Arco | Review

Arco propone una fusión entre la animación japonesa al estilo Miyazaki y la escuela pictórica francesa, destacando por su apartado visual y su paleta de colores. Ambientada en una distopía donde los niños crecen rodeados de robots y adultos ausentes, la historia sigue el encuentro entre Iris y un niño del futuro llamado Arco.
Arco (2025)
Puntuación:★★★½
Dirección: Ugo Bienvenu
Voces: Oscar Tresanini, Margot Ringard Oldra, Alma Jodorowsky, Louis Garrel, Swann Arlaud y Félix de Givry 
Disponible en cines

En la animación hay dos escuelas fuera de la burbuja americana que han marcado tendencia: el estilo nipón de Miyazaki y la corriente pictórica y directa francesa. La combinación de ambas supone incluso un matrimonio natural, puesto que son formas que aún apuestan por un estilo tradicional, donde la atención al detalle y los colores pastel hacen match con la combinación de un diseño más hiperrealista y exagerado. En este año se han tenido dos propuestas interesantes: Little Amélie, que incluso narrativamente plasma esta fusión cultural en la historia de una niñera japonesa y una niña de nacionalidad belga; y Arco, una historia que, aunque visualmente en su diseño de personajes logra combinar lo mejor de los dos mundos, queda a deber en la parte narrativa.

La película se sitúa en el año 2075, en una distopía donde los padres están tan ocupados trabajando que no tienen tiempo de atender a sus hijos, por lo que los trabajos de niñera, así como ocupaciones como profesor o maestro, se los han dejado a los robots, creando un mundo donde —salvo algunas excepciones— está más habitado por infantes y autómatas. En este contexto, Iris ve caer a un niño de nombre Arco, con un traje arcoíris (qué gracioso), que viene del futuro (año 2932). Su encuentro hará que Iris busque por todos los medios regresarlo al lugar de donde vino.

Dentro de los elementos positivos de la película, narrativamente se nota la influencia de Miyazaki en su creador, Ugo Bienvenu, quien dota de un subtexto a una historia tan sencilla. Empezando por el abandono de las infancias, que propicia un futuro que, si bien es más eficiente y estéticamente más impecable, resulta más frío y lúgubre en el fondo, demostrando que el progreso sin empatía puede desconectarnos completamente de nuestros seres queridos y de la realidad. Esto se refleja en el personaje de Iris, quien, a pesar de tener a un mayordomo robot, no deja de estar eximida de la responsabilidad de cuidar a su hermano menor, atribuyéndose actividades que no debería cargar a su edad. Es interesante que, en esta transferencia de actividades de los adultos hacia los niños, el autor, por consecuencia, los haya colocado como los individuos más empáticos de esta distopía (algo que se resalta en la relación de Iris con Arco), mientras que a los adultos los haya puesto como las personas más apáticas e individualistas, con un distintivo uso de gafas oscuras casi todo el tiempo (un simbolismo, quizás, de la falta de tacto que poseen). La cinta también incluye una fábula ecológica interesante sobre cómo este mismo progreso indiferente ha hecho que la humanidad se olvide de su contacto con la naturaleza, contrapuesto con Arco, quien, al venir de otro contexto donde el avance tecnológico no ha provocado la deshumanización y donde sus padres no están tan ausentes, puede estar en contacto con su lado natural al punto de comunicarse con las naves. Esta revelación es importante, puesto que explica gran parte de una de las catástrofes que vivirán los personajes, acentuando aún más la moraleja de vivir en un mundo donde siempre exista la sostenibilidad y el respeto hacia la vida natural. La relación de Arco e Iris también es significativa, pues dentro de una línea cronológica es la representación del aprendizaje del pasado para tener un mejor futuro y un examen de autoconciencia del presente para saber llegar al futuro que queremos (representado con un dibujo que hace Iris de cómo son las casas en el presente de Arco).

Los detalles negativos de la película vienen más de una historia que, aunque tiene las herramientas y premisas para volar aún más alto, se mantiene en un tono demasiado solemne, además de una trama que por momentos es autocomplaciente con sus protagonistas, derivando en ocasiones en algunos huecos de guion o reglas inconsistentes en su lógica interna (como el hecho de que Arco le dice a Iris que no puede regresar con ella porque nadie puede conocer su futuro, para cinco minutos después intentar hacer que viaje con él). Ese exceso de cuidado y conveniencia es lo que la aleja a una distancia enorme de Miyazaki, pues el autor de El viaje de Chihiro nunca tuvo miedo de enfrentar directamente a sus personajes con sus conductas, acentuando aún más el viaje de crecimiento de sus protagonistas, cosa que Ugo parece temer, generando que los eventos que le ocurren a los niños se sientan un poco anticlimáticos, quizás por esta nueva ola new age de no “traumar tanto a los niños”. Dentro de estos huecos también hay personajes que aportan poco a la historia, así como comic reliefs que, aunque funcionan como alivio humorístico, son vendidos falsamente como antagonistas.

Uno de los bastiones que sostiene la cinta, a pesar de estos huecos narrativos, es la excelente asociación del dibujo con la historia, explorando una increíble paleta de colores majestuosa, efectos de iluminación interesantes y un trazo muy al estilo de la animación japonesa en los diseños de los personajes, claramente influenciado por Miyazaki, pero conservando algunas características de la animación francesa. Adicionalmente, los fondos se notan más de la escuela europea, con algunos toques nipones, dando una sensación retrofuturista: elegante pero extrovertida.

Aunque Arco tiene ideas interesantes, como un ambiente distópico creativo y un estilo visual que combina lo mejor de Francia y Japón, está lejos de ser una obra maestra del cine de animación, especialmente por una narrativa indulgente con sus personajes y salidas fáciles. Su mayor diferencia con Little Amélie radica en que la historia de la niña con complejo de dios, si bien combina ambos estilos, los utiliza como un recurso para explicar las diferencias culturales y situarlas en un contexto de posguerra, sin salirse de una visión eurocentrista y sin meterse en camisa de once varas al intentar emular las ópticas narrativas niponas.

Arco, en cambio, tropieza al querer parecerse a Miyazaki sin comprender del todo su cosmovisión cultural ni su forma de construir conflicto, creando una versión “light” a la francesa de su estilo que, aunque más digerible, está lejos de llegarle siquiera a la punta del zapato al genio de la animación. Inspiración no es lo mismo que emulación, ahí la dejamos.

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