Moana es un remake que existe por cálculo comercial, no por necesidad creativa: repite casi todo lo que ya hacía bien la animación de 2016, pero pierde el alama que la hacía sobresalir, además que el diseño de Maui no funciona ya que tropieza con detalles como el uso de una peluca poco convincente.
Moana (2026)
Puntuación:★½
Dirección: Thomas Kail
Reparto: Dwayne Johnson, Catherine Lagaʻaia, Rena Owen, John Tui, Frankie Adams y Jemaine Clement
Disponible en cines
Nadie pidió esta película. No hubo una demanda real, ni una nueva generación reclamando ver a Moana en carne y hueso, ni un vacío narrativo que llenar. Lo que hubo fue un cálculo: un título con marca reconocible, una plantilla de guion ya aprobada, y la certeza de que suficiente gente pagaría por ver algo que ya vio, esta vez con actores reales. Ese cálculo es, en esencia, toda la película. Thomas Kail dirige un remake que cumple con la lista de tareas —canciones, escenas, diálogos, hasta los mismos chistes— sin encontrar nunca una razón propia para existir. Y ese vacío se nota en cada decisión, empezando por su casting más comentado y terminando en una dirección que parece más preocupada por no equivocarse que por arriesgar algo.
El error de casting más evidente de la película es también el más difícil de deshacer, porque está en el centro del cartel: Dwayne Johnson repitiendo su papel de Maui, ahora sin la capa protectora de la animación. En la película de 2016, Maui funcionaba porque era un chiste visual constante: un cuerpo imposible, tatuajes que cobraban vida propia, una desproporción cómica que dejaba claro que su ego era, literalmente, una caricatura. Ese diseño le daba permiso al personaje para ser arrogante sin volverse insoportable, porque el propio dibujo se burlaba de él.
Johnson, en cambio, llega con su físico real —imponente, sí, pero humano— y con eso desaparece exactamente el chiste que sostenía al personaje. Lo que queda es un actor conocido interpretando una versión más comedida y menos elástica de sí mismo, apoyándose en gestos que ya ha repetido en una decena de películas: la ceja levantada, el pectoral en movimiento, la sonrisa de autosuficiencia. Es un piloto automático actoral. El problema no es que Johnson carezca de talento cómico —lo ha demostrado en otros papeles—, sino que aquí no hay diseño de personaje que lo respalde; solo hay una estrella intentando llenar con carisma un vacío conceptual. El resultado es un Maui que nunca logra mostrar vulnerabilidad genuina, porque el proyecto nunca construyó las condiciones para que esa vulnerabilidad resultara creíble.
Si el casting de Maui es un problema estructural, la peluca de Johnson es el síntoma más visible y, de alguna manera, el más honesto: revela con qué nivel de urgencia se aprobó este proyecto. Se supone que ese cabello largo y suelto era, en la versión animada, parte del diseño exagerado y libre del personaje, algo que en dibujo se resolvía sin fricción. En acción real, convertido en una pieza física que tiene que moverse, brillar y sostenerse sobre la cabeza de un actor real bajo luces de estudio, el resultado es artificial de una manera que distrae en cada plano cercano. No es un detalle menor: en una película que ya lucha por transmitir magia o asombro, un elemento visual que constantemente recuerda al espectador que está viendo una peluca es exactamente el tipo de fallo que rompe cualquier posibilidad de inmersión. Es, en el peor sentido, un resumen del proyecto entero: mucho presupuesto, poca atención al detalle que realmente importa.

Thomas Kail llega de un terreno muy distinto —la puesta en escena teatral y la captura filmada de espectáculos en vivo— y esa procedencia se nota en cada decisión de la película. Las coreografías de los números musicales carecen de la energía cinematográfica que el material necesita, y la puesta en escena en general se siente más cercana a un montaje de estudio que a una aventura marítima. A pesar de venderse como una producción de acción real, buena parte de lo que aparece en pantalla —fondos, animales, criaturas— está resuelto con efectos digitales, lo que produce una paradoja incómoda: una “versión real” que termina pareciéndose más a una animación mediocre que a una película con actores de carne y hueso.
Esa falta de convicción se extiende al guion. Jared Bush y Dana Ledoux Miller repiten casi calco por calco la estructura de la cinta original, sin encontrar una razón dramática para justificar el cambio de formato. La relación entre Moana y Maui —el corazón emocional de la historia original— se siente aquí mecánica: las discusiones no generan gracia, y la reconciliación posterior no está ganada narrativamente, solo cumplida como trámite de guion.
Todo esto apunta a un problema que trasciende esta película puntual. La estrategia de Disney de convertir sistemáticamente sus clásicos animados en versiones de acción real parte de una lógica puramente financiera: un título ya probado, un público ya fidelizado, un riesgo creativo mínimo. El problema es que esa lógica no produce películas, produce productos derivados. Cuando el objetivo central es monetizar una marca en vez de contar una historia de una manera distinta, el resultado casi inevitable es lo que vemos aquí: una copia funcional pero vacía, que no arriesga nada porque no tiene nada que decir que la original no dijera ya mejor.
La ironía es que la animación le daba a Moana una libertad visual y de diseño de personajes —el Maui imposible, la isla idílica, el océano casi como personaje propio— que el “realismo” de la acción real no puede igualar sin recurrir, otra vez, a efectos digitales. Es decir: el remake ni siquiera cumple su propia promesa de “realismo”, porque para lograr algo remotamente parecido al espectáculo original tiene que apoyarse en el mismo tipo de tecnología digital que supuestamente venía a superar. Disney no está ofreciendo una nueva forma de contar esta historia; está empaquetando la misma historia con más presupuesto y menos alma, apostando a que la nostalgia hará el resto del trabajo.
En conclusión, está nueva Moana no es una traición violenta a su material original —de hecho, conserva casi todo lo que funcionaba en el guion y en las canciones—, pero es, quizás por eso mismo, un caso más claro de lo que está mal en esta ola de remakes: no falla por atreverse a cambiar demasiado, falla por no atreverse a cambiar nada que valiera la pena. Un Maui sin el diseño que lo hacía divertido, una peluca que rompe la ilusión en vez de sostenerla, y una dirección sin pulso propio son, juntos, la prueba de un proyecto concebido para existir, no para importar. Mientras Disney siga encontrando rentable esta fórmula, seguirá repitiéndola, y el público seguirá recibiendo sombras cada vez más pálidas de películas que, en su forma original, no necesitaban ser “mejoradas”.