Sheep in the Box encuentra en la inteligencia artificial una oportunidad para explorar el duelo y los límites de los vínculos humanos. Sin embargo, Hirokazu Koreeda desperdicia una premisa prometedora con un relato reiterativo, un ritmo pesado y una profundidad emocional insuficiente.
Sheep in the Box (2026)
Puntuación:★★
Dirección: Hirokazu Koreeda
Reparto: Ayase Haruka, Daigo, Kuwaki Rumi y Rimu Kuwaki.
***screening de prensa***
La ciencia ficción siempre ha ofrecido un terreno fértil para explorar aquello que nos hace humanos, y Hirokazu Koreeda encuentra en la inteligencia artificial una oportunidad para regresar a una de sus preocupaciones recurrentes: la familia, sus vínculos y las heridas que deja la pérdida. En Kakeru (Sheep in the Box), el cineasta japonés parte de una premisa tan inquietante como emocionalmente sugerente: ¿qué sucede cuando una pareja que ha perdido a su hijo tiene la posibilidad de convivir con una réplica humanoide creada mediante inteligencia artificial? La pregunta tiene fuerza suficiente para sostener un drama sobre el duelo, la identidad y los límites de la tecnología, pero la película no siempre consigue convertir ese potencial en una reflexión cinematográfica convincente.
La historia sigue a Kensuke Komoto (Daigo) y Otone (Haruka Ayase), un matrimonio que intenta reconstruir su vida después de la muerte de su único hijo. La llegada de Kakeru, un niño humanoide diseñado para parecerse al pequeño que perdieron, abre una puerta hacia la posibilidad de recuperar cierta normalidad. Lo que inicialmente parece una oportunidad para aliviar el dolor pronto comienza a revelar nuevas tensiones: mientras los padres depositan sus esperanzas y expectativas en esta criatura artificial, su comportamiento empieza a desdibujar la frontera entre aquello que han programado sus creadores y lo que ellos desean creer que existe en él.
El principal acierto de la propuesta está en su premisa. La posibilidad de sustituir a un ser querido por una réplica tecnológicamente avanzada plantea interrogantes que trascienden el funcionamiento de la inteligencia artificial. ¿Amamos a alguien por sus recuerdos, su personalidad o la relación que construimos con esa persona? ¿Puede una imitación convertirse en alguien nuevo o siempre estará condenada a ocupar el lugar de quien ya no está? Koreeda tiene experiencia explorando las contradicciones de los vínculos familiares, especialmente cuando la biología, las convenciones sociales y los sentimientos no coinciden. En ese sentido, Sheep in the Box parece diseñada para dialogar con algunas de las preocupaciones que han atravesado su filmografía, aunque esta vez las traslada a un futuro cercano.
Sin embargo, el problema aparece cuando la película debe desarrollar esas preguntas. En lugar de confiar en las situaciones, los silencios y las contradicciones de sus personajes, el relato recurre a explicaciones y subrayados que debilitan su capacidad de sugerencia. Las ideas se repiten con insistencia, como si la película desconfiara de que el espectador pueda interpretarlas por su cuenta. Incluso la referencia a El principito, vinculada al título y a sus implicaciones simbólicas, pierde parte de su fuerza cuando se reitera sin aportar nuevas capas de significado. Lo que podría haber sido un recurso poético para explorar el amor y la singularidad termina sintiéndose demasiado explícito.

Esta falta de sutileza también afecta al tratamiento del duelo. La premisa exige comprender cómo cada integrante de la pareja procesa la pérdida y qué necesidades emocionales deposita en Kakeru. No obstante, el desarrollo psicológico resulta irregular y, por momentos, la historia parece más interesada en comunicar sus planteamientos filosóficos que en permitir que sus personajes los encarnen de manera orgánica. La criatura humanoide, que debería funcionar como el centro de una tensión cada vez más compleja, termina atrapada en un relato que no siempre sabe cómo equilibrar su condición tecnológica con las expectativas humanas que recaen sobre ella.
La puesta en escena tampoco logra compensar por completo estas limitaciones. La fotografía de Ryûto Kondô acompaña una propuesta que busca situarse entre la familiaridad de los espacios domésticos y la inquietud de un mundo donde la tecnología ha comenzado a modificar las relaciones personales. Sin embargo, esa cercanía visual no siempre se traduce en intimidad emocional. La música de Taku Matsushiba, en lugar de limitarse a acompañar los conflictos, interviene de manera insistente para remarcar sentimientos que las imágenes y las actuaciones deberían poder transmitir por sí mismos. El resultado es una película que, paradójicamente, puede sentirse tan mecánica como la tecnología que intenta cuestionar.
La mayor frustración de Kakeru (Sheep in the Box) es que su ambición temática parece superar su capacidad narrativa. La inteligencia artificial permite plantear cuestiones sobre la identidad, la memoria, la autonomía y la mercantilización de los afectos, pero la película no profundiza de manera consistente en las implicaciones de esas ideas. Su interés por el futuro de las relaciones humanas se queda atrapado entre el drama familiar y el discurso tecnológico, sin encontrar siempre una conexión convincente entre ambos. Allí donde otras obras de ciencia ficción han conseguido convertir sus dilemas filosóficos en experiencias perturbadoras, Koreeda opta por una aproximación demasiado explicativa y emocionalmente distante.
Esto no significa que la propuesta carezca de interés. La premisa conserva una inquietud genuina, especialmente por la forma en que plantea el deseo de reemplazar lo irremplazable. El conflicto de los protagonistas parte de una necesidad comprensible: encontrar una manera de seguir viviendo con una ausencia que no pueden aceptar del todo. Pero precisamente por eso resulta frustrante que la película no confíe más en las contradicciones de ese impulso y en las consecuencias de convertir el dolor en una oportunidad comercial para la industria tecnológica.
Al final, Sheep in the Box es una obra de potencial considerable que termina diluida entre discursos demasiado evidentes, un ritmo pesado y una exploración psicológica insuficiente. La premisa invita a reflexionar sobre qué significa amar a alguien y hasta dónde estamos dispuestos a llegar para evitar una pérdida, pero su desarrollo no alcanza la profundidad emocional ni la audacia conceptual que exige el tema. En una filmografía reconocida por su sensibilidad para observar las complejidades de las relaciones humanas, esta incursión en la ciencia ficción deja la impresión de una oportunidad desaprovechada: una película que quiere hablar sobre aquello que nos hace humanos, pero que nunca termina de encontrar la calidez necesaria para hacerlo.