Gus Van Sant reconstruye un secuestro real ocurrido en 1977 para explorar no solo el hecho en sí, sino su transformación en espectáculo mediático. Destaca la interpretación de Bill Skarsgård, quien construye un protagonista inquietante y complejo.
Dead Man’s Wire (2025)
Puntuación:★★★★
Dirección: Gus Van Sant
Reparto: Bill Skarsgard, Dacre Montgomery, Al Pacino, Colman Domingo, Myha’la, Cary Elwes y Kelly Lynch
Disponible en VOD
Dead Man’s Wire, dirigida por Gus Van Sant, no es simplemente la recreación de un hecho real: es una disección precisa de un momento histórico en el que la violencia, la frustración individual y los medios de comunicación convergen en un espectáculo nacional. Ambientada en 1977, la película recupera un episodio que, visto hoy, parece anticipar la lógica contemporánea del sensacionalismo mediático. Con un guion de Austin Kolodney y el respaldo estructural de una historia concebida originalmente por David Koepp, el film encuentra su fuerza en la tensión entre lo íntimo y lo público. La música de Danny Elfman y la fotografía de Arnaud Potier refuerzan una atmósfera que oscila entre lo documental y lo absurdamente teatral.
La película reconstruye el caso de Tony Kiritsis, un empresario que, convencido de haber sido estafado por una entidad financiera, decide tomar una medida extrema: secuestrar a un ejecutivo y convertir su cuerpo en un mecanismo de muerte. Un cable atado al cuello del rehén está conectado a una escopeta; cualquier intervención podría ser fatal. Sin embargo, lo que comienza como un acto desesperado pronto se transforma en un evento mediático. Kiritsis no solo exige dinero: exige reconocimiento, una disculpa pública y, sobre todo, visibilidad. La televisión se convierte en su plataforma, y el secuestro en una narrativa en tiempo real consumida por millones.
Aquí, Gus Van Sant evita el thriller convencional. La película no se centra en “qué va a pasar”, sino en “cómo está siendo contado”. El tiempo se dilata, la acción se suspende y lo que emerge es una observación incómoda sobre la construcción del relato, y todo eso se sostiene al eje interpretativo de la película que es, sin discusión, Bill Skarsgård. Su trabajo aquí no busca el impacto inmediato, sino una incomodidad progresiva. Construye a Kiritsis desde la contradicción: un hombre que se percibe a sí mismo como víctima, pero que actúa con una violencia calculada; alguien que exige justicia mientras genera terror. Skarsgård evita cualquier trazo caricaturesco y apuesta por una interpretación contenida pero tensa, donde cada gesto parece al borde de desbordarse. Su mirada —fija, casi desorbitada— no solo transmite paranoia, sino una convicción perturbadora: la certeza de tener razón.

Dacre Montgomery, por su parte, ofrece un contrapunto silencioso pero esencial. Su interpretación del rehén no cae en el dramatismo explícito, sino que trabaja desde la resistencia física y emocional. Su cuerpo, inmovilizado, se convierte en el verdadero campo de tensión de la película. Las intervenciones de Al Pacino y Colman Domingo introducen una dimensión casi absurda que complejiza el tono. No son simples alivios: representan instituciones que responden al horror con distancia, ironía o incluso cinismo.
Van Sant retoma preocupaciones que han atravesado su cine desde Elephant hasta My Own Private Idaho: personajes al margen, sistemas que fallan y una mirada que evita juzgar de manera directa. Aquí, Kiritsis no es presentado ni como monstruo ni como mártir, sino como producto de una tensión social y económica que encuentra en la violencia su única vía de expresión.
El guion entiende que el verdadero conflicto no es solo el secuestro, sino su mediación. La película dialoga claramente con el legado de Sidney Lumet —especialmente en Network y Dog Day Afternoon— al mostrar cómo los medios no solo informan, sino que construyen espectáculo a partir del caos.
Formalmente, la fotografía de Arnaud Potier alterna entre lo cinematográfico y lo televisivo, borrando la frontera entre ficción y documento. La cámara no solo observa: reproduce la mirada mediática, encuadra, selecciona, convierte.
Sin embargo, esta misma decisión estética y narrativa implica un riesgo: la distancia emocional. Al centrarse en Kiritsis y en la maquinaria mediática, la película deja en segundo plano el sufrimiento del rehén. Este desplazamiento no es un descuido, sino una postura crítica, pero puede generar una experiencia fría para el espectador.
Al final, Dead Man’s Wire es una película que observa más de lo que explica. Gus Van Sant construye un relato donde la violencia no es el clímax, sino el punto de partida para analizar cómo se narra esa violencia. Sostenida por una interpretación hipnótica de Bill Skarsgård, la película se convierte en un estudio incómodo sobre la necesidad de ser visto, incluso a través del horror. No busca empatía fácil ni respuestas claras, sino algo más complejo: obligarnos a confrontar la delgada línea entre víctima, victimario y espectáculo.
