Un retrato profundamente humano sobre cinco amigos que, al llegar a la adultez, descubren que sus caminos y oportunidades ya no son los mismos. Anthony Boyle y Joe Cole destacan por su extraordinaria química en una de las historias de amistad más conmovedoras del año.
FICM 2026 | I See Buildings Fall Like Lightning (2026)
Puntuación: ★★★★½
Dirección: Clio Barnard
Reparto: Anthony Boyle, Lola Petticrew, Joe Cole, Jay Lycurgo y Daryl McCormack
I See Buildings Fall Like Lightning es una de sus películas más conmovedoras y humanas del año. A través de cinco amigos que crecieron juntos en Birmingham y que ahora se enfrentan a las contradicciones de la vida adulta, el filme construye un retrato de la clase trabajadora que habla de las oportunidades perdidas, las desigualdades económicas y la dificultad de conservar los vínculos cuando cada persona comienza a tomar un camino diferente. Es una película que mira de frente las desilusiones de sus personajes, pero que nunca pierde de vista el afecto que todavía los mantiene unidos.
Patrick (Anthony Boyle), Shiv (Lola Petticrew), Oli (Jay Lycurgo), Conor (Daryl McCormack) y Rian (Joe Cole) se conocen desde la infancia. Han compartido el mismo barrio, las mismas fiestas y buena parte de sus sueños, pero llegar a la treintena los ha colocado en circunstancias muy distintas. Rian ha conseguido una considerable fortuna invirtiendo en el mercado financiero y se ha mudado a Londres; Conor intenta levantar su propia empresa de construcción con el respaldo económico de su amigo; Patrick, que alguna vez tuvo aspiraciones académicas, trabaja como repartidor y atraviesa una profunda frustración personal. Mientras tanto, Shiv intenta sostener su vida familiar y Oli continúa atrapado en una existencia marcada por los excesos y las adicciones. Una reunión entre los cinco termina exponiendo las diferencias, los resentimientos y los secretos que han ido creciendo bajo una amistad que parecía inquebrantable.
Uno de los grandes aciertos de la película está en la manera en que Clio Barnard aborda la adaptación de la novela homónima de Keiran Goddard. El libro está construido a partir de cinco monólogos interiores, una estructura que permite entrar en la conciencia de cada personaje y descubrir sus contradicciones desde una perspectiva íntima. Llevar esa multiplicidad de voces al cine suponía un desafío importante: ¿cómo representar aquello que los personajes piensan, recuerdan y callan sin convertir la película en una sucesión de explicaciones? La solución de Enda Walsh y Barnard consiste en trasladar esos conflictos al espacio compartido, a las conversaciones, las discusiones, las miradas y las pequeñas situaciones cotidianas. La película conserva la naturaleza coral de la novela, pero encuentra una dinámica propia en la convivencia de sus protagonistas.
También permanece la dimensión política de la obra literaria, aunque nunca se impone como un discurso separado de la historia. Las ideas sobre la desigualdad, la precariedad laboral, la movilidad social y el acceso a la vivienda surgen de las circunstancias particulares de estos cinco amigos. Patrick representa la frustración de quien ha estudiado, tiene inquietudes y una conciencia crítica sobre el sistema, pero termina atrapado en un trabajo que no le ofrece estabilidad ni la posibilidad de desarrollar sus aspiraciones. Rian, en cambio, ha conseguido escapar de las limitaciones económicas de su entorno, aunque su éxito no parece haberle proporcionado la felicidad que imaginaba. Su nueva posición social también modifica inevitablemente la relación con quienes siguen viviendo las dificultades de las que él consiguió alejarse.

La construcción y la vivienda funcionan como uno de los símbolos más importantes del relato. La demolición de las antiguas torres residenciales de Birmingham, que marcó la infancia de los protagonistas, representa el final de un mundo que compartieron y el comienzo de una transformación cuyas promesas no necesariamente se cumplen para todos. Décadas después, la construcción de un nuevo complejo de apartamentos vuelve a colocar el espacio urbano en el centro de sus vidas. Para algunos, representa una oportunidad de progreso; para otros, es otra expresión de un sistema que convierte una necesidad básica en un negocio. La película plantea así una pregunta que atraviesa buena parte de sus conflictos: ¿quién tiene derecho a beneficiarse de la transformación de un barrio y quién termina pagando el precio de ese supuesto progreso?
Pero Barnard nunca reduce a sus personajes a simples representantes de una posición económica o de una problemática social. Cada uno tiene sus contradicciones, sus frustraciones y sus propias maneras de intentar salir adelante. Conor quiere construir algo que le permita ofrecer un futuro a su familia, aunque las responsabilidades comienzan a pesarle más de lo esperado. Oli parece ser el más perdido del grupo, pero su relación con un perro abandonado introduce una posibilidad de cambio que no necesita grandes discursos para resultar significativa. Shiv, por su parte, carga con las responsabilidades de la maternidad y con una historia afectiva que no está libre de heridas. Y Patrick, quizá el personaje más abiertamente inconforme, descubre que tener razón sobre las injusticias del mundo no necesariamente le permite escapar de ellas.
En el centro de todo están las interpretaciones. Anthony Boyle y Joe Cole tienen una química extraordinaria, y la relación entre Patrick y Rian termina convirtiéndose en uno de los ejes emocionales más poderosos de la película. Sus personajes parecen ocupar posiciones opuestas frente al éxito, el dinero y las oportunidades, pero debajo de esas diferencias existe una historia compartida que ninguno puede borrar. Boyle transmite con enorme sensibilidad la rabia, la vulnerabilidad y la frustración de Patrick, mientras Cole consigue darle a Rian una complejidad que va más allá de su aparente triunfo económico. Hay algo doloroso en observar cómo dos personas que se conocen desde siempre pueden llegar a sentirse tan distantes sin dejar de importarse.
El resto del reparto está a la altura de ese vínculo. Lola Petticrew aporta una presencia cercana y una sensibilidad importante a Shiv; Daryl McCormack construye un Conor que intenta sostener sus aspiraciones mientras las responsabilidades lo superan, y Jay Lycurgo encuentra en Oli una mezcla de humor, fragilidad y autodestrucción que evita convertirlo en un personaje unidimensional. Los cinco funcionan como un conjunto, y esa sensación de historia compartida es fundamental para que sus conflictos tengan peso. No parecen personajes reunidos únicamente por las necesidades del guion, sino amigos que llevan tantos años conociéndose que pueden hacerse daño precisamente porque saben dónde encontrar las heridas del otro.

La mirada de Barnard también es esencial para que el drama no caiga en lo meramente didáctico. Hay una autenticidad particular en la manera en que observa las reuniones, las bromas, los excesos y las discusiones de este grupo. La película puede ser divertida, incómoda y dolorosa dentro de una misma secuencia, como ocurre en tantas relaciones reales. Sus personajes no siempre saben expresar lo que sienten y tampoco tienen respuestas claras para sus problemas. A veces se refugian en la fiesta, otras veces en el resentimiento o en la nostalgia de una juventud en la que todo parecía posible. Esa mezcla de euforia y desencanto le da al relato una vitalidad que hace todavía más conmovedores sus momentos de tristeza.
Hay una idea que atraviesa toda la película: crecer también significa descubrir que no todos avanzan al mismo ritmo y que las oportunidades nunca estuvieron distribuidas de la misma manera. El éxito de uno puede convertirse en el recordatorio permanente de las frustraciones de otro; una decisión personal puede terminar afectando a quienes forman parte de nuestra vida desde hace décadas. Sin embargo, Barnard no plantea estas diferencias como una condena inevitable. Su película entiende que la amistad también está hecha de contradicciones, de momentos en los que nos alejamos y de la posibilidad de volver a encontrarnos, incluso cuando ya no somos las mismas personas.
I See Buildings Fall Like Lightning es un retrato social de enorme sensibilidad, pero también una película profundamente afectiva sobre la memoria, la pertenencia y esos vínculos que sobreviven a las transformaciones de la vida. Clio Barnard consigue que las preocupaciones políticas y económicas de la novela se integren orgánicamente en una historia de personajes, sin sacrificar la humanidad de ninguno de ellos. Y cuando Anthony Boyle y Joe Cole comparten pantalla, la película alcanza una intensidad emocional extraordinaria. Su escena final es de esos momentos que permanecen en la memoria mucho después de abandonar la sala. Una de mis películas favoritas del año.