Pools – Saltar de piscina en piscina para evitar el vacío

Pools convierte una noche de aventuras entre piscinas en un recorrido emocional sobre el duelo, la identidad y la incertidumbre de la adultez temprana. Sam Hayes combina humor, caos y momentos de introspección con una puesta en escena vibrante, mientras Odessa A’zion entrega una interpretación honesta que sostiene el peso de la historia.
Pools (2025)
Puntuación:★★★½
Dirección: Sam Hayes
Reparto: Odessa A’zion, Mason Gooding, Michael Vlamis y Tyler Alvarez
***screening de prensa***

El agua funciona como refugio, escape y recuerdo a lo largo de Pools. Sam Hayes toma una premisa aparentemente ligera —un grupo de estudiantes recorriendo las piscinas de las mansiones más exclusivas de Lake Forest— para construir un coming-of-age donde el duelo pesa más que la fiesta y la búsqueda de identidad termina siendo el verdadero destino del viaje.

La premisa parece sencilla: Kennedy, una estudiante obligada a asistir a la escuela de verano tras fracasar en la universidad, reúne a un grupo de nuevos amigos para recorrer las exclusivas mansiones de Lake Forest, saltando de piscina en piscina durante una calurosa noche de verano. Sin embargo, bajo esa estructura de comedia juvenil se esconde un relato mucho más íntimo. Lo que comienza como una escapatoria termina revelando que Kennedy no busca simplemente diversión, sino una forma de llenar el vacío que dejó la muerte de su padre.

Sam Hayes demuestra una comprensión interesante del cine coming-of-age. En lugar de construir un drama solemne, apuesta por un constante cambio de registros. La película pasa de la comedia absurda al caos de una fiesta universitaria y, casi sin aviso, aterriza en momentos de vulnerabilidad emocional. Ese equilibrio podría sentirse forzado en manos menos seguras, pero aquí funciona durante buena parte del recorrido gracias a un elenco que dota de autenticidad a personajes que fácilmente habrían caído en el estereotipo.

Odessa A’zion es, sin discusión, el corazón de la película. Su interpretación evita dramatismos exagerados y apuesta por una tristeza contenida, la de alguien que intenta convencerse de que todo está bien mientras claramente se está desmoronando por dentro. Kennedy nunca verbaliza del todo su dolor; lo expresa a través de impulsos, decisiones equivocadas y una necesidad constante de escapar. A’zion sostiene esa contradicción con naturalidad y confirma que posee una presencia en pantalla capaz de cargar una historia incluso cuando el guion pierde fuerza.

El resto del reparto complementa muy bien esa energía. Mason Gooding aporta carisma con un personaje que es mucho más sensible de lo que aparenta, mientras Michael Vlamis, interpretando a un técnico de aire acondicionado cuya historia corre en paralelo a la de Kennedy, termina convirtiéndose en una de las mayores sorpresas del filme. Su aparición podría parecer anecdótica en un inicio, pero Hayes encuentra una manera inteligente de hacer converger ambos caminos para construir uno de los momentos emocionalmente más efectivos del tercer acto.

Visualmente, Pools también encuentra personalidad. Hayes aprovecha el verano de Chicago para construir una atmósfera vibrante, llena de colores cálidos, música y una sensación permanente de libertad juvenil. Durante la primera mitad, la puesta en escena transmite esa adrenalina de hacer algo prohibido únicamente por el placer de sentirse vivo. Los rápidos movimientos de cámara, algunos acercamientos inesperados y el ritmo del montaje acompañan perfectamente esa energía casi eufórica.

Esa vitalidad es precisamente lo que hace que la segunda mitad se resienta. Una vez que la película decide profundizar en los conflictos internos de sus personajes, la propuesta visual pierde parte de su carácter y adopta una puesta en escena considerablemente más convencional. Algunos recursos narrativos —como el uso recurrente de una figura de cartón que funciona como alivio cómico— nunca encuentran una verdadera justificación dramática y terminan sintiéndose como ideas interesantes que no alcanzaron su desarrollo completo.

El mayor desafío de Pools es que intenta abarcar demasiados tonos al mismo tiempo. En ocasiones quiere ser una comedia absurda sobre jóvenes irresponsables; en otras, un drama sobre el duelo; y por momentos incluso coquetea con el cine independiente de personajes excéntricos. Aunque Hayes consigue que estas piezas convivan durante gran parte del metraje, hay instantes donde la transición entre un registro y otro resulta irregular, provocando que el ritmo pierda consistencia.

Aun así, cuando la película vuelve a concentrarse en Kennedy y en aquello que realmente la impulsa, recupera toda su fuerza. El desenlace no ofrece respuestas absolutas ni grandes revelaciones. Más bien entiende que crecer consiste, muchas veces, en aceptar que algunas pérdidas nunca desaparecen y que seguir adelante no significa olvidarlas. Esa honestidad emocional es la que termina diferenciando a Pools de muchas producciones juveniles recientes.

Resulta inevitable encontrar ecos de The Swimmer de Frank Perry en la idea de recorrer piscinas como un viaje simbólico. Sin embargo, Hayes no busca construir una crítica al sueño americano ni replicar aquel discurso. Utiliza ese recorrido como una metáfora del proceso interno de Kennedy, quien salta de un lugar a otro esperando encontrar algo que en realidad lleva tiempo buscando dentro de sí misma.

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