El manuscrito de Dante – Julian Schnabel se pierde en su propia ambición

El manuscrito de Dante de Julian Schnabel es una obra tan ambiciosa como desordenada que intenta fusionar filosofía, historia, crimen y espiritualidad en una experiencia cinematográfica monumental pero con una narración caótica.
El manuscrito de dante (2025)
Puntuación:★★
Dirección: Julian Schnabel
Reparto: Oscar Isaac, Gal Gadot, Gerard Butler, John Malkovich, Martin Scorsese, Jason Momoa y Al Pacino 
Disponible en Netflix

Desde sus primeros minutos, El manuscrito de Dante deja claro que Julian Schnabel no está interesado en contar una historia convencional. La película aspira a mezclar filosofía, historia, crimen y espiritualidad en una misma experiencia cinematográfica, tomando como punto de partida la novela de Nick Tosches y el universo de La Divina Comedia. El problema es que esa enorme ambición rara vez encuentra un equilibrio, y lo que promete ser una reflexión profunda sobre el amor, la fe y la creación artística termina convertido en un relato tan caótico como pretencioso.

La película oscila constantemente entre la Italia medieval y el Nueva York contemporáneo, alternando imágenes en color con una fotografía en blanco y negro que busca diferenciar ambas épocas. Sin embargo, el montaje no construye un diálogo entre los dos relatos, sino una sucesión de fragmentos cuya conexión depende más de la paciencia del espectador que de la lógica cinematográfica. Las transiciones parecen arbitrarias y la narración avanza con una sensación permanente de improvisación, como si Schnabel confiara en que la acumulación de símbolos sustituyera la construcción dramática.

El problema nunca es la complejidad. El verdadero inconveniente es que la película confunde profundidad con opacidad. Cada conversación parece diseñada para sonar trascendental; cada personaje habla como si estuviera pronunciando una cita destinada a la posteridad. El resultado es una obra que se toma a sí misma con una solemnidad agotadora, incapaz de encontrar momentos de verdadera humanidad entre tanta filosofía de escaparate.

Visualmente, eso sí, Schnabel continúa demostrando que posee un ojo privilegiado para la composición. La fotografía de Roman Vasyanov construye imágenes de enorme belleza plástica, especialmente en las secuencias medievales, donde la luz natural y los encuadres recuerdan constantemente la formación pictórica del director. Hay planos que parecen auténticos cuadros renacentistas y otros que convierten paisajes cotidianos en espacios casi espirituales. Pero incluso esa potencia visual termina perdiendo impacto porque la película insiste tanto en subrayar su importancia que termina anestesiando al espectador.

El reparto representa otro ejemplo de las contradicciones de la película. Oscar Isaac carga prácticamente con toda la narrativa interpretando tanto a Nick Tosches como a Dante Alighieri, y logra diferenciar ambos personajes con solvencia. Su presencia evita que la película colapse por completo, aunque incluso él queda atrapado en diálogos excesivamente literarios que pocas veces permiten desarrollar emociones genuinas.

Gerard Butler, sorprendentemente, termina siendo uno de los elementos más entretenidos gracias a un mafioso psicópata que introduce una energía impredecible en una película demasiado preocupada por parecer trascendente. Su doble interpretación como el Papa Bonifacio VIII resulta más curiosa que necesaria, pero al menos aporta cierta ironía involuntaria.

En contraste, Gal Gadot vuelve a demostrar las limitaciones interpretativas que han acompañado buena parte de su carrera. Tanto como Gemma como Giulietta permanece emocionalmente distante, incapaz de otorgar profundidad a dos personajes que deberían representar el motor sentimental de ambas historias. John Malkovich parece divertirse exagerando cada línea de diálogo, mientras Martin Scorsese, oculto bajo una gigantesca barba interpretando al sabio Isaías, termina funcionando más como una curiosidad cinéfila que como un personaje verdaderamente relevante. Las breves apariciones de Al Pacino y Franco Nero apenas alcanzan la categoría de cameos.

Existe un paralelismo inevitable con Megalópolis. Aunque Julian Schnabel y Francis Ford Coppola pertenecen a universos cinematográficos distintos, ambas películas nacen de la obstinación de autores convencidos de que el cine todavía puede aspirar a la monumentalidad intelectual. También comparten el mismo defecto: convertir esa ambición en un ejercicio de autoindulgencia donde el ego creativo termina desplazando al espectador. Son proyectos profundamente personales, sí, pero también ejemplos de cómo la libertad absoluta puede desembocar en obras incapaces de comunicar aquello que pretenden expresar.

Paradójicamente, ese carácter fallido también convierte a El manuscrito de Dante en una rareza fascinante dentro del panorama actual. En una industria dominada por franquicias diseñadas mediante algoritmos y fórmulas comerciales, resulta casi refrescante encontrarse con una película tan extraña, tan excesiva y tan decididamente inclasificable. Su fracaso nace precisamente de intentar demasiado. No hay cálculo comercial detrás de sus decisiones, sino una confianza absoluta en una visión artística que nunca acepta límites.

Sin embargo, la honestidad de una intención jamás garantiza la calidad de una obra. Schnabel confunde constantemente el misterio con la confusión, la poesía con la afectación y la ambición con el exceso. La película quiere hablar sobre el amor eterno, la inmortalidad del arte y la naturaleza divina de la creación, pero termina hablando, sobre todo, de sí misma y de la necesidad de demostrar su propia importancia.

El manuscrito de Dante posee momentos visuales extraordinarios, actuaciones que sobreviven al caos narrativo y una puesta en escena que confirma el talento plástico de Julian Schnabel. Pero también representa uno de esos casos donde la forma termina devorando completamente al fondo. El viaje hacia el paraíso prometido nunca encuentra el camino y permanece atrapado en un purgatorio cinematográfico construido a base de simbolismos reiterativos, discursos interminables y una narrativa incapaz de generar emoción. Más que una adaptación de la obra de Dante, termina siendo un monumento a la desmesura artística: admirable en su riesgo, pero profundamente fallido en su resultado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *