Carine Tardieu transforma una premisa cercana a la comedia romántica en un retrato íntimo y naturalista sobre la familia no convencional y la maternidad elegida. Con actuaciones inmensas especialmente por Valeria Bruni Tedeschi y Raphaël Quenard.
Los lazos que nos unen (2025)
Puntuación: ★★★★
Dirección: Carine Tardieu
Reparto: Valeria Bruni Tedeschi, Pio Marmaï, César Botti, Vimala Pons y Raphaël Quenard
Disponible en VOD
El quinto largometraje de Carine Tardieu se sostiene sobre una paradoja luminosa: parte de un planteamiento que podría parecer una comedia romántica de manual —vecino viudo, niño adorable, mujer madura e independiente que aprende a amar lo que nunca quiso— para desmontarlo desde dentro. Basada en la novela de Alice Ferney, la película no traiciona su origen literario; al contrario, conserva esa textura novelística que permite observar a los personajes en sus contradicciones, sin convertirlos en tesis ambulantes.
Sandra (una inmensa Valeria Bruni Tedeschi), feminista, libreral y soltera, vive cómodamente instalada en su autonomía. La maternidad no figura entre sus deseos. Sin embargo, la tragedia irrumpe en su vida: Cécile, su vecina, muere en el parto, y el improvisado gesto de cuidar por unas horas al pequeño Elliott se convierte en un vínculo progresivo, inesperado y profundamente transformador. El viudo Alex (Pio Marmaï) queda a la deriva entre el duelo y la responsabilidad de criar no solo a su hijo mayor, sino a la recién nacida Lucille.
A simple vista, el argumento podría leerse como un melodrama chantajista: la mujer independiente castigada con la maternidad como destino inevitable. Pero Tardieu —quien firma también el guion— evita cualquier moraleja simplista. No hay castigo ni redención obligatoria. Hay, en cambio, una observación paciente sobre cómo los afectos se construyen sin pedir permiso. La directora se interesa menos por demostrar que “toda mujer nació para ser madre” y más por registrar cómo la vida, en su desorden, desarma certezas ideológicas y emocionales.

La puesta en escena es sutil e intimista, sostenida por colores tenues que acompañan el tránsito emocional —con una fotografía que incluso diferencia la textura del invierno— y un guion tan trabajado que hace desaparecer sus costuras. El tiempo, que se extiende a lo largo de dos años, permite que veamos crecer a Lucille y, con ella, una red afectiva que no responde a los moldes tradicionales. La familia aquí no es una estructura fija, sino un organismo en permanente reconfiguración.
El alma de la película reside en su reparto. Bruni Tedeschi alcanza uno de los puntos más altos de su capacidad de contención: su Sandra no se transforma de manera abrupta, sino que se abre gradualmente, casi a regañadientes, como si cada gesto de ternura le sorprendiera a ella misma. Raphaël Quenard, en un rol secundario entrañable (y más sexy que nunca, como guiño final), aporta ligereza sin romper la armonía del conjunto, mientras Vimala Pons roba escenas con una naturalidad desarmante.
Aunque la película carece de provocaciones formales o rupturas radicales, su mayor virtud es precisamente esa: una sensibilidad honesta, accesible para todos los públicos, que no subestima la inteligencia emocional del espectador. Tardieu sabía explotar con inteligencia un planteamiento tópico de comedia “feel good”, pero aquí va más allá: convierte lo previsible en una exploración delicada sobre el duelo, el deseo, la culpa y la responsabilidad compartida.
El filme se siente en la amplitud de miradas: no solo seguimos a Sandra, aunque sea la primera y la última en aparecer en el encuadre, sino también las decisiones del viudo, del padre biológico de Elliott y hasta de la pediatra que atiende a la bebé. Todos orbitan alrededor de una pregunta silenciosa: ¿qué define realmente a una familia?
La respuesta no es cerrada. Las familias se construyen, se reconstruyen, se deshacen y vuelven a armarse. Podemos intentar huir de ellas, redefinirlas o negarlas, pero siempre regresamos a sus lazos invisibles. O quizá nunca salimos del todo. Y en esa constatación —serena, sin subrayados— reside la auténtica emoción de Los lazos que nos unen