Las 100 noches del deseo es una fábula queer, feminista y deliberadamente camp que encuentra en el poder de las historias su principal herramienta de resistencia. Julia Jackman construye un universo visualmente exuberante, sostenido especialmente por una Emma Corrin contenida y Nicholas Galitzine un magnético.
Las 100 noches del deseo (2025)
Puntuación:★★½
Dirección: Julia Jackman
Reparto: Emma Corrin, Maika Monroe, Nicholas Galitzine, Amir El-Masry, Charli XCX, Richard E. Grant y Felicity Jones
Disponible en MUBI
Julia Jackman construye en Las 100 noches del deseo una fábula queer y feminista que encuentra en el acto de contar historias su principal forma de resistencia. Adaptada de la novela gráfica de Isabel Greenberg, la película imagina un universo gobernado por Bird Man (Richard E. Grant), una deidad autoritaria cuya doctrina patriarcal ha convertido a las mujeres en objetos decorativos, esposas y potenciales madres, mientras cualquier intento de autonomía puede ser castigado con la muerte.
En este mundo, Cherry (Maika Monroe) vive atrapada en un matrimonio insatisfactorio con Jerome (Amir El-Masry). Cuando él se marcha por negocios y deja a su esposa junto a su atractivo amigo Manfred (Nicholas Galitzine), las intenciones de este último pronto se hacen evidentes. Hero (Emma Corrin), la sirvienta y mejor amiga de Cherry, decide entonces protegerla de una manera inesperada: durante cien noches, entretendrá a Manfred contándole historias protagonizadas por mujeres que desafiaron las reglas de su mundo.
La estructura remite inevitablemente a Las mil y una noches, pero Jackman convierte el mecanismo de Scheherezade en una herramienta de resistencia femenina. En una sociedad donde las mujeres tienen prohibido leer y escribir, contar historias se convierte en una forma de preservar la memoria, imaginar otras posibilidades y desafiar una historia oficial escrita por los hombres. Ahí reside la idea más poderosa de la película: cuando un sistema intenta controlar lo que las mujeres pueden pensar, decir o recordar, contar historias se convierte en un acto político.
Jackman construye este universo con una evidente voluntad de exceso. Los vestuarios de Susie Coulthard y el diseño de producción de Sofia Sacomani crean un mundo de castillos, colores saturados, ornamentos y figuras grotescas donde lo camp convive con lo fantástico. Los sacerdotes de los Beak Brothers, con sus cráneos de ave como máscaras, son una representación deliberadamente absurda de la maquinaria religiosa y patriarcal que sostiene este orden.

La película encuentra así una estética que mezcla cuento de hadas, fantasía queer, teatralidad y sátira. Hay ecos de The Handmaid’s Tale, pero también de la tradición de los relatos orientales, del cine de fantasía contemporáneo e incluso de ese gusto por lo artificial y lo exagerado que permite que la película no se tome nunca completamente en serio su propia mitología.
Emma Corrin es el centro magnético de la película. Su Hero no necesita grandes gestos para dominar la pantalla: existe una inteligencia contenida en su interpretación que hace que cada historia que cuenta parezca esconder una segunda intención. Corrin entiende que el personaje no solo está entreteniendo a Manfred; está utilizando el relato como estrategia, como seducción y como desafío. Mientras que Maika Monroe, aporta una vulnerabilidad distinta a Cherry, atrapada entre las expectativas de un matrimonio y el despertar de un deseo que no necesariamente coincide con las reglas de su mundo. Entre ambas se establece una intimidad que convierte la relación entre Hero y Cherry en algo más complejo que una simple amistad. La película juega deliberadamente con el género, el deseo y los roles sexuales, haciendo que las fronteras entre sirvienta, amante, amiga y protectora se vuelvan deliberadamente inestables.
Nicholas Galitzine, por su parte, disfruta interpretando a Manfred como una figura de vanidad casi caricaturesca. Su belleza física se convierte en parte del chiste y el personaje funciona especialmente bien durante la primera mitad, cuando la película explota su arrogancia y su incomodidad frente a una mujer que no puede controlar.
El problema es que Las 100 noches del deseo parece encontrar su mayor libertad precisamente en la superficie. Es una película con una identidad visual muy definida y buenas ideas, pero no siempre se atreve a llevarlas hasta sus últimas consecuencias.
El componente metanarrativo, aunque conceptualmente atractivo, termina interrumpiendo ocasionalmente la energía de la historia principal. Cada relato dentro del relato abre nuevas posibilidades, pero también dispersa el impulso narrativo. La película quiere hablar sobre las mujeres que cuentan historias y, al mismo tiempo, contar muchas historias sobre mujeres; en ese juego de espejos, algunas veces la narración pierde fuerza.

También existe una cierta contradicción entre su carácter desvergonzadamente camp y los momentos en los que busca una gravedad más solemne. La película funciona mejor cuando es juguetona, sensual, absurda y teatral. Cuando abandona ese tono para subrayar su mensaje, pierde parte de la ligereza que hacía tan atractiva su propuesta.
Incluso la aparición de Charli XCX como Rosa resulta menos interesante por el fenómeno del casting que por lo que representa dentro de la historia: una mujer que aprende a leer y que, por ese simple acto de conocimiento, se convierte en una amenaza para el orden establecido. Es una idea que resume perfectamente el espíritu de la película.
Las 100 noches del deseo no es tan audaz como su universo podría sugerir, pero tampoco necesita serlo para resultar estimulante. Jackman encuentra en la fantasía una forma de hablar sobre estructuras muy reales de poder, y en las historias una herramienta para imaginar la libertad allí donde esta ha sido prohibida.
Su mayor encanto está en esa combinación de camp, erotismo, feminismo y fantasía queer, sostenida por una Emma Corrin magnética y una propuesta visual que se niega a pasar desapercibida.