Abril – Aprender a existir más allá de ser madre

Abril confirma la madurez de Hernán Jiménez como cineasta, con una puesta en escena más segura y una San José que se convierte en parte esencial de la historia. A través de una maternidad imperfecta y profundamente humana, la película explora la identidad de una mujer que busca descubrirse más allá de su rol de madre.
CRFIC 2026 | Abril (2026)
Puntuación: ★★★½
Dirección: Hernán Jiménez
Reparto: Maricarmen Merino, François Arnaud, Lara Yuja Mora y Hernán Jiménez

Hay algo particularmente difícil en hacer una película sobre la maternidad sin convertir a la madre en una figura idealizada. El cine ha construido durante décadas una imagen de la madre como sacrificio, entrega y amor incondicional, pero pocas veces se detiene en preguntarse quién es esa mujer cuando deja de cumplir ese papel. ¿Qué sucede cuando sus hijos crecen, cuando comienzan a tomar sus propias decisiones y cuando la relación que durante años definió buena parte de su identidad empieza a cambiar?

En Abril, sexta película como director del cineasta costarricense Hernán Jiménez, esa pregunta se convierte en el centro de una historia íntima sobre una mujer que necesita descubrir quién es cuando la maternidad deja de ocupar todo el espacio de su vida. Abril, interpretada por Maricarmen Merino, es una trabajadora social, madre divorciada y mujer atravesada por las contradicciones de la vida adulta. Su hija Valentina está creciendo, comienza a reclamar independencia y contempla la posibilidad de irse a vivir con su padre, Julián, interpretado por el propio Jiménez. Lo que para la adolescente puede representar libertad, para Abril se convierte en una crisis de identidad.

Y ahí está el principal acierto de la película: Abril no plantea la maternidad como una experiencia exclusivamente luminosa ni convierte a su protagonista en una víctima. Abril ama profundamente a su hija, pero también puede ser controladora, agotadora, invasiva y contradictoria. La película comprende que amar a alguien no significa necesariamente saber cómo relacionarse con esa persona, y es la relación entre Abril y Valentina que el corazón emocional de la película. Existe cariño, pero también cansancio, frustración y una constante dificultad para entenderse. Valentina está entrando en una etapa en la que necesita construir su propia identidad, mientras Abril todavía parece aferrarse a la versión de su hija que conoce.

Para eso, Hernán entiende algo fundamental sobre la adolescencia: muchas veces los hijos interpretan el cuidado como vigilancia. La madre, por su parte, puede interpretar la independencia como rechazo, siendo lo interesante del filme, es que el guion nunca decide quién tiene la razón.

Abril no es presentada como una madre perfecta que simplemente está siendo incomprendida. Tiene defectos muy claros y, precisamente por eso, resulta posible comprender también las razones de su hija para querer alejarse. La película no necesita convertir a ninguna de las dos en villana. Ambas están atravesando procesos legítimos, pero incompatibles en determinados momentos. En ese sentido, Abril encuentra una representación especialmente honesta de la maternidad costarricense: una maternidad agotadora, afectuosa, invasiva, protectora y, en ocasiones, caótica. Abril puede pasar de ser trabajadora social a madre, amiga, exesposa o potencial pareja sin dejar de cargar con ese tono maternal que parece haberse convertido en parte de su personalidad.

La aparición de Gabriel, interpretado por François Arnaud, introduce otra dimensión en el viaje de Abril. La relación no funciona simplemente como una nueva historia romántica, sino como una posibilidad de descubrir una parte de sí misma que había quedado relegada.

La química entre Merino y Arnaud es uno de los mayores aciertos de la película. Hay una naturalidad en sus encuentros que permite que la relación avance sin sentirse como una obligación narrativa. El romance aparece como una extensión del proceso de transformación de Abril y no como una solución mágica a sus problemas. En ese sentido, Gabriel cumple una función importante: permite que Abril vuelva a verse como mujer y no solamente como madre.

La película además encuentra un equilibrio agradable entre drama y humor. Hay momentos capaces de provocar una sonrisa y otros que se sostienen desde una sensibilidad más dolorosa. Esa combinación evita que el relato se convierta en un drama familiar excesivamente solemne.

Y quizá por eso algunas escenas emocionales golpean con mayor fuerza. Abril no necesita subrayar constantemente que estamos frente a una situación triste. Confía en sus personajes y en las relaciones que ha construido para que la emoción aparezca de manera orgánica.

Pero si hay un elemento interesante en el filme es la ciudad de San José. La ciudad no funciona simplemente como fondo. Jiménez consigue filmar una San José reconocible, cotidiana, imperfecta y profundamente costarricense. Es una ciudad que respira junto a sus personajes. Existe una contradicción muy interesante en la forma en que la película presenta la capital. Los personajes costarricenses hablan de San José con esa mezcla tan nuestra de cariño y desprecio. La critican, se quejan de ella, reconocen sus defectos y parecen incapaces de verla con distancia. Y entonces aparece el personaje extranjero que la observa desde otro lugar. Gabriel puede enamorarse de una ciudad que quienes nacieron en ella aprendieron a cuestionar.

Es claro que Abril no es una película perfecta, y no todo funciona con la misma profundidad.

Abril introduce temas como el abandono de los adultos mayores y la negligencia médica, pero ambos quedan relativamente cerca de la superficie. Son conflictos potencialmente muy poderosos que podrían haber ampliado la dimensión social de la película, pero el guion prefiere regresar una y otra vez al conflicto emocional de su protagonista. Es una decisión comprensible, pero también representa una oportunidad perdida.

La película parece estar a momentos de convertirse en algo más ambicioso: una historia sobre maternidad, envejecimiento, precariedad laboral, salud, soledad y las dificultades de construir una vida afectiva después de ciertas etapas. Sin embargo, decide concentrarse solamente en la figura Abril. Paradójicamente, esa limitación también es parte de su fortaleza.

Cuando Abril intenta abarcar demasiado, pierde algo de fuerza. Cuando regresa a sus relaciones, a sus personajes y a esa pregunta esencial sobre quiénes somos cuando dejamos de cumplir el papel que los demás esperan de nosotros, encuentra su mejor versión.

Un detalle interesante de Abril quizá no sea únicamente lo que cuenta, sino lo que revela sobre Hernán Jiménez como director. Después de una carrera que comenzó en la comedia y que lo llevó por el cine costarricense, Hollywood y las plataformas internacionales, Jiménez regresa a su país con una mirada más madura y segura. Su puesta en escena ya no parece preocupada por demostrar algo: simplemente deja que la película respire.

Los silencios tienen espacio, los personajes pueden compartir momentos sin necesidad de explicarlo todo y San José aparece como una ciudad viva, cotidiana y auténtica, lejos de cualquier intención de convertirla en postal. El humor convive naturalmente con el drama y las emociones encuentran su fuerza precisamente en aquello que la película decide no subrayar.

Más que competir con sus trabajos anteriores o con su experiencia internacional, Abril parece recoger todo lo aprendido fuera para volver la mirada hacia algo mucho más cercano. Y quizá ahí se encuentra la verdadera madurez de Jiménez: entender que crecer como cineasta no siempre significa hacer películas más grandes, sino aprender a mirar con mayor profundidad las cosas pequeñas.

Al final, Abril encuentra su mayor fuerza en algo tan sencillo como humano: entender que crecer también significa aprender a soltar. La película no busca convertir a su protagonista en una mujer perfecta, sino mostrarla mientras intenta descubrir quién es más allá de la maternidad, con sus errores, deseos y contradicciones. Hernán Jiménez construye así una obra cálida y cercana que, aunque deja algunos conflictos sin desarrollar por completo, y encuentra su mejor versión cuando observa los vínculos y los pequeños cambios que transforman nuestras vidas. Porque Abril no habla únicamente de una madre que aprende a dejar crecer a su hija, sino de todos aquellos momentos en los que debemos aceptar que dejar ir también es una forma de seguir adelante.

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