Obsesión, Backrooms y el cansancio de las franquicias: ¿estamos entrando en una nueva era del cine?

Obsesión y Backrooms representan mucho más que dos éxitos inesperados: son señales de un cambio profundo en la cultura popular y en la forma en que las nuevas generaciones consumen historias. Mientras muchas franquicias tradicionales siguen apoyándose en la nostalgia, estos fenómenos conectan directamente con las ansiedades, relaciones y experiencias digitales de la Generación Z.

Durante más de una década parecía que Hollywood había encontrado la fórmula perfecta. Las grandes propiedades intelectuales dominaban la conversación, los estudios invertían cientos de millones de dólares en universos compartidos y las audiencias parecían responder de manera casi automática a cualquier marca reconocible. Star Wars, Marvel, DC, Harry Potter, videojuegos, remakes, secuelas y spin-offs construyeron una industria donde el riesgo creativo parecía cada vez menos necesario.

Por eso resulta tan interesante lo que está ocurriendo con Obsesión.

No porque sea una buena película de terror. Tampoco porque haya sido un éxito inesperado. Hollywood siempre ha tenido fenómenos sorpresa. Lo verdaderamente llamativo es que su éxito parece formar parte de algo más grande: un cambio gradual en la forma en que nacen, circulan y conectan las historias dentro de la cultura popular.

La película de Curry Barker costó menos de un millón de dólares y ha recaudado más de doscientos millones y sumando en todo el mundo. En cualquier contexto eso sería extraordinario. Pero lo es aún más si se considera que llega en un momento donde algunas de las franquicias más importantes del entretenimiento atraviesan dificultades para generar entusiasmo genuino entre las audiencias.

Lo fascinante es que Obsesión no ganó porque ofreciera algo técnicamente más espectacular que las superproducciones. De hecho, ocurre exactamente lo contrario. Su fuerza radica en una idea. Una idea incómoda, reconocible y profundamente contemporánea.

La película convierte el deseo romántico en una forma de horror. Lo que comienza como una fantasía aparentemente inocente —que la persona que amas te corresponda— termina revelándose como una pesadilla sobre la posesión emocional, la dependencia afectiva y la incapacidad de aceptar la autonomía del otro. Debajo de la sangre, el humor negro y los elementos sobrenaturales, Barker está hablando de algo que muchas personas reconocen inmediatamente porque forma parte de la experiencia emocional contemporánea.

Quizás ahí aparece la primera gran diferencia entre fenómenos como Obsesión y muchas franquicias actuales.

Mientras buena parte del cine comercial sigue apelando a la nostalgia, Obsesión habla del presente.

Habla de relaciones construidas en la era digital. Habla de la validación emocional. Habla de la obsesión que generan las redes sociales. Habla de personas que convierten a otros seres humanos en proyecciones de sus propias necesidades. No es casualidad que una generación que vive permanentemente conectada haya encontrado algo inquietantemente familiar en esa historia.

Pero el fenómeno no se limita a la película. También importa quién la hizo.

Curry Barker pertenece a una generación de cineastas que no llegó a la industria siguiendo los caminos tradicionales. Su formación ocurrió en internet. Su relación con las audiencias nació en YouTube. Su manera de entender el lenguaje audiovisual fue moldeada por plataformas digitales mucho antes que por los estudios. Y aquí es donde aparece otro fenómeno que ayuda a entender el momento actual: Backrooms.

Aunque ambas propuestas son muy diferentes, comparten algo fundamental. Las dos nacieron fuera de Hollywood. Las dos fueron construidas desde comunidades digitales. Las dos encontraron audiencias antes de que la industria entendiera completamente su potencial.

Durante décadas los estudios funcionaron como guardianes culturales. Eran ellos quienes decidían qué historias merecían existir y cuáles no. Internet alteró completamente esa dinámica.

Lo que nos dice los eventos del momento, es que ahora las propiedades intelectuales pueden surgir desde un canal de YouTube, una creepypasta, una comunidad de Reddit o un fenómeno viral en TikTok. La industria ya no es necesariamente el punto de origen de las historias; muchas veces se ha convertido simplemente en el lugar donde esas historias terminan monetizándose.

Quizás por eso resulta cada vez más difícil medir el interés de las audiencias utilizando los parámetros tradicionales.

Además una dimensión generacional que resulta imposible ignorar. Tanto Obsesión como Backrooms parecen hablar directamente con las ansiedades de la Generación Z de una manera que muchas franquicias tradicionales ya no logran hacer. Mientras Backrooms transforma la sensación de desorientación digital, la soledad y los espacios liminales de internet en una experiencia de terror colectivo, Obsesión aborda temas como la dependencia emocional, las relaciones parasociales, la necesidad de validación constante y la dificultad de establecer vínculos auténticos en un mundo hiperconectado. Son historias profundamente contemporáneas porque nacen de preocupaciones contemporáneas.

En contraste, muchas de las nuevas entregas de franquicias como Star Wars o proyectos que buscan revivir propiedades clásicas como He-Man suelen apoyarse en universos construidos para generaciones anteriores. Aunque intentan actualizarse, con frecuencia terminan dialogando más con la nostalgia de quienes crecieron con esas historias que con las inquietudes reales de los espectadores jóvenes. La diferencia no es necesariamente de calidad. Es una cuestión de relevancia cultural. Para una generación criada entre algoritmos, redes sociales y comunidades digitales, una historia sobre una obsesión romántica convertida en pesadilla o un infinito laberinto nacido en internet puede resultar mucho más cercana que conflictos heredados de franquicias creadas hace cuarenta años.

¿Estamos viendo el agotamiento de la cultura geek tal como la conocimos?

Durante años Hollywood asumió que la familiaridad era sinónimo de éxito. Si una marca era conocida, la película tendría público. Si el personaje tenía décadas de historia, la inversión estaba protegida. Sin embargo, los últimos años han demostrado que el reconocimiento ya no garantiza relevancia cultural.

La pregunta puede sonar provocadora, especialmente porque gran parte del entretenimiento contemporáneo sigue construido alrededor de elementos tradicionalmente asociados con la cultura geek. Pero tal vez el problema no sea la cultura geek en sí, sino su transformación en la corriente dominante.

Durante mucho tiempo ser geek implicaba descubrir algo que todavía no pertenecía al centro de la cultura popular. Había una sensación de pertenencia, de comunidad y de descubrimiento. Sin embargo, cuando prácticamente todo el entretenimiento comenzó a girar alrededor de esas mismas propiedades intelectuales, parte de esa energía se diluyó.

La cultura geek ganó la batalla cultural. Y precisamente por eso dejó de sentirse como una alternativa.

Lo que vemos hoy podría ser una consecuencia natural de ese proceso. Las nuevas generaciones ya no experimentan ciertas franquicias como descubrimientos personales. Las reciben como instituciones establecidas o de otros tiempos. Como parte del paisaje cultural. Como algo que siempre ha estado ahí.

Mientras tanto, proyectos como Obsesión o Backrooms recuperan algo que parecía perdido: la sensación de novedad.

Las audiencias ya no consumen cine de la misma manera que hace veinte años.

Antes la conversación cultural estaba relativamente centralizada. Los medios tradicionales, la televisión y los estudios definían qué películas eran importantes. Hoy la conversación está fragmentada entre algoritmos, redes sociales, creadores de contenido y comunidades digitales.

Una película puede convertirse en fenómeno porque millones de personas comparten clips, teorías, análisis o recomendaciones. No necesita necesariamente una campaña multimillonaria. Necesita generar conversación.

Pero hay otro elemento que muchas veces queda fuera de este análisis. Cuando se habla del éxito de fenómenos como Obsesión suele mencionarse TikTok, YouTube o los algoritmos, pero pocas veces se habla de quiénes están impulsando realmente esas conversaciones. Y la respuesta parece cada vez más evidente: las mujeres jóvenes.

Gran parte de la conversación digital alrededor de Obsesión ha estado sostenida por audiencias femeninas que encontraron en la película una lectura sobre relaciones tóxicas, consentimiento, dependencia emocional y dinámicas de poder afectivo. Son temas que históricamente han sido abordados desde perspectivas románticas o melodramáticas, pero que aquí aparecen convertidos en horror. Esa reinterpretación permitió que muchas espectadoras vieran reflejadas experiencias, preocupaciones y discusiones que forman parte de la conversación cultural actual.

Quizás uno de los mayores errores de Hollywood en los últimos años ha sido seguir imaginando que el centro de la cultura popular continúa siendo el mismo espectador geek masculino que dominó buena parte de los años 2010. Sin embargo, algunos de los fenómenos culturales más importantes de la última década parecen apuntar en otra dirección. Desde Barbie hasta buena parte de los éxitos recientes como It Ends with Us o The Housemaid, las mujeres se han convertido en uno de los motores más importantes de la conversación cultural contemporánea. No solo consumen contenido; ayudan a determinar qué películas se transforman en acontecimientos.

Y quizás ahí se encuentra una de las claves para entender por qué algunas franquicias históricas han comenzado a perder fuerza. Mientras ciertos estudios continúan apostando por propiedades intelectuales construidas alrededor de audiencias cada vez más envejecidas, fenómenos como Obsesión parecen entender mejor quién está participando hoy de la conversación cultural y cuáles son los temas que realmente movilizan a las nuevas generaciones.

Y ahí es donde las historias originales poseen una ventaja inesperada.

La sorpresa sigue siendo uno de los recursos más valiosos del entretenimiento.

Las franquicias ofrecen familiaridad.

Las nuevas ideas ofrecen descubrimiento.

Ninguna de las dos desaparecerá. Pero después de años donde la industria pareció obsesionada exclusivamente con la primera, el éxito de Obsesión sugiere que el público sigue teniendo hambre de la segunda.

Por eso creo que sería un error interpretar el fenómeno únicamente como una victoria del cine independiente. Lo que estamos viendo es algo más interesante. Estamos viendo una audiencia que parece menos interesada en consumir marcas y más interesada en encontrar experiencias que la sorprendan.

No significa que Star Wars vaya a desaparecer. No significa que las franquicias estén condenadas. Tampoco significa que cada proyecto nacido en internet vaya a convertirse en un éxito. Lo que sí parece evidente es que el monopolio cultural de las grandes propiedades intelectuales ya no es tan sólido como parecía hace algunos años.

Y quizás esa sea la mejor noticia posible para el cine.

Porque cuando una película de terror realizada por un creador de YouTube puede competir en la conversación global con algunas de las marcas más poderosas del entretenimiento, lo que está ocurriendo no es solamente un fenómeno de taquilla.

Es un recordatorio de que las ideas todavía importan.

Y de que, incluso en una industria obsesionada con repetir fórmulas, el público sigue respondiendo cuando aparece algo que se siente verdaderamente nuevo.

Quizás Hollywood no está atravesando una crisis de franquicias.

Quizás está atravesando una crisis de comprensión de su audiencia.

Y películas como Obsesión y fenómenos como Backrooms son las primeras señales de que una nueva generación ya comenzó a decidir qué historias quiere ver, quién quiere contarlas y cuáles son los miedos, deseos y obsesiones que realmente definen nuestro tiempo.

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