Sobriedad, me estás matando utiliza el humor negro para hablar sobre adicciones, crisis personales y la dificultad de crecer cuando la adultez se siente más como una carga que como una meta.
Sobriedad, me estás matando (2025)
Puntuación:★★½
Dirección: Raúl Campos
Reparto: Octavio Hinojosa, Alfonso Borbolla, Maya Zapata y Hugo Catalán
Disponible en Prime Video
Crecer ya está suficientemente difícil como para además hacerlo sobrio. Sobriedad, me estás matando entiende perfectamente esa sensación de gente que ronda los cuarenta, pero sigue viviendo como si todavía tuviera tiempo infinito para arreglar la vida “la próxima semana”. Entre recaídas, amistades desgastadas y crisis existenciales disfrazadas de humor negro, la película convierte a Raffi —un hombre emocionalmente hecho leña— en el retrato incómodo de toda una generación que aprendió a postergar la adultez hasta volverla prácticamente un estilo de vida.
Gente que ronda los cuarenta, pero sigue viviendo emocionalmente como si todavía estuviera en la última fiesta de la universidad. Raffi, interpretado por Octavio Hinojosa, es prácticamente el santo patrono de los “ya casi arreglo mi vida”: un alcohólico funcionalmente disfuncional que lleva años entrando y saliendo de rehabilitación porque, en el fondo, la sobriedad le da más miedo que el desastre.
La película entiende algo muy real y bastante incómodo: muchas veces el problema no es dejar el alcohol, las drogas o los excesos; el verdadero terror aparece cuando ya no queda ninguna excusa para seguir huyendo de uno mismo. Raffi no quiere mejorar porque mejorar implica crecer, trabajar, asumir responsabilidades, aceptar que ya no tiene veinte años y que la vida no va a esperarlo eternamente mientras decide qué hacer consigo mismo.
Y ahí está el mayor acierto del filme. Más que una historia sobre rehabilitación, termina siendo un retrato bastante ácido sobre adultos que nunca terminaron de madurar. Ese fenómeno del “Adultescente” que el cine y la cultura pop llevan años explorando aparece aquí desde un lugar menos caricaturesco y más triste. Raffi no es “cool” en su deriva tipo The Big Lebowski; más bien da playada verlo destruir vínculos, aprovecharse de la paciencia ajena y convertir cualquier intento de ayuda en otra oportunidad para autosabotearse.

El problema es que la película a veces cae en la misma trampa que su protagonista: da vueltas sobre las mismas ideas sin avanzar demasiado. Hay una sensación constante de repetición emocional. Raffi se equivoca, promete cambiar, vuelve a meter la pata, hace otra estupidez, se victimiza, y el ciclo se reinicia. Entiendo que esa monotonía probablemente sea parte del punto —las adicciones funcionan así—, pero cinematográficamente hay momentos donde el relato se siente pegado en neutro.
Por dicha aparece Octavio Hinojosa para sostener casi todo el peso de la película. Porque Raffi, en papel, podría ser simplemente insoportable. Y honestamente, a ratos lo es. Pero Hinojosa logra encontrarle humanidad a ese hombre perdido que vive atrapado entre la nostalgia, el miedo y una adolescencia eterna. Nunca intenta volverlo encantador artificialmente; más bien deja que el personaje sea patético cuando tiene que serlo. Y eso le da bastante verdad al filme.
Por otro lado, Campos observa a sus personajes con cierta compasión, pero nunca los romantiza demasiado. Hay algo interesante en cómo la película retrata esta clase media urbana atrapada entre privilegios y vacío existencial. Raffi tiene amigos, familia, oportunidades laborales y hasta cierto talento para la fotografía, pero vive paralizado por una mezcla de miedo, apatía y dependencia emocional. Como si crecer fuera una obligación desagradable que siempre puede dejarse para mañana.
El filme también toca temas como la masculinidad frágil, la dependencia afectiva y la dificultad de construir identidad en una generación donde todo parece provisional: los trabajos, las relaciones, los proyectos personales e incluso la idea misma de adultez. Pero otra vez, el problema aparece cuando la película siente la necesidad de explicar demasiado sus ideas, especialmente hacia el final, donde algunos monólogos terminan verbalizando cosas que ya estaban claras desde mucho antes.
A nivel tonal, Sobriedad, me estás matando funciona mejor cuando abraza la incomodidad y el absurdo cotidiano. No siempre logra equilibrar sus temas ni mantener el ritmo, y definitivamente hay ideas que se sienten más interesantes que desarrolladas. Pero incluso en sus tropiezos, la película tiene algo bastante honesto: entiende que crecer no es un momento de iluminación mágica, sino una negociación incómoda, lenta y a veces medio miserable con uno mismo.
Y probablemente por eso funciona. Porque detrás de todas las bromas incómodas, recaídas y decisiones idiotas de Raffi, lo que queda es el retrato de una generación que aprendió a sobrevivir prolongando eternamente la adolescencia… aunque ya el cuerpo, la familia y la vida misma les estén cobrando la cuenta.