I Love Boosters confirma a Boots Riley como uno de los cineastas más originales e impredecibles del panorama actual. Mezclando sátira política, acción, surrealismo y humor absurdo, construye una crítica feroz al capitalismo sin renunciar al entretenimiento.
I Love Boosters (2026)
Puntuación:★★★½
Dirección: Boots Riley
Reparto: Keke Palmer, Naomi Ackie, Taylour Paige, Poppy Liu, Lakeith Stanfield, Eiza González, Will Poulter y Demi Moore
***screening de prensa***
Pocas veces un director logra que el caos en pantalla se sienta tan calculado y contagioso como Boots Riley. Después de sorprender con Sorry to Bother You, el cineasta vuelve a demostrar que su imaginación funciona bajo reglas completamente distintas a las del Hollywood convencional. I Love Boosters es una sátira delirante que mezcla cine de atracos, comedia absurda, ciencia ficción, comentario social y estética pop sin pedir permiso ni disculpas. El resultado es una película excesiva, desordenada y, precisamente por ello, tremendamente viva.
Riley vuelve a escribir un guion que dispara en todas las direcciones. Su blanco principal sigue siendo el capitalismo salvaje y las enormes desigualdades que genera, pero esta vez el discurso resulta menos pesimista. En lugar de limitarse a denunciar un sistema podrido, propone la solidaridad, el activismo y la rebeldía como formas de resistencia. La Velvet Gang, un grupo de jóvenes dedicadas al robo en grandes almacenes, no representa simplemente a un grupo de delincuentes; son una respuesta simbólica contra un modelo económico construido sobre la explotación laboral y el consumo desmedido.
La historia sigue a Corvette, interpretada con enorme carisma por Keke Palmer, una aspirante a diseñadora de moda convencida de que sus ideas son demasiado extrañas para triunfar. Junto a Sade y Mariah, encuentra en el robo una forma de supervivencia, pero también un acto de desafío hacia una industria que convierte la creatividad en mercancía y a los trabajadores en piezas reemplazables. Cuando descubren que la despiadada empresaria Christie Smith ha robado uno de los diseños de Corvette, el relato se transforma en un elaborado golpe contra una de las mayores representantes del lujo corporativo.

Aunque el mensaje político es evidente desde el principio, Riley evita convertir la película en un simple panfleto. Su arma más poderosa sigue siendo el humor absurdo. Teletransportadores, situaciones completamente surrealistas, personajes extravagantes y subtramas que parecen surgir de la nada conviven con absoluta naturalidad dentro de un universo donde las reglas de la lógica nunca son prioritarias. El director entiende que el absurdo puede ser una herramienta mucho más efectiva para desnudar las contradicciones del capitalismo que cualquier discurso solemne.
Visualmente, I Love Boosters es una explosión de creatividad. Cada plano está cuidadosamente diseñado para transmitir energía, personalidad y un espíritu de permanente irreverencia. La fotografía apuesta por una paleta de colores intensos que convierte los centros comerciales, las tiendas de moda y los espacios urbanos en escenarios vibrantes, casi de historieta, donde el exceso nunca se percibe como un error sino como parte esencial del lenguaje de la película.
El diseño de producción merece una mención especial. Riley construye un mundo donde el lujo y el consumo aparecen exagerados hasta rozar la caricatura. Los escaparates, las oficinas corporativas y los almacenes funcionan como enormes escenarios teatrales donde cada objeto parece tener un propósito narrativo. No existe un solo espacio neutro; todos reflejan el contraste entre quienes acumulan riqueza y quienes sobreviven apropiándose de aquello que el sistema considera intocable.
Pero si existe un apartado que termina definiendo la identidad de la película es el vestuario. La moda no aparece únicamente como un elemento estético, sino como parte fundamental del discurso. Cada personaje expresa su personalidad, sus aspiraciones y su posición frente al sistema a través de la ropa que lleva puesta. Corvette encuentra en el diseño una forma de identidad, mientras que la Velvet Gang convierte las prendas robadas en una declaración de principios. Riley utiliza la moda como símbolo de apropiación cultural, de resistencia y, al mismo tiempo, como una crítica mordaz a una industria que vende exclusividad mientras se sostiene gracias a la explotación de miles de trabajadores invisibles.

Los atuendos exagerados, las texturas imposibles y las combinaciones de colores convierten prácticamente cada escena en una pasarela caótica donde el exceso funciona como una extensión de la personalidad de sus protagonistas. Incluso los personajes vinculados al poder económico aparecen vestidos de forma deliberadamente extravagante, reforzando el carácter satírico de una historia que nunca busca el realismo.
La música desempeña un papel igual de importante. Riley entiende que una banda sonora no solo acompaña las imágenes, sino que también puede impulsar el ritmo narrativo. La partitura de Tune-Yards combina metales explosivos, percusiones inquietas y sonidos experimentales que dialogan constantemente con el caos visual de la película. La música nunca intenta suavizar la historia; por el contrario, acentúa su naturaleza impredecible y potencia la sensación de que cualquier cosa puede ocurrir en cualquier momento.
A esto se suma una excelente selección de canciones que se integran orgánicamente a la narración. No funcionan como simples acompañamientos musicales, sino como parte activa de las escenas. Riley utiliza cada tema para reforzar emociones, marcar cambios de ritmo o incluso comentar irónicamente las acciones de los personajes. En varios momentos, las canciones parecen convertirse en otro personaje más, elevando secuencias de acción, persecuciones o robos hasta transformarlas en auténticos espectáculos audiovisuales. Esa integración entre imagen, montaje y música demuestra un notable control del lenguaje cinematográfico y aporta una identidad muy particular a la película.

Keke Palmer confirma una vez más que posee uno de los mayores niveles de carisma de su generación. Su Corvette es divertida, vulnerable y feroz al mismo tiempo. Naomi Ackie y Taylour Paige construyen una química muy natural con Palmer, haciendo que la Velvet Gang funcione como una auténtica familia improvisada. Demi Moore disfruta interpretando a una villana completamente desquiciada, mientras que Will Poulter aporta una sátira especialmente efectiva del lenguaje corporativo disfrazado de empatía empresarial.
Sin embargo, el mayor enemigo de I Love Boosters vuelve a ser la ambición de su propio creador. Riley acumula tantas ideas, personajes, subtramas y conceptos que la película termina perdiendo parte de su foco narrativo. Algunas historias aparecen y desaparecen sin suficiente desarrollo, mientras que determinados elementos surrealistas parecen existir únicamente porque el director disfruta llevándolos al límite. Esa falta de contención provoca que ciertos momentos pierdan impacto emocional y que el conjunto resulte menos sólido que Sorry to Bother You.
Pero incluso cuando se desborda, Riley nunca deja de resultar estimulante. En una industria donde gran parte del cine comercial parece construido siguiendo manuales de fórmula, I Love Boosters celebra el riesgo creativo. Es una película que no teme ser extraña, incómoda, excesiva o profundamente política. Puede que no todas sus ideas funcionen con la misma eficacia, pero pocas producciones actuales poseen semejante personalidad.