Thriller histórico-policial que convierte un crimen real de la lucha por los derechos civiles en un relato sobre justicia, venganza e impunidad. Elegance Bratton destaca por una puesta en escena visualmente poderosa y grandes interpretaciones, aunque su tendencia a subrayar las ideas y ciertos excesos estilísticos debilitan el conjunto.
A cualquier precio (2026)
Puntuación:★★★
Dirección: Elegance Bratton
Reparto: Yahya Abdul-Mateen II, Mark Wahlberg, Nicole Beharie, Josh Lucas y David Strathairn
Disponible en cines
En 1966, Vernon Dahmer decidió pagar de su propio bolsillo el impuesto que se les exigía a los ciudadanos negros de Mississippi para poder votar. Poco después, el Ku Klux Klan atacó su casa y lo asesinó. Ese episodio sirve como punto de partida para A cualquier precio (By Any Means), pero Elegance Bratton no está interesado en reconstruirlo de manera estrictamente histórica. Su película toma aquel crimen y lo convierte en un thriller sobre una pregunta mucho más incómoda: ¿qué sucede cuando las instituciones encargadas de impartir justicia son incapaces —o no están dispuestas— a proteger a determinadas personas?
Wayne Strider (Yahya Abdul-Mateen II), un agente negro del FBI que regresa a Mississippi, recibe la tarea de investigar el asesinato de Dahmer. Para hacerlo termina trabajando junto a Gregory Scarpa (Mark Wahlberg), un mafioso real enviado desde Brooklyn para localizar a los responsables del crimen mediante métodos que difícilmente podrían considerarse legales. La relación entre ambos constituye el núcleo más atractivo de la película: un agente que todavía confía en las reglas frente a un hombre que entiende la justicia como una cuestión de resultados.
La premisa es potente y moralmente compleja. También permite que Bratton construya una película que se mueve constantemente entre el procedimiento policial, el thriller de venganza y el drama histórico. Cuando funciona, esa combinación resulta efectiva. Abdul-Mateen II aporta contención a un personaje que observa cómo el sistema al que pertenece está dispuesto a mirar hacia otro lado, mientras Wahlberg encuentra en Scarpa una energía mucho más descontrolada. La dinámica entre ambos incluso permite algunos momentos de humor que alivian, aunque sea brevemente, una película cargada de violencia.
Bratton también encuentra una identidad visual mucho más interesante que la que suele acompañar a este tipo de relatos. Mississippi aparece cálido, luminoso y exuberante, con una fotografía saturada de color y una cuidada dirección de arte que contrasta con la violencia que ocurre dentro de esos espacios. La decisión resulta importante porque evita convertir el sur estadounidense de los años sesenta en un escenario visualmente monocromático de opresión. La belleza del entorno y la brutalidad de lo que ocurre en él pueden coexistir dentro del mismo plano.

El problema aparece cuando la película deja de confiar en esas imágenes y comienza a explicar demasiado lo que ya ha mostrado. Bratton subraya sus ideas con diálogos, música y decisiones visuales que insisten en remarcar el significado de determinadas escenas. La banda sonora emotiva lleva buena parte de esa responsabilidad, pero también existen momentos en los que la puesta en escena parece pedirle al espectador una reacción específica en lugar de permitir que la situación hable por sí misma.
Algunas decisiones son todavía más desconcertantes. El cambio repentino hacia una perspectiva en primera persona, prácticamente como si estuviéramos dentro de un videojuego de disparos, rompe por completo el lenguaje que la película había establecido. Es una elección llamativa y hasta fascinante en su arbitrariedad, pero cuesta encontrar qué aporta realmente al relato más allá del impacto inmediato.
También existe una cuestión especialmente interesante alrededor de su relación con la historia. A cualquier precio utiliza acontecimientos y personajes reales, pero no pretende ser una reconstrucción fiel. Gregory Scarpa existió y colaboró con el FBI, mientras que Wayne Strider es un personaje compuesto a partir de distintos agentes. Otros acontecimientos son modificados para aumentar el dramatismo. Bratton ha dejado claro que no busca ofrecer una versión definitiva de la historia, sino utilizarla para hablar del presente.
Esa aproximación puede funcionar, pero también genera una distancia particular para quienes vemos la película desde fuera de Estados Unidos. El asesinato de activistas negros, la segregación, las restricciones al voto y la presencia del Ku Klux Klan tienen un peso histórico muy concreto dentro de la experiencia estadounidense. Para un espectador estadounidense, determinadas imágenes pueden activar una memoria colectiva que no necesariamente existe en Costa Rica o en otros países latinoamericanos de la misma manera. No significa que el racismo, la violencia política o la impunidad sean asuntos ajenos; significa que el contexto específico que sostiene buena parte de la película no forma parte de nuestra memoria histórica con la misma intensidad.

Por eso, algunas de las decisiones de Bratton pueden sentirse más enfáticas para un público latinoamericano. La película da por sentado el peso de determinados símbolos y episodios, y en ocasiones parece estar dialogando directamente con una conversación histórica y racial que ocurre principalmente dentro de Estados Unidos. Al mismo tiempo, su conflicto central sí consigue escapar de esa especificidad: cuando las instituciones no funcionan para todos, ¿hasta dónde puede llegar alguien que decide tomarse la justicia por su cuenta?
Ahí aparece la contradicción más interesante de A cualquier precio. La película quiere denunciar un sistema que permitió que la violencia racista quedara impune, pero construye buena parte de su entretenimiento alrededor de un personaje que soluciona ese fracaso institucional mediante la violencia. La relación entre Strider y Scarpa resulta atractiva precisamente porque obliga al protagonista a enfrentarse a esa contradicción, aunque el guion no siempre profundiza tanto como podría en ella.
En ese sentido, también se echa de menos una mayor presencia de los personajes que existen alrededor de los protagonistas masculinos. Nicole Beharie, como la esposa de Strider y líder de la comunidad, tiene una presencia mucho más limitada de lo que su personaje parece prometer. La película está tan concentrada en la dinámica entre el agente del FBI y el mafioso que termina reduciendo parte de la dimensión comunitaria de una historia que, en principio, nace precisamente de la lucha de una comunidad por ejercer sus derechos.
Y es ahí donde A cualquier precio termina siendo una película desigual, pero bastante más interesante cuando se la observa como interpretación que como reconstrucción histórica. Su puesta en escena es poderosa, sus protagonistas sostienen buena parte de la tensión y algunas de sus escenas de violencia son difíciles de olvidar. Sin embargo, la necesidad de subrayar sus ideas, el exceso de música emocional y ciertas decisiones estilísticas terminan haciendo que el discurso sea menos sutil de lo que podría haber sido.
Bratton no busca que el espectador salga de la película con una lección histórica perfectamente ordenada. Busca utilizar un episodio concreto del pasado estadounidense para hablar de una violencia que, desde su perspectiva, todavía tiene ecos en el presente. Para quienes no compartimos exactamente esa memoria histórica, la película puede perder parte de esa resonancia inmediata, pero no necesariamente su conflicto moral. Entre la justicia institucional y la venganza, A cualquier precio encuentra un territorio incómodo que resulta mucho más interesante que sus excesos formales.