Mi querida señorita – Un clásico reinterpretado con el peso de explicarlo todo

La nueva versión de Mi querida señorita reinterpreta el clásico de Jaime de Armiñán desde una sensibilidad contemporánea, colocando la intersexualidad de su protagonista como punto de partida y no como revelación final.
Mi querida señorita (2026)
Puntuación:★★★
Dirección: Fernando González Molina
Reparto: Elisabeth Martínez, Anna Castillo, Paco León, Nagore Aranburu, Manu Ríos y Lola Rodríguez 
Disponible en Netflix

Volver sobre Mi querida señorita siempre iba a ser una decisión complicada. No solo por el peso histórico y emocional de la película original de 1972, sino porque aquella obra encontraba su fuerza precisamente en lo que no podía decir abiertamente. La nueva versión dirigida por Fernando González Molina entiende eso desde el inicio y, en lugar de competir directamente con el clásico de Jaime de Armiñán, decide desplazar el conflicto hacia otro lugar: ya no se trata del silencio obligado, sino de la búsqueda consciente de una identidad. Y aunque esa actualización tiene momentos genuinamente emotivos y sensibles, también termina cayendo demasiado seguido en la necesidad de explicarlo todo.

La película sigue a Adela, interpretada por Elisabeth Martínez, una mujer criada dentro de un entorno profundamente conservador, atrapada entre la rigidez religiosa, la vigilancia familiar y una sensación constante de extrañeza sobre sí misma. La intersexualidad, que en la obra original funcionaba como revelación final y tabú innombrable, aquí aparece desde el comienzo como el eje central del relato. Ese cambio transforma completamente el tono de la historia: la duda deja de ser un misterio para convertirse en un proceso de construcción personal.

Y ahí está probablemente el mayor acierto de la película. El guion de Alana S. Portero no intenta replicar el impacto subversivo que tuvo el filme original en plena España franquista —algo imposible de repetir desde el contexto actual—, sino trasladar el conflicto hacia una sensibilidad contemporánea donde la identidad ya no se plantea como un secreto monstruoso, sino como una experiencia compleja, dolorosa y profundamente humana.

Elisabeth Martínez sostiene gran parte de ese peso emocional con una interpretación muy contenida, apoyada más en silencios, miradas y pequeños gestos que en grandes explosiones dramáticas. Su Adela nunca se siente construida desde la victimización absoluta; más bien transmite la sensación de alguien que ha vivido demasiado tiempo desconectada de sí misma y que apenas comienza a permitirse existir de otra manera. La actriz logra que incluso los momentos más explicativos del guion mantengan cierta verdad emocional.

La película funciona mejor precisamente cuando baja el volumen discursivo y se concentra en lo íntimo: en los cuerpos incómodos, en los espacios cerrados, en las pausas incómodas entre personajes que no saben cómo nombrar lo que sienten. La primera mitad, ambientada en una Pamplona lluviosa y opresiva de finales de los noventa, encuentra una textura visual bastante efectiva. Los interiores cargados de objetos, los espejos constantes y la sensación de encierro emocional construyen un universo donde el peso de la tradición parece aplastar cualquier posibilidad de cambio.

Sin embargo, el gran problema aparece cuando la película siente la necesidad de verbalizar constantemente aquello que ya estaba transmitiendo visual y emocionalmente. González Molina y Portero parecen desconfiar por momentos del poder del subtexto, y el resultado es una película que sobreexplica demasiado sus ideas. Los personajes terminan pronunciando discursos que subrayan conflictos, emociones y mensajes de forma insistente, como si existiera miedo de que el espectador no entendiera la intención pedagógica detrás de cada escena.

Ese afán explicativo afecta especialmente a los secundarios. Paco León interpreta a un sacerdote queer que funciona más como guía ideológico de la protagonista que como personaje real. Su presencia introduce algunas dinámicas interesantes alrededor de la fe y la identidad, pero el guion lo convierte tantas veces en portavoz temático que termina perdiendo naturalidad. Lo mismo ocurre con varios personajes que orbitan alrededor de Adela: aparecen para representar ideas o etapas emocionales más que como individuos verdaderamente desarrollados.

Anna Castillo, como Isabel, aporta una energía mucho más orgánica cada vez que aparece en pantalla. Su naturalidad rompe un poco con la solemnidad dominante y permite que la película respire mejor, especialmente en la segunda mitad, cuando el relato se desplaza hacia Madrid y empieza a acercarse —a veces demasiado evidentemente— al universo del primer Pedro Almodóvar. Allí la película gana algo de humor, irreverencia y dinamismo, aunque también deja una sensación de familiaridad excesiva, como si ciertas escenas ya las hubiéramos visto antes en muchas otras historias sobre comunidades marginales encontrando refugio colectivo.

También pesa inevitablemente la comparación con la película original. Lo que en Armiñán era contención, ambigüedad y dolor silencioso, aquí se transforma en una narrativa mucho más abierta, optimista y pedagógica. Y aunque eso tiene valor en tiempos donde la intolerancia vuelve a ocupar espacio público, también le resta parte de la complejidad emocional y la potencia cinematográfica que hacía tan incómoda y fascinante a la obra de 1972.

Aun así, Mi querida señorita encuentra algo genuino en medio de todos esos excesos discursivos. Hay sensibilidad real en cómo acompaña a Adela durante su proceso de reconstrucción identitaria y también una intención honesta de hablar sobre el derecho a existir fuera de las categorías impuestas. La película quizá no alcanza la fuerza visual ni la radicalidad emocional del clásico que reinterpreta, pero tampoco intenta destruirlo ni reemplazarlo. Prefiere dialogar con él desde otro tiempo y otra sensibilidad.

Y aunque tropieza demasiado seguido con su necesidad de explicarse, termina dejando algo valioso: la sensación de que, detrás de toda la pedagogía y las proclamas, todavía hay una historia profundamente humana intentando abrirse paso.

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