Wicker es una fábula que combina humor negro, romanticismo y sátira para cuestionar las convenciones sociales y las estructuras patriarcales. Olivia Colman ofrece una interpretación encantadora, acompañada por Alexander Skarsgård en una peculiar historia de amor que encuentra en la fantasía una forma de reivindicar la autonomía femenina.
Wicker (2026)
Puntuación:★★★½
Dirección: Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson
Reparto: Olivia Colman, Alexander Skarsgard, Peter Dinklage, Elizabeth Debicki, Nabhaan Rizwan, Marli Siu y Richard E. Grant
***screening de prensa***
Wicker es una fábula que toma elementos de los cuentos de hadas para darles la vuelta con humor negro, irreverencia y una mirada crítica sobre las convenciones sociales. En un pueblo costero de apariencia medieval, donde las mujeres son tratadas como posesiones y su identidad parece quedar definida por el hombre con quien se casan, una pescadora solitaria decide desafiar las expectativas de su comunidad de la manera más inesperada: encarga un marido hecho de mimbre. La premisa tiene algo de extravagante, pero detrás de su fantasía se encuentra una historia sobre la autonomía, el deseo femenino y el derecho a construir una vida al margen de lo que otros consideran aceptable.
La protagonista, conocida simplemente como La Pescadora (Olivia Colman), vive en los márgenes de una sociedad que la desprecia por su aspecto desaliñado, su olor y su condición de mujer soltera. Mientras los habitantes del pueblo se permiten juzgarla y convertirla en objeto de burlas, ella encuentra en su independencia una forma de resistencia. Sin embargo, la humillación que experimenta durante una boda termina por impulsarla a tomar una decisión que altera las reglas de ese mundo: pedirle al Cestero (Peter Dinklage) que fabrique un esposo para ella. No busca necesariamente un príncipe encantador, sino alguien con quien compartir su vida sin tener que someterse a las condiciones impuestas por los hombres de su entorno.
La aparición del Marido de Mimbre (Alexander Skarsgård) transforma la historia en una comedia romántica tan peculiar como encantadora. Su aspecto extraño, construido con un notable trabajo de efectos prácticos, contrasta con una personalidad amable, paciente y afectuosa. Lejos de representar la figura monstruosa que podría sugerir su apariencia, este personaje demuestra una disposición genuina para cuidar de su esposa, ayudarla en las tareas cotidianas y satisfacer sus deseos. La película encuentra buena parte de su humor en esa inversión de expectativas: el hombre que parece una criatura salida de una pesadilla termina siendo una pareja mucho más considerada que los esposos aparentemente respetables del pueblo.

A partir de esta relación, Fischer y Wilson desarrollan una sátira bastante aguda sobre las estructuras patriarcales y las expectativas que determinan el lugar de las mujeres en esa comunidad. Los hombres son identificados por sus oficios, mientras que las mujeres pierden incluso esa individualidad y pasan a ser reconocidas como propiedad de sus esposos: la hija del doctor, la esposa del sastre. La imagen de una novia recibiendo un collar metálico alrededor del cuello durante su boda resume de manera contundente la naturaleza de ese sistema. Frente a semejante realidad, la decisión de La Pescadora no solo resulta excéntrica, también representa una forma de rebelión contra una sociedad que pretende decidir cómo debe vivir, amar y comportarse una mujer.
La película utiliza el humor y la fantasía para cuestionar esas convenciones sin convertir su discurso en un sermón. La felicidad de la pareja pronto despierta los celos y las sospechas de quienes los rodean, especialmente de La Esposa del Sastre, una mujer atrapada en un matrimonio donde sus necesidades y deseos parecen no tener importancia. Su resentimiento introduce otro matiz interesante: el problema no está únicamente en los hombres que ejercen el control, sino también en una estructura social que enfrenta a las mujeres entre sí y las acostumbra a aceptar como normal una existencia limitada. En ese sentido, Wicker encuentra en su universo fantástico una manera bastante ingeniosa de hablar sobre relaciones de poder que resultan reconocibles.
Olivia Colman es, sin discusión, el alma de la película. Su interpretación combina comicidad, ternura y una vulnerabilidad que permite conectar inmediatamente con una mujer que ha aprendido a defenderse de las burlas, pero que todavía conserva ciertas inseguridades. Colman consigue que sus contradicciones resulten completamente naturales: su personaje puede mostrarse decidido e independiente y, al mismo tiempo, tener dificultades para creer que alguien pueda quererla sin condiciones. Alexander Skarsgård funciona como un excelente contrapunto. Su interpretación apuesta por la sencillez y la dulzura, dejando que sean los gestos y la presencia física del personaje los que expresen su personalidad. La química entre ambos sostiene el componente romántico y le da a la historia una calidez que impide que la sátira se imponga sobre las emociones.

También merece reconocimiento el trabajo artesanal detrás del Marido de Mimbre. Los efectos prácticos construyen una criatura de apariencia inquietante, pero con una expresividad que permite descubrir rápidamente su lado más entrañable. Su rostro tejido, sus ojos y su barba le dan una presencia singular, mientras que el diseño sonoro de Andy Neil incorpora pequeños crujidos que refuerzan su naturaleza sin convertirlo en una figura amenazante. Es uno de esos personajes cuya apariencia podría pertenecer a una historia de terror, pero que termina funcionando como el corazón de una fantasía romántica.
Aunque su estructura narrativa es relativamente sencilla y algunos de sus conflictos siguen caminos previsibles, la película encuentra suficiente ingenio en sus personajes y situaciones para mantener el encanto. Su mayor virtud está en comprender que una historia de amor puede ser también una forma de cuestionar las reglas de una sociedad. Wicker no necesita renunciar al romanticismo para defender la independencia de su protagonista, ni convertir a su criatura en un héroe convencional para demostrar que la bondad puede aparecer en las formas más inesperadas.
Al final, Fischer y Wilson entregan una fábula feminista divertida, sensual y sorprendentemente tierna, que utiliza la extravagancia de su premisa para hablar sobre el deseo, la aceptación y la posibilidad de construir relaciones desde la igualdad. Olivia Colman conduce la película con una interpretación encantadora, mientras Skarsgård aporta una dulzura que termina de darle sentido a esta peculiar historia de amor. Una propuesta que encuentra en el humor y la fantasía una manera fresca de desmontar los cuentos de hadas tradicionales y preguntarse quién tiene realmente el derecho de decidir cómo debe ser un final feliz.