La posesión de la momia: entre el mito desfigurado y el exceso visceral

La posesión de la momia es una reinterpretación radical del mito clásico que se aleja de la tradición para adentrarse en el terreno del horror de posesión, con claras influencias de Evil Dead Rise.
La posesión de la momia (2026)
Puntuación:★★★
Dirección: Lee Cronin
Reparto: Jack Reynor, Laia Costa, May Calamawy y Natalie Grace 
Disponible en cines

En estos tiempos los monstruos clásicos parecen condenados a caer en cierta repetición o en el olvido, y es por eso que La posesión de la momia irrumpe como un intento de ruptura más que de reinvención. Lee Cronin no busca rescatar el imaginario tradicional del mito, sino absorberlo y deformarlo dentro de su propio lenguaje: un cine de horror físico, agresivo y profundamente sensorial, más cercano al caos de Evil Dead Rise que a cualquier encarnación previa de la criatura egipcia.

Desde su premisa —una niña desaparecida que regresa años después convertida en algo irreconocible— la película parece prometer una exploración del trauma, la pérdida y la identidad. Sin embargo, rápidamente queda claro que Cronin no está interesado en desarrollar ese conflicto desde lo psicológico o lo simbólico, sino en utilizarlo como punto de partida para una experiencia extrema, donde la narrativa cede terreno frente al impacto físico del horror.

El mayor gesto de ruptura del film está precisamente en su apropiación del mito: aquí no hay momias como figuras arqueológicas ni una mitología egipcia desarrollada, sino una relectura que convierte al monstruo en una entidad de posesión, más cercana al linaje de The Exorcist que al cine clásico de aventuras o terror gótico. Esta decisión, aunque arriesgada, termina siendo también su principal debilidad: al desprenderse casi por completo de su identidad original, la película pierde la oportunidad de construir algo verdaderamente nuevo y se diluye en una estructura conocida.

Donde la película sí encuentra su voz es en lo formal. Cronin demuestra un control notable del lenguaje visual, recurriendo a recursos como la dioptría dividida, encuadres opresivos y movimientos de cámara que refuerzan la sensación de amenaza constante. El espacio doméstico —ese hogar familiar en Nuevo México— se transforma en un territorio hostil, contaminado, donde cada rincón parece esconder una presencia latente. Es un horror que no necesita expansión geográfica: todo ocurre en lo íntimo, en lo cotidiano, en lo familiar.

A esto se suma un diseño sonoro particularmente efectivo, que trabaja desde lo incómodo más que desde el sobresalto. Los crujidos, los susurros y las distorsiones construyen una atmósfera que se siente orgánica, casi pegajosa, como si el horror no solo se viera, sino que se filtrara en el cuerpo del espectador. En ese sentido, la película funciona mejor como experiencia sensorial que como relato.

Y luego está el exceso. Cronin no escatima en gore ni en imágenes grotescas, llevando el cuerpo humano al límite de la deformación. Hay momentos que rozan lo brillante en su brutalidad —escenas diseñadas para incomodar, para resistirse al espectador—, pero también una insistencia que termina jugando en su contra. La acumulación de set pieces violentas, muchas veces desconectadas entre sí, genera la sensación de estar ante una sucesión de impactos más que ante una progresión dramática.

En el plano actoral, la película encuentra uno de sus mayores aciertos. Natalie Grace se impone con una presencia inquietante, construyendo una figura perturbadora que oscila entre la víctima y la amenaza. Su trabajo físico, casi corporal, sostiene gran parte de la tensión. Laia Costa y Jack Reynor cumplen con solvencia, aunque sus personajes se ven limitados por decisiones de guion que dificultan la empatía. En contraste, May Calamawy aporta una energía distinta, funcionando como un ancla narrativa en medio del caos.

Sin embargo, uno de los problemas más evidentes del film radica en esa misma construcción de personajes. La lógica interna se resquebraja constantemente, no como un recurso expresivo, sino como una debilidad estructural. Las decisiones de los personajes carecen de peso, lo que impide que el espectador se involucre emocionalmente con lo que está ocurriendo. El horror, entonces, se vuelve puramente externo: impacta, pero no permanece.

También hay una irregularidad tonal difícil de ignorar. El humor, cuando aparece, no dialoga con la tensión, sino que la interrumpe. Lejos de generar un contraste efectivo, estos momentos rompen el ritmo y evidencian una falta de cohesión en la propuesta. Es como si la película dudara entre ser un espectáculo visceral o una experiencia más contenida, sin terminar de encontrar un equilibrio.

Aun así, sería injusto descartar la película como un simple ejercicio fallido. Hay en ella una intención clara de llevar el género hacia terrenos más incómodos, más físicos, menos complacientes. Cronin entiende el horror como una experiencia corporal, no solo narrativa, y en ese terreno logra momentos de una potencia innegable.

Pero también queda la sensación de una oportunidad parcialmente desaprovechada. En su afán por romper con el mito, La posesión de la momia termina perdiendo aquello que podría haberla hecho verdaderamente única: una identidad propia más allá del exceso. Lo que queda es un film irregular, desbordado, a ratos fascinante y a ratos frustrante, que confirma el talento de su director, pero también sus límites.

En definitiva, no es la reinvención definitiva del monstruo, pero sí un recordatorio de que, incluso en sus formas más deformadas, el cine de horror sigue siendo un espacio fértil para experimentar, incomodar y —aunque sea por momentos— sacudir al espectador.

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