Franz Kafka | Review

Agnieszka Holland construye en Franz un biopic fragmentario que evita la linealidad tradicional para acercarse a la sensibilidad del propio Kafka. Alternando pasado y presente, intimidad y memoria histórica.
Franz (2025)
Puntuación: ★★★
Dirección: Agnieszka Holland
Reparto: Idan Weiss, Peter Kurth, Carol Schuler, Gesa Schermuly y Jenovefa Bokova
Disponible en VOD

Agnieszka Holland no construye un biopic convencional: construye un espejo roto. Franz no intenta ordenar la vida de Franz Kafka en una línea clara y ascendente, sino fragmentarla hasta que el espectador experimente algo cercano a la desorientación que atravesó su protagonista. Concebida como un mosaico caleidoscópico, la película persigue menos la cronología que la resonancia.

Basada en la biografía escrita por Mike Downey, Holland transforma el material en una obra que dialoga tanto con la vida como con el mito. Hay una frase reveladora que atraviesa la propuesta: por cada palabra que Kafka escribió, se han escrito millones sobre él. La película parece consciente de esa hipertrofia interpretativa y, en lugar de competir con ella, decide desmontarla. No busca explicar a Kafka; busca sentirlo.

Desde la primera escena —el padre imponiendo las tijeras sobre el joven Franz— queda establecida la dinámica que marcará toda la narración: la autoridad, la culpa, la insuficiencia. La figura paterna no es solo un dato biográfico, sino un dispositivo simbólico que alimenta la tensión interior del escritor. La película subraya cómo esa presión constante modeló la escritura de obras como The Metamorphosis o In the Penal Colony, aunque solo en esta última se permite una dramatización explícita y visceral, casi incómoda.

La estructura fragmentaria —saltos temporales, rupturas de la cuarta pared, testimonios directos a cámara— puede resultar irregular, pero nunca gratuita. Personajes como su amigo y albacea literario Max Brod o su hermana Ottla aparecen no solo como figuras del pasado, sino como guardianes de la memoria futura. La coda que aborda la huida de los manuscritos ante la ocupación nazi y la alusión al Holocausto conectan la fragilidad individual de Kafka con la devastación histórica del siglo XX.

Uno de los mayores aciertos formales es el contraste visual. La fotografía en tonos sepia evoca una Praga espectral, detenida en el tiempo, mientras que los saltos al presente —el Museo Kafka, los turistas, la mercantilización del nombre— introducen una pregunta incómoda: ¿qué hemos hecho con Kafka? ¿Lo hemos convertido en marca? Holland no ofrece una respuesta definitiva, pero el contraste entre la angustia íntima del escritor y la banalidad contemporánea resulta elocuente.

La interpretación de Idan Weiss opta por la contención. Su Franz es tímido y ensimismado, pero también secretamente orgulloso de su singularidad. Hay algo profundamente moderno en su ansiedad por no estar a la altura de la imagen que los demás proyectan sobre él. Las miradas directas a cámara refuerzan esa conciencia metanarrativa: Kafka sabe que está siendo observado, interpretado, diseccionado.

Sin embargo, el mayor riesgo de la película es también su límite. Cuando se inclina demasiado hacia lo histórico y protocolario —enumerando compromisos con Felice Bauer, el romance con Milena Jesenská, la enfermedad, los hitos cronológicos— pierde parte de la extrañeza que la hace vibrar. Es en los momentos donde la forma se desestabiliza cuando la película se vuelve genuinamente kafkiana.

Más que un retrato definitivo, Franz funciona como ensayo audiovisual sobre el legado. Holland, que ya había adaptado The Trial para la televisión polaca, culmina aquí una obsesión creativa de décadas. La película termina revelando tanto sobre su fascinación personal como sobre el propio escritor. Y quizá ahí radique su verdad más honesta: Kafka no puede capturarse del todo. Solo puede reinterpretarse una y otra vez.

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