Gugu’s World (Feito Pipa) – Crecer antes de tiempo sin renunciar a la alegría

Película de apertura del CRFIC 2026, Gugu’s World (Feito Pipa) es un coming-of-age profundamente humano donde Allan Deberton retrata la infancia, la identidad y el amor familiar con enorme sensibilidad que encuentra una mirada luminosa sobre la experiencia queer gracias a un extraordinario Yuri Gomes.
CRFIC 2026 | Gugu’s World (2026)
Puntuación: ★★★½
Dirección: Allan Deberton
Reparto: Lázaro Ramos, Teca Pereira, Yuri Gomes, Carlos Francisco

Elegida como película de apertura del Costa Rica Festival Internacional de Cine (CRFIC) 2026, Gugu’s World (Feito Pipa) no solo inauguró el festival con una propuesta profundamente emotiva, sino también con una declaración de principios sobre el tipo de cine que merece ocupar el centro de la conversación: uno que observa la infancia con sensibilidad, que entiende la diversidad sin convertirla en un manifiesto y que encuentra belleza incluso en las heridas familiares.

Allan Deberton continúa construyendo una filmografía profundamente ligada al estado brasileño de Ceará, un territorio que trasciende el mero escenario para convertirse en un personaje vivo. Como ya ha demostrado en trabajos anteriores, el cineasta encuentra en el Brasil rural un espacio donde conviven la dureza de las desigualdades sociales, la transformación del paisaje por la industrialización agrícola y la corrupción política con comunidades capaces de sostener vínculos afectivos profundamente humanos. Esa dualidad vuelve a ser el corazón de Gugu’s World.

La historia sigue a Gugu (un extraordinario Yuri Gomes), un niño de doce años apasionado por el fútbol y criado por su abuela, quien padece Alzheimer. Su mayor temor no es enfrentar las burlas de sus compañeros ni descubrir su identidad, sino perder el único hogar donde realmente ha encontrado amor. Si la enfermedad de su abuela sale a la luz, deberá vivir con un padre incapaz de aceptar quién es.

Lo más notable de la película es que nunca convierte esa premisa en un melodrama manipulador. Por el contrario, Deberton y el guionista André Araújo entienden que la mayor fortaleza de Gugu reside precisamente en aquello que muchas películas del coming-of-age suelen convertir en conflicto permanente: su identidad.

En una época donde abundan relatos queer definidos exclusivamente por el sufrimiento, Gugu’s World toma una decisión narrativa profundamente refrescante. Gugu no vive avergonzado de sí mismo. No necesita pronunciar etiquetas para comprender intuitivamente quién es. Su feminidad forma parte de su personalidad con una naturalidad admirable. La película reconoce la existencia de la homofobia, pero se niega a permitir que esta monopolice la experiencia del protagonista.

Ese cambio de enfoque transforma completamente la experiencia del espectador. En lugar de construir una historia sobre el rechazo, Deberton construye una historia sobre la aceptación. Los momentos que permanecen en la memoria no son las agresiones verbales o el bullying escolar —aunque existen y, por momentos, caen en convenciones demasiado familiares— sino los pequeños gestos cotidianos donde Gugu encuentra refugio: la complicidad con su abuela, las amistades, el juego y la posibilidad de seguir soñando con ser futbolista.

La película entiende que la representación también puede construirse desde la alegría.

Yuri Gomes sostiene prácticamente todo el relato sobre sus hombros. Su interpretación evita cualquier artificio. Nunca parece un actor interpretando a un niño; simplemente es Gugu. Su espontaneidad transmite una mezcla de inocencia, fortaleza y vulnerabilidad que convierte cada escena en algo profundamente auténtico. El espectador no observa un símbolo ni un discurso sobre la diversidad; observa a un niño obligado a crecer demasiado pronto. Porque, en el fondo, esa es la verdadera historia de Gugu’s World.

Más allá de la identidad de género o la orientación sexual, la película habla sobre aquellos niños que terminan asumiendo responsabilidades que corresponden al mundo adulto. La enfermedad de la abuela obliga a Gugu a ocultar una realidad demasiado pesada para su edad. Su infancia queda suspendida entre medicamentos, silencios, mentiras piadosas y decisiones imposibles.

El Alzheimer funciona entonces como un segundo relato paralelo. No es simplemente una enfermedad utilizada para generar lágrimas fáciles. Deberton la convierte en una metáfora sobre la fragilidad de la memoria familiar y sobre el miedo a perder el único espacio donde alguien puede sentirse verdaderamente amado.

En ese aspecto resulta extraordinario el trabajo de Teca Pereira. La veterana actriz encuentra un delicado equilibrio entre la ternura, el humor y la devastación progresiva de la enfermedad. Sus escenas con Yuri Gomes poseen una autenticidad emocional que evita cualquier sentimentalismo excesivo. La relación entre ambos constituye el verdadero corazón de la película.

Visualmente, Gugu’s World también confirma la sensibilidad estética del director. La fotografía de Luciana Baseggio y Daniel Donato aprovecha con enorme elegancia los paisajes rurales de Ceará. Manglares, caminos polvorientos, vegetación exuberante y playas construyen un universo visual lleno de vida que dialoga constantemente con el estado emocional de sus personajes. No se trata únicamente de postales bellas; el paisaje refleja una comunidad que, pese a las dificultades económicas y sociales, conserva una profunda capacidad para el afecto.

Deberton demuestra además una puesta en escena discreta, sin grandes exhibiciones formales. La cámara permanece cerca de los personajes, privilegiando las miradas, los silencios y los pequeños gestos cotidianos antes que los grandes discursos. Esa sencillez narrativa resulta coherente con una historia que encuentra su mayor fuerza precisamente en los detalles.

No todo funciona con la misma eficacia. El guion de André Araújo recurre ocasionalmente a algunos lugares comunes del cine coming-of-age. Las escenas de acoso escolar y el rechazo del padre aparecen construidas de manera más convencional y predecible que el resto del relato. Lázaro Ramos, un actor de enorme presencia, recibe quizá el personaje menos desarrollado de la película, limitado durante buena parte del metraje a representar el conflicto paterno desde códigos bastante reconocibles. Solo hacia el desenlace un monólogo permite complejizar parcialmente su figura e introducir una lectura social y política sobre las transformaciones del nordeste brasileño.

Sin embargo, esas concesiones nunca terminan por desestabilizar el conjunto. Deberton compensa los momentos más previsibles con una sensibilidad poco frecuente y una profunda confianza en sus personajes. Incluso cuando la narración parece avanzar por caminos conocidos, siempre encuentra una emoción genuina que evita el artificio.

Como película de apertura del CRFIC 2026, la elección resulta especialmente significativa. No apuesta por el impacto inmediato ni por la provocación fácil, sino por una obra profundamente humanista que entiende el cine como un vehículo para mirar con mayor empatía a quienes suelen permanecer invisibles.

Puede que Gugu’s World recurra ocasionalmente a convenciones conocidas del coming-of-age, pero Allan Deberton las trasciende gracias a una mirada cálida, profundamente humana y desprovista de cinismo. El resultado es una historia queer luminosa, sensible y emocionalmente honesta que encuentra su mayor virtud en recordarnos que la infancia no debería cargar con el peso del mundo adulto, aunque demasiadas veces termine haciéndolo.

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