Chicas tristes – Crecer juntas cuando el mundo deja de ser seguro

Chicas tristes construye un poderoso retrato de la amistad adolescente frente a un trauma que obliga a dos amigas a replantearse todo lo que conocen. Fernanda Tovar destaca por una dirección sensible y visualmente sólida, acompañada de actuaciones naturales y una mirada honesta sobre la juventud latinoamericana.
CRFIC 2026 | Chicas tristes (2026)
Puntuación: ★★★★½
Dirección: Fernanda Tovar
Reparto: Rocío Guzmán, Darana Álvarez, Tatsumi Milori y Tomás García Agraz

Esta es la historia de dos mejores amigas, Maestra (Rocío Guzmán) y Paula (Darana Álvarez), que tienen vidas comunes y buscan participar en una competencia internacional para representar a su país. Hasta que, en la fiesta de Año Nuevo, ocurre un incidente de agresión sexual con Paula y las dos deberán descubrir cómo sobrellevar esta situación.

Dirigida y escrita por Fernanda Tovar, nos presenta un excepcional drama juvenil que habla sobre temas fuertes en el contexto de una generación que debe lidiar con estos problemas que aquejan a nuestra sociedad.

La narrativa tiene como perspectiva principal a Maestra, quien es muy cercana a Paula, mostrando una relación de amistad muy estable y saludable, en la que la gran química entre las dos actrices hace que la historia se sienta tan real y que nos importe totalmente esta relación. Así es hasta que llega el primer giro dramático: el abuso de Paula, retratado de una forma muy sutil, en la que no sabemos exactamente qué pasó entre ella y el muchacho que le gusta. De esta forma, vamos viendo los cambios tan bruscos en la relación entre ellas y, en especial, las transformaciones en la personalidad de Paula, hasta que finalmente las dos muchachas conectan los puntos y reaccionan ante el crimen que se vivió.

Un gran punto de la obra es tanto la naturalidad de las acciones como la construcción del mundo, en el que tenemos una perspectiva tan fresca de la generación Alfa, con el empleo de herramientas como ChatGPT, la mentalidad libre sobre la espiritualidad, la experimentación con sustancias, la salud mental y la forma en que miran el mundo desde las redes sociales.

Aunque también toca puntos sociales que siguen afectándonos, como el machismo inherente, la falta de educación sexual por parte de las instituciones, los fondos públicos recortados para actividades deportivas y la falta de atención de los adultos hacia los jóvenes.

De esta historia pequeña podemos desarrollar estos tópicos con un tratamiento muy maduro. El enfoque no es solamente sobre el crimen que vivieron, sino sobre lo que pasa después. La historia se vuelca con ellas para desarrollar la culpa, el enojo, la frustración y la incertidumbre. Recurriendo a varios métodos que buscan aliviar el dolor hasta que deben confrontarlo directamente, lo que causa mucha fricción.

Estamos ante un viaje muy emocional, en el que pasamos de la alegría a la melancolía, de lo familiar a lo incómodo y de lo negativo hacia una aceptación. Todo esto está apoyado por un reparto secundario que muestra no solo personajes masculinos positivos, sino también una representación muy natural de una mujer trans. Esto hace que los personajes sean más complejos, capaces de lidiar con las dificultades de la vida y de ayudar a las protagonistas a encaminarse.

Toda esta construcción de mundo y de personajes viene acompañada de una excelente dirección por parte de Fernanda Tovar. La directora tiene un ojo visual interesante, creando bastantes composiciones llamativas mediante el uso de la profundidad de campo, la puesta en escena con las actrices y movimientos de cámara muy medidos, entre el zoom y la cámara en mano. De igual forma, la fotografía aprovecha muy bien la iluminación, junto a una paleta de colores vibrantes que destaca inmediatamente.

Esto nos da secuencias realmente espectaculares, como el nado en la piscina de noche, el eclipse de sol, el momento en que el hermano de Maestra apoya a su hermana, la prueba final de natación o el viaje lisérgico que realizan.

El apartado técnico está muy bien logrado, desde la fotografía hasta el diseño de producción, con el vestuario, los cuartos y los lugares de la ciudad que capturan esa esencia realista y cruda de la imagen. Tiene un tono bastante sucio que le da tanta vida a la obra, especialmente en su representación de la clase media latinoamericana. Además, el diseño sonoro es bastante bueno para capturar la naturalidad de las escenas, junto con una música que sigue la historia con esa melancolía e introspección juvenil.

Honestamente, no esperaba que la obra superara tanto mis expectativas. Principalmente porque, en sus 90 minutos de duración, logra crear una amistad tan fuerte y humana que, al terminar la película, uno espera saber qué será de estas dos amigas después de todo lo que vivieron. Una obra muy madura que no plantea la problemática en tonos claros y oscuros, sino desde la realidad gris que vivimos. Condena el hecho, pero deja espacio para el diálogo sobre lo que deben hacer después.

Es una historia de madurez que refleja la falta de educación sexual en nuestros países latinoamericanos y cómo eso ocasiona que estos casos de agresión se sigan perpetuando sin consecuencias. Le da voz a una nueva generación que deberá saber cómo lidiar con tales situaciones desde un lugar empático e inteligente. Así, la historia da su apoyo absoluto a las víctimas y a las personas cercanas que las rodean, apoyándose mutuamente para que puedan salir adelante.

Todo esto está acompañado por una dirección sobresaliente que aprovecha el lenguaje cinematográfico mediante la puesta en cámara y la dirección de actores, junto con un buen apartado técnico que apoya toda la visión de la directora.

Finalmente, es una historia real que ocurre a diario, pero con un final conciliador entre dos chicas que apenas se están acercando a la vida adulta y deberán manejar este trauma juntas. Con un aura de esperanza en la que ambas pueden salvar lo mejor que les ha pasado en la vida: su amistad.

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