charleson y en su interpretación de Hamlet, pero no siempre consigue escapar de las convenciones del género. Lo que permanece es la fuerza de Andrew Scott y esa conexión entre actor y personaje que convierte su interpretación en mucho más que un desafío profesional: el retrato de un artista que, incluso frente a una enfermedad devastadora, encontró en su trabajo una manera de seguir adelante.