Si no ardemos, cómo iluminar la noche – Crecer bajo la sombra del miedo

Una sensible ópera prima que convierte el despertar adolescente de una joven en una exploración del miedo y la violencia contra las mujeres. Kim Torres destaca por su manejo de la fotografía, el sonido y la atmósfera, utilizando una leyenda como metáfora de una amenaza mucho más real.
CRFIC 2026 | Si no ardemos, cómo iluminar la noche (2025)
Puntuación: ★★★½
Dirección: Kim Torres
Reparto: Lara Yuja Mora, Keylin Delgado, Valentina Chaves Jimenez, Teresa Sánchez y Michelle Jones

La llegada de Laura a un nuevo pueblo no tiene nada de idílica. A sus trece años, deja San José junto a su madre y su hermano para instalarse en un pueblo que apenas conoce, junto a una nueva familia que todavía no siente como propia. Mientras intenta adaptarse, hacer nuevas amistades y descubrir un entorno que poco a poco despierta su curiosidad, escucha una historia que cambia la manera en que comienza a mirar el lugar: una bestia de pelo morado que aparece durante la noche y se lleva a las mujeres.

En Si no ardemos, cómo iluminar la noche, su primer largometraje, Kim Torres utiliza esa leyenda como punto de partida para hablar del despertar adolescente, pero también de los miedos que acompañan a las mujeres desde mucho antes de que puedan comprenderlos. Laura está descubriendo su cuerpo, el deseo y las relaciones con los demás al mismo tiempo que comienza a entender que existe una violencia que atraviesa la comunidad en la que ahora vive. El crecimiento deja entonces de ser solamente un proceso personal y se convierte en el descubrimiento de un mundo adulto mucho más oscuro de lo que imaginaba.

Torres construye ese proceso desde la observación. La cámara permanece cerca de Laura y presta atención a sus gestos, sus silencios y su incomodidad. Lara Yuja Mora sostiene buena parte de la película desde esa contención, transmitiendo la sensación de una adolescente que todavía tiene algo de niña, pero que empieza a encontrarse con experiencias que pertenecen a otra etapa de la vida.

La película acierta especialmente al hacer coincidir el despertar sexual de Laura con el descubrimiento del peligro. El deseo, la curiosidad y el miedo empiezan a ocupar el mismo espacio. No hace falta que Torres lo explique: está presente en la manera en que Laura observa su entorno y en cómo ese entorno comienza a observarla a ella.

Por eso el pueblo termina siendo mucho más que un escenario. Este tiene sus propias reglas, historias y secretos, y Laura debe aprender a interpretarlos. La fotografía de Mel Nocetti aprovecha los bosques, las plantaciones y la luz natural para construir un paisaje de enorme belleza, pero nunca completamente seguro. La naturaleza puede ser refugio y amenaza al mismo tiempo, una contradicción que refleja muy bien la experiencia de Laura.

El trabajo sonoro refuerza esa sensación. Los ruidos del bosque, los silencios y aquello que ocurre fuera de cuadro crean una amenaza que no necesita mostrarse. Torres entiende que, en una película construida alrededor de rumores y secretos, lo que no vemos puede resultar más inquietante que cualquier aparición. Ahí es donde la bestia de pelo morado adquiere verdadero sentido.

El monstruo podría haber sido utilizado como un recurso de terror convencional, pero Torres lo convierte en una forma de hablar de un miedo mucho más concreto. La comunidad cuenta que una criatura se lleva a las mujeres durante la noche, pero la pregunta que queda detrás de esa historia es mucho más incómoda: ¿qué ocurre cuando resulta más fácil hablar de una bestia que de la violencia real que sufren las mujeres?

La leyenda funciona entonces como una metáfora de la violencia sexual, de las desapariciones y de los miedos que pasan de una generación a otra. No es necesario mostrar al monstruo porque su presencia ya está incorporada en la forma en que las mujeres habitan el espacio. La noche, el bosque y determinados lugares adquieren otro significado cuando existe la conciencia de que algo puede ocurrir.

Esta es probablemente una de las mayores virtudes de la película: su mirada feminista no depende de discursos explicativos. Torres confía en las imágenes, los silencios y las relaciones entre los personajes. La violencia no aparece como un acontecimiento aislado, sino como algo que puede formar parte de la vida cotidiana hasta convertirse en una advertencia que todos conocen.

La película, sin embargo, también exige una paciencia considerable. Su ritmo contemplativo es coherente con la propuesta, pero en algunos momentos la espera pesa más de lo que debería. Torres dedica mucho tiempo a construir atmósfera, relaciones y sensaciones, mientras la tensión dramática avanza lentamente. Hay momentos en los que esa lentitud permite observar y sentir; en otros, simplemente retrasa un conflicto que ya sabemos que está llegando.

El problema se hace más evidente en el último tramo, cuando la película finalmente concentra buena parte de su tensión. El cierre tiene fuerza precisamente porque libera aquello que había permanecido contenido, pero también deja la impresión de que algunos conflictos podrían haberse desarrollado de manera más gradual con mejor profundidad. La película no necesitaba ser más rápida, pero sí quizá distribuir mejor su desarrollo.

A pesar de ello, resulta notable la seguridad formal que Torres demuestra en su debut. La fotografía, el sonido y la puesta en escena tienen una función narrativa clara y no están ahí únicamente para embellecer la película. El reparto, que combina intérpretes jóvenes con figuras como Teresa Sánchez, aporta además una naturalidad que mantiene los pies de la historia en la cotidianidad mientras la propuesta se mueve hacia terrenos más simbólicos.

Si no ardemos, cómo iluminar la noche es una película imperfecta, pero difícil de ignorar. Su ritmo puede poner a prueba al espectador y algunos de sus conflictos quedan demasiado concentrados hacia el final, pero sus virtudes son más significativas: una mirada visual definida, un uso inteligente del sonido, una protagonista convincente y una forma particularmente sensible de hablar sobre violencia y adolescencia sin convertirlas en discurso.

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