Cristian Mungiu plantea un conflicto que cuestiona la libertad religiosa, la educación familiar y la intervención del Estado en la protección de los menores. Con las actuaciones impresionantes de Sebastian Stan y Renate Reinsve, construye un drama tenso que no busca respuestas fáciles.
Fjord (2026)
Puntuación:★★★★½
Dirección: Cristian Mungiu
Reparto: Sebastian Stan, Renate Reinsve, Lisa Carlehed, Ellen Dorrit Petersen y Lisa Loven Kongsli
***screening de prensa***
La crianza de los hijos es uno de esos terrenos en los que las convicciones personales pueden convertirse en un conflicto cuando se enfrentan a las normas de una sociedad. ¿Qué ocurre cuando una familia considera que está educando a sus hijos de acuerdo con su fe, pero las instituciones interpretan algunas de sus prácticas como una posible forma de maltrato? En Fjord, Cristian Mungiu lleva ese enfrentamiento hasta sus últimas consecuencias, poniendo en tensión la libertad religiosa, los límites de la autoridad parental y la responsabilidad del Estado de proteger a los menores. Lo interesante es que el director rumano no se conforma con señalar los problemas de una crianza marcada por el rigor religioso, sino que también examina las decisiones de un sistema que, convencido de actuar por el bien de los niños, puede terminar cuestionando sus propios métodos. Entre ambas posiciones se desarrolla una película que no pretende decirnos quién tiene toda la razón, sino obligarnos a pensar dónde empiezan y terminan los derechos de cada uno.
La historia sigue a Mihai y Lisbet Gheorghiu, una pareja rumano-noruega profundamente religiosa que se instala con sus cinco hijos en una remota comunidad noruega. Allí entablan una relación cercana con sus vecinos, mientras sus hijos comienzan a integrarse en la escuela y a construir sus propias amistades. Sin embargo, detrás de esa aparente tranquilidad existe una dinámica familiar marcada por una educación estricta, la práctica constante de la religión y una serie de prohibiciones y castigos que responden a las convicciones de sus padres. Cuando Elia, una de las hijas adolescentes, aparece en el colegio con algunos moratones, las sospechas ponen en marcha un procedimiento institucional que termina separando a la familia y desencadena un enfrentamiento judicial y social.
A partir de ese momento, Mungiu construye un relato que transita del drama familiar al thriller judicial, pero cuyo verdadero interés no reside únicamente en descubrir qué ocurrió, sino en examinar los argumentos con los que cada parte intenta justificar sus decisiones. La película no presenta el conflicto como una simple oposición entre unos padres religiosos y un sistema encargado de proteger a los menores. Lo que hace es cuestionar las certezas de ambos, mostrando cómo las buenas intenciones pueden convivir con prácticas cuestionables, prejuicios y decisiones que terminan provocando un daño difícil de reparar.
Por un lado, resulta complicado defender una crianza en la que la obediencia se impone mediante el miedo, la culpa y el castigo físico. Mihai y Lisbet consideran que están educando a sus hijos de acuerdo con sus valores, y su fe ocupa un lugar central en la manera en que entienden la familia, la disciplina y el comportamiento. No obstante, el hecho de que una práctica forme parte de una tradición religiosa o de una convicción personal no significa que deba quedar exenta de cuestionamientos. Los niños también tienen derechos, necesidades emocionales y una individualidad que no desaparece por el hecho de vivir bajo las normas establecidas por sus padres.

La película invita, además, a preguntarnos hasta qué punto las decisiones de los adultos responden realmente al bienestar de sus hijos y cuándo comienzan a responder a la necesidad de imponer una determinada visión del mundo. ¿Educar significa transmitir valores o conseguir que los hijos reproduzcan exactamente nuestras creencias? ¿Qué espacio queda para que desarrollen un pensamiento propio cuando la autoridad familiar se presenta como una extensión de la autoridad divina? Mungiu no necesita convertir a sus personajes en caricaturas para que estas preguntas resulten incómodas. Basta con observar las consecuencias de una educación en la que la disciplina y la fe pueden terminar confundidas con la obediencia absoluta.
Sin embargo, Fjord tampoco convierte al Estado en una autoridad moral incuestionable. La intervención de los servicios sociales abre un segundo frente de discusión: ¿qué sucede cuando una institución que tiene la responsabilidad de proteger a los menores toma decisiones capaces de transformar radicalmente la vida de una familia? La separación de los hijos, incluido un bebé que todavía es amamantado, plantea interrogantes sobre la proporcionalidad de las medidas adoptadas, la necesidad de evaluar cada situación de manera particular y las consecuencias humanas de los procedimientos burocráticos.
Aquí se encuentra una de las mayores virtudes del filme. Mungiu no necesita negar la importancia de proteger a los niños para cuestionar la manera en que esa protección se lleva a cabo. Una denuncia debe investigarse, las posibles situaciones de maltrato no pueden ignorarse y las instituciones tienen la obligación de actuar cuando existen motivos para sospechar que un menor está en peligro. Pero también resulta necesario preguntarse qué garantías deben existir para evitar que una sospecha se convierta en una condena anticipada, o que una intervención concebida para proteger termine causando un sufrimiento que no se ha evaluado adecuadamente.
La diferencia entre actuar para prevenir un daño y dar por demostrada una culpabilidad es fundamental. Fjord encuentra buena parte de su tensión en ese espacio incierto, donde las decisiones deben tomarse sin que todas las respuestas estén disponibles y donde el procedimiento institucional adquiere un peso tan determinante como las circunstancias que lo originaron. La película nos obliga a considerar que la protección de los menores y el respeto por los derechos de sus padres no deberían entenderse necesariamente como objetivos incompatibles, aunque conciliarlos pueda resultar difícil.
El conflicto también adquiere otra dimensión a través de las diferencias culturales entre Mihai y la sociedad en la que ahora vive. La condición rumana del personaje, sus convicciones conservadoras y su forma de entender la familia se convierten en elementos relevantes durante el proceso judicial. Las preguntas que recibe no siempre parecen limitarse a sus prácticas de crianza, sino que alcanzan también sus creencias, sus valores y su visión del mundo. De esta manera, Mungiu introduce una cuestión adicional: ¿en qué momento el examen legítimo de una conducta comienza a confundirse con el prejuicio hacia la identidad cultural o religiosa de quien la practica?

Esto no significa que las diferencias culturales deban servir como justificación automática para determinadas acciones. Tampoco implica que una sociedad deba renunciar a sus mecanismos de protección para evitar ser acusada de intolerancia. El problema aparece cuando las instituciones dejan de distinguir entre las convicciones personales de alguien y los hechos concretos que deben investigar. Una sociedad pluralista necesita establecer límites frente al abuso, pero también necesita evitar que la pertenencia a una minoría religiosa o cultural se convierta, por sí misma, en motivo de sospecha.
En ese sentido, el pueblo noruego de Fjord dista de ser el escenario idílico que podría sugerir su entorno natural. El paisaje remoto, las condiciones climáticas y la aparente tranquilidad de la comunidad contrastan con la creciente tensión que se instala entre sus habitantes. Lo que comienza como un conflicto privado termina convirtiéndose en un asunto público, alimentado por la intervención de funcionarios, las reacciones de los vecinos y la movilización de sectores religiosos y conservadores. La historia de una familia pasa a ser también una disputa sobre la libertad, la intolerancia y los límites del poder institucional.
La dimensión pública del caso añade otra capa al relato. Cuando Mihai busca apoyo entre personas que comparten sus creencias, el conflicto deja de ser exclusivamente familiar y adquiere una lectura ideológica. La discusión sobre el bienestar de los niños se mezcla con las acusaciones de discriminación religiosa y con una confrontación entre visiones opuestas de la sociedad. El riesgo es que las personas involucradas dejen de ser vistas en toda su complejidad y se conviertan en símbolos de una disputa que las supera. En ese escenario, las preguntas concretas sobre la crianza y la justicia pueden quedar relegadas por la necesidad de defender una posición.
Es precisamente ahí donde Fjord evita convertirse en una película que predica para quienes ya están convencidos. Su planteamiento puede incomodar tanto a quienes consideran que la autoridad familiar debe tener un margen amplio de autonomía como a quienes confían en que las instituciones públicas actúan siempre desde una posición racional y objetiva. Mungiu cuestiona el fanatismo religioso, pero también examina la frialdad, las contradicciones y el posible autoritarismo de una burocracia que puede perder de vista a las personas detrás de sus procedimientos.
El filme no necesita afirmar que ambas posiciones son equivalentes para señalar sus contradicciones. La violencia contra los menores no queda justificada por la religión, del mismo modo que una intervención estatal no se vuelve automáticamente justa por estar respaldada por una institución. Cada actuación debe examinarse por sus motivos, sus fundamentos y sus consecuencias. La película encuentra su mayor riqueza precisamente en esa distinción, porque impide que una postura ideológica funcione como respuesta definitiva ante un problema que exige atención a los hechos y a las personas afectadas.

Las interpretaciones de Sebastian Stan y Renate Reinsve son fundamentales para sostener esta ambigüedad. Ambos construyen personajes contenidos, convencidos de sus principios y enfrentados a una situación que amenaza con desmoronar la vida que han organizado alrededor de sus creencias. Su serenidad no elimina la tensión; por el contrario, hace más difícil determinar qué ocurre detrás de sus gestos y de sus palabras. Esa contención encaja con la puesta en escena de Mungiu, que encuentra buena parte de su fuerza en las conversaciones, los silencios y las situaciones que no ofrecen una explicación inmediata.
Como en buena parte de su filmografía, el director rumano demuestra interés por los sistemas que condicionan las decisiones individuales y por las zonas grises en las que las convicciones personales chocan con las estructuras sociales. En Fjord, ese interés se desplaza hacia un enfrentamiento entre la familia, la religión y las instituciones públicas, sin perder de vista las consecuencias íntimas de una disputa que se desarrolla ante los ojos de toda una comunidad. El thriller judicial funciona porque el verdadero suspense no consiste solamente en saber cómo terminará el proceso, sino en comprender qué significa hacer justicia cuando las distintas partes creen estar defendiendo algo esencial.
Al final, lo que más me interesa de Fjord es que no intenta presentar una tesis cerrada ni convertir la película en un ensayo que explique al espectador qué debe pensar. Mungiu plantea un conflicto, expone sus contradicciones y deja que las preguntas permanezcan abiertas. El debate entre religión y Estado no se resuelve con una declaración sobre cuál de los dos debe imponerse, sino que nos obliga a considerar los límites de ambos y la responsabilidad que tienen frente a los niños.
No hay respuestas sencillas para estas preguntas, y quizá ese sea el punto. Fjord no pretende entregarnos una conclusión cómoda ni decirnos a qué bando debemos pertenecer. Su propuesta consiste en obligarnos a examinar nuestras propias certezas, reconocer los riesgos de los extremos y pensar en las consecuencias de aquello que defendemos como justo. Es una película que incomoda porque no permite refugiarse por completo en una posición ideológica, y que encuentra en esa incomodidad su principal valor.