Ray Gunn es una aventura animada que combina el cine negro clásico con un universo futurista de extraordinaria riqueza visual. Su diseño artístico, la ambientación retrofuturista y sus personajes son sus mayores fortalezas.
FICM 2026 | Ray Gunn (2026)
Puntuación: ★★★½
Dirección: Brad Bird
Animanación
Brad Bird lleva el cine negro a un futuro retrofuturista en Ray Gunn, una película animada que encuentra buena parte de su atractivo en la personalidad de su universo. Metropia es una ciudad monumental, poblada por humanos y alienígenas, donde los coches voladores conviven con clubes nocturnos, detectives privados, rascacielos art déco y una estética que parece recuperar el imaginario de la ciencia ficción de mediados del siglo XX. Hay una enorme cantidad de imaginación detrás de cada escenario, personaje y objeto. El problema es que, mientras el apartado visual funciona con una precisión extraordinaria, la historia no siempre consigue estar a la altura de todo lo que propone.
Raymond Gunn (Sam Rockwell) es un detective privado de la vieja escuela que intenta sobrevivir en una ciudad donde sus métodos parecen haber quedado obsoletos. Endeudado y a punto de perder su oficina, recibe el encargo de investigar a Venus Nova (Scarlett Johansson), una popular estrella musical cuyo marido sospecha que le oculta algo. Lo que inicialmente parece un caso de infidelidad termina convirtiéndose en una complicada trama de engaños, asesinatos y manipulaciones que involucra a personajes de distintos círculos de poder. Acompañado por Eye-Ra (Tom Waits), un peculiar compañero alienígena, Ray tendrá que descubrir qué se esconde detrás de una investigación que amenaza con complicarse mucho más de lo previsto.
La premisa permite a Bird jugar con los códigos del cine negro clásico, desde el detective desencantado hasta las mujeres enigmáticas, los empresarios corruptos, los propietarios de clubes nocturnos y los personajes que esconden más de lo que están dispuestos a revelar. Las influencias de El halcón maltés y Buck Rogers se perciben en una propuesta que mezcla el misterio policial con la ciencia ficción, sin renunciar al humor ni a cierta nostalgia por las aventuras cinematográficas de otra época. Ray es un protagonista que parece sacado de una película de los años cuarenta, con su oficina deteriorada, sus deudas, su actitud cínica y una sensibilidad mucho más romántica de lo que su fachada deja ver.

Pero el gran atractivo de Ray Gunn está en la construcción de Metropia. Bird imagina una ciudad que combina la arquitectura art déco con elementos tecnológicos de un futuro que parece haber sido concebido desde el pasado. Los automóviles vuelan, los edificios alcanzan dimensiones descomunales, los ascensores funcionan mediante propulsión y las pantallas conservan una estética monocromática. Incluso los pequeños detalles de la vida cotidiana parecen responder a una lógica visual muy definida. No es simplemente una ciudad futurista llena de luces y dispositivos tecnológicos: es un universo con una identidad reconocible, donde cada elemento contribuye a reforzar la personalidad de la película.
En ese sentido, el trabajo de diseño artístico recuerda a lo que Brad Bird consiguió en Los Increíbles, especialmente en la manera de recuperar la estética de la era atómica y combinarla con una visión propia de la ciencia ficción. Aquí lleva esa inquietud todavía más lejos, con una ciudad que parece reunir distintas épocas del imaginario cinematográfico. La moda de los años cuarenta, los clubes de jazz, los carteles publicitarios, los vehículos y la arquitectura forman parte de una misma visión. La cantidad de detalles invita a detenerse en los escenarios y descubrir cómo cada espacio amplía la historia de ese mundo.
La película también introduce un componente social que podría haber enriquecido considerablemente su propuesta. En Metropia, la convivencia entre humanos y alienígenas está marcada por la discriminación y la segregación. Los extraterrestres son tratados como ciudadanos de segunda categoría y encuentran restricciones incluso en espacios tan básicos como hospitales y hoteles. La situación plantea un paralelismo evidente con distintas formas de racismo y exclusión, pero el relato no siempre sabe qué hacer con esa idea. Durante buena parte de la historia, la discriminación parece formar parte del funcionamiento habitual de la ciudad, sin que exista una reflexión suficientemente clara sobre sus consecuencias. Cuando llega el desenlace, tampoco termina de articularse una postura convincente sobre la tolerancia y la coexistencia que la película parece querer defender.

Esto resulta especialmente llamativo porque el universo de Ray Gunn ofrece una oportunidad enorme para desarrollar esa dimensión política. La relación entre humanos y alienígenas podría haber sido mucho más que un elemento de ambientación, convirtiéndose en una parte fundamental del conflicto y del recorrido del protagonista. En cambio, el tema queda parcialmente relegado mientras la trama criminal ocupa el primer plano. La película introduce una problemática interesante, pero no termina de profundizar en ella ni de integrarla de manera orgánica con la historia.
A pesar de estas limitaciones, hay mucho que disfrutar en la propuesta de Bird. Su capacidad para crear mundos sigue siendo extraordinaria y su aproximación a la animación demuestra una sensibilidad que se aleja de las fórmulas más previsibles. Ray Gunn recupera el placer de las aventuras de detectives, el misterio de las historias de cine negro y el sentido de la maravilla de la ciencia ficción clásica. Además, su humor y su sensibilidad romántica ayudan a que el relato no se convierta en un ejercicio puramente nostálgico.
Al final, Ray Gunn es una película más entretenida que memorable. Su universo tiene suficiente personalidad como para despertar la curiosidad y sostener buena parte de la experiencia, pero la historia no alcanza la misma precisión ni consigue aprovechar todas las posibilidades que plantea. Brad Bird demuestra una vez más que es un extraordinario creador de mundos y que conserva una mirada muy particular sobre la animación y el entretenimiento clásico. Lo que falta es una narración capaz de darle a ese despliegue visual el mismo peso y la misma profundidad. Metropia merece ser explorada durante mucho más tiempo; la historia de Ray Gunn, en cambio, no termina de dejar una huella tan duradera.