Supergirl – Una heroína presentada, pero nunca construida

Supergirl funciona como una introducción al personaje dentro del nuevo DCU, aunque carece de desarrollo narrativo y de personajes secundarios memorables.
Supergirl (2026)
Puntuación:★★½
Dirección: Craig Gillespie
Reparto: Milly Alcock, Eve Ridley, Jason Momoa, Matthias Schoenaerts, David Krumholtz y David Corenswet.
Disponible en cines

Tras el moderado éxito de Superman y el inicio oficial del nuevo universo cinematográfico de DC bajo la supervisión de James Gunn, Supergirl tenía la oportunidad de expandir ese mundo desde una perspectiva distinta. La premisa era prometedora: explorar a una Kara Zor-El marcada por el trauma, muy alejada de la imagen tradicional de la heroína optimista que durante décadas dominó los cómics y las adaptaciones audiovisuales. Sin embargo, lo que termina ofreciendo Craig Gillespie es una película funcional, entretenida por momentos, pero dramáticamente superficial y sorprendentemente olvidable.

Inspirada en la celebrada miniserie de Tom King, la película intenta construir una versión más dura y emocionalmente dañada del personaje. Kara es presentada como una joven deprimida, alcohólica, errante y emocionalmente rota por las experiencias que vivió durante la destrucción de Krypton. Sobre el papel, la idea resulta atractiva. El problema es que el guion de Ana Nogueira y Oren Uziel apenas explora esas heridas. Más que una protagonista compleja, Kara termina siendo una colección de rasgos definidos de manera superficial: bebe, se mete en problemas, ama a su perro y poco más.

La película parece existir principalmente para presentar al personaje ante el público masivo. Funciona como una introducción dentro del nuevo DCU, pero rara vez trasciende esa función corporativa. Da la sensación de que estamos viendo un largo prólogo disfrazado de película independiente. Conocemos a Supergirl, entendemos quién es y cuál será su lugar dentro de este universo, pero la narrativa nunca profundiza lo suficiente para justificar su existencia más allá de ese objetivo.

El principal conflicto tampoco ayuda. La misión de Kara consiste esencialmente en encontrar una cura para salvar a Krypto después de que este resulta herido por los antagonistas. Paralelamente acompaña a Ruthye, una joven impulsada por la venganza tras el asesinato de su familia. El problema no es que estas motivaciones sean simples; muchas grandes historias nacen de objetivos sencillos. El problema es que la película jamás construye algo más interesante alrededor de ellas. Todo se reduce a una cadena de persecuciones, enfrentamientos y desplazamientos entre planetas que apenas dejan espacio para el desarrollo emocional.

Ruthye representa uno de los mayores ejemplos de esa superficialidad narrativa. Su personalidad se resume prácticamente en una sola característica: quiere vengarse. No existen contradicciones, conflictos internos ni evolución significativa. Es una figura funcional para mover la trama, no un personaje completo. Lo mismo ocurre con casi todo el reparto secundario. Salvo Kara, nadie posee suficiente profundidad como para generar interés genuino.

La debilidad más evidente aparece en la construcción del antagonista. Krem encarna todos los lugares comunes posibles del villano de cómic contemporáneo: es cruel, asesina inocentes y disfruta haciendo el mal. La película nunca se preocupa por desarrollar una dimensión adicional. No existe contexto, complejidad psicológica ni una ideología que lo convierta en una amenaza memorable. Es un villano de trámite, diseñado únicamente para que los protagonistas tengan a quién perseguir durante hora y media.

Resulta inevitable comparar esta propuesta con Superman. La película de Gunn no solo presentaba a un héroe, sino que construía un ecosistema completo de personajes, relaciones y conflictos. Había una sensación de mundo vivo, de narrativas cruzadas y de identidades claramente definidas. Supergirl, en cambio, parece un escalón por debajo en prácticamente todos los aspectos. Presenta a su protagonista, pero nunca termina de construirla. Expone su trauma, pero rara vez lo explora. Insinúa una personalidad compleja, pero termina reduciéndola a comportamientos superficiales.

Visualmente, la película tampoco encuentra una identidad propia. Buena parte de los escenarios espaciales y las secuencias ambientadas en distintos planetas remiten constantemente a referentes como Star Wars, Star Trek e incluso a Guardians of the Galaxy. Cantinas repletas de criaturas extrañas, mercenarios extravagantes, persecuciones galácticas y humor autoconsciente convierten a la película en una mezcla de influencias reconocibles que pocas veces logra desarrollar una personalidad visual distintiva. El resultado es una obra que se siente derivativa, atrapada entre homenajes y fórmulas ya conocidas.

Es aquí donde aparece una de las mayores decepciones del proyecto: Craig Gillespie. El director ha demostrado en películas como I, Tonya y Cruella una enorme capacidad para construir personajes femeninos complejos, contradictorios y carismáticos. Sin embargo, en Supergirl parece trabajar bajo restricciones demasiado evidentes. La película adopta la misma sensibilidad musical, el mismo humor y las mismas estructuras narrativas impulsadas por Gunn en producciones anteriores del DCU. Gillespie rara vez logra imprimir una voz propia. Da la impresión de estar ejecutando un manual de estilo previamente establecido en lugar de desarrollar una obra verdaderamente personal.

La consecuencia es una película que constantemente busca ser irreverente sin atreverse a serlo del todo. Quiere ser emocional sin profundizar demasiado en sus emociones. Quiere ser una aventura espacial épica, pero se conforma con reproducir fórmulas conocidas. Quiere construir una nueva heroína para el DCU, pero termina funcionando más como una pieza de transición que como una historia capaz de sostenerse por sí misma.

Nada en Supergirl resulta desastroso. Ese es precisamente uno de sus mayores problemas. La película nunca fracasa estrepitosamente, pero tampoco encuentra momentos capaces de elevarla por encima de la media. Todo funciona dentro de parámetros aceptables: las actuaciones cumplen, los efectos visuales son competentes y la acción mantiene el ritmo. Sin embargo, cuando termina, queda la sensación de haber visto un producto diseñado para alimentar una franquicia más que una película impulsada por una necesidad creativa genuina.

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