Sin piedad | Review

Sin piedad es una distopía policial visualmente ruidosa y conceptualmente cobarde. Un filme que recicla iconografía de clásicos sin comprender sus implicaciones éticas. Chris Pratt es un protagonista plano y Ferguson, una presencia desaprovechada.
Sin Piedad (2026)
Puntuación:★
Dirección: Timur Bekmambetov
Reparto: Chris Pratt, Rebecca Ferguson, Annabelle Wallis y Chris Sullivan
Disponible en cines

Sin piedad de Timur Bekmambetov, es Minority Report versión patito: una distopía policial de ideas grandes y ejecución raquítica, tan convencida de su modernidad que no se da cuenta de que llega tarde, mal y con el algoritmo mal calibrado. Una película que confunde vigilancia con justicia, fealdad con estilo y ruido digital con cine.

El futuro que propone es despiadado, sí, pero sobre todo cutre. Pantallas pixeladas, interfaces de ciencia ficción barata y una estética de escritorio saturado que parece diseñada para justificar que, en el mañana, el 5G seguirá funcionando regulero. Bekmambetov insiste en vendernos el caos visual como inmersión, cuando en realidad es una coartada estética para disimular que no hay puesta en escena: solo ventanas que se abren, se cierran y se superponen como si el cine hubiera decidido convertirse en una pestaña más del navegador.

Rebecca Ferguson, reducida a una cara hermosa atrapada en una pantalla, cobra probablemente uno de los cheques más cómodos de su carrera: mirar, parpadear y emitir sentencias de muerte con voz calmada. Su jueza Maddox, juez, jurado y verdugo algorítmico, no genera inquietud ética sino una inquietante indiferencia moral. El guion coquetea con la idea de una IA que adquiere consciencia, pero o no se atreve a desarrollarla o directamente no entiende cómo funciona una inteligencia artificial más allá de frases de taza motivacional: “humanos o IA, todos cometemos errores”. Una conclusión de primero de filosofía… aplicada a la pena capital.

Chris Pratt, por su parte, interpreta a Chris Pratt. O a cualquier otro Chris intercambiable del Hollywood actual. Su detective acusado de asesinar a su esposa despierta esposado a una silla futurista, resacoso y sin recuerdos, y tiene 90 minutos para probar su inocencia buscando en Google su propia vida. El planteamiento prometía un thriller claustrofóbico, una carrera contra el tiempo o incluso una reflexión sobre la culpabilidad estructural. Nada de eso ocurre. El protagonista explica, ordena búsquedas, reacciona poco y evoluciona menos. Si el cine es movimiento, aquí no lo hay. Si es emoción, tampoco ayuda que la narrativa se limite a mostrarnos archivos, mensajes y registros como si estuviéramos jugando a un videojuego mal optimizado.

Bekmambetov, pionero del “screenlife”, vuelve a demostrar que el truco sigue siendo eso: un truco. La cámara, incapaz de dinamizar un cuerpo inmóvil, recorta constantemente el rostro de Pratt, como si acercarse fuera equivalente a profundizar. No lo es. La tensión no nace de la dramaturgia, sino de una cuenta atrás mecánica que funciona como cronómetro de microondas: pita, molesta y no deja poso.

Lo verdaderamente perturbador de Sin piedad no es su falta de originalidad ni su estética feísta asumida, sino su ideología. La película se presenta como una advertencia contra la hipervigilancia y la automatización de la justicia, pero termina siendo un alegato tibio —y peligroso— a favor del Estado policial. Las zonas rojas militarizadas, la brutalidad policial y el acceso ilimitado a la vida privada del ciudadano no son cuestionados: apenas necesitan “algunas mejoras”. La seguridad y la privacidad son incompatibles, parece decirnos el filme, y no hay debate posible.

Cualquier línea crítica se estrella contra un muro de ambigüedad mal resuelta. El protagonista es violento, espía a su hija, reconoce que está mal… y sigue haciéndolo. No hay reflexión, solo normalización. La película no se atreve a incomodar ni a posicionarse: flirtea con dilemas éticos para luego abandonarlos en callejones sin salida narrativos. Incluso cuando podría preguntarse si es ético entregar una vida humana a un algoritmo, prefiere mirar hacia otro lado y cerrar con una moraleja tan vaga como peligrosa.

Al final, Sin piedad no es una distopía inquietante, sino una distopía complaciente. Una película que parece criticar el horror… hasta que decide que el horror, bien gestionado, tampoco está tan mal. Y esa conclusión, envuelta en pantallas bonitas y frases huecas, resulta más escalofriante que cualquier IA homicida.

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