Leviticus – Adrian Chiarella convierte el horror de las terapias de conversión en pesadilla sobrenatural

Leviticus convierte el trauma de la homofobia y las terapias de conversión en una pesadilla sobrenatural donde el amor adopta el rostro de aquello que puede destruirte. Adrian Chiarella utiliza el terror para explorar la culpa, el deseo, los celos y el miedo impuesto sobre una juventud queer en una comunidad dominada por el fundamentalismo religioso.
Leviticus (2026)
Puntuación:★★
Dirección: Adrian Chiarella
Reparto: Joe Bird, Stacy Clausen, Mia Wasikowska, Jeremy Blewitt, Ewen Leslie y Davida McKenzie. 
Disponible en cines

El título de Leviticus no funciona como una simple referencia religiosa ni como una provocación destinada a escandalizar a una comunidad conservadora. Es, en realidad, la clave de lectura de la película. Adrian Chiarella toma uno de los libros del Antiguo Testamento que históricamente ha sido utilizado para condenar las relaciones sexuales entre hombres y lo transforma en el punto de partida de una pesadilla donde el deseo deja de ser únicamente una experiencia íntima para convertirse en una amenaza física. En Leviticus, el problema no es que dos adolescentes se amen; el problema es todo aquello que una sociedad ha conseguido enseñarles sobre lo que significa amarse.

El libro bíblico de Levítico forma parte de la Torá y está profundamente relacionado con las nociones de santidad, pureza, conducta comunitaria y separación de aquello que podía considerarse impuro dentro de la identidad religiosa de Israel. En el capítulo 18 aparece uno de los pasajes más utilizados en los debates contemporáneos sobre homosexualidad: la prohibición de que un hombre mantenga relaciones sexuales con otro hombre “como con una mujer”. El capítulo 20 vuelve sobre esa prohibición y establece un castigo severo.

Pero reducir Levítico a esos versículos sería precisamente caer en la lectura parcial que la película intenta cuestionar. El libro también contiene una de las formulaciones más conocidas de la ética bíblica: “amar al prójimo como a ti mismo”. Esa coexistencia entre prohibición y amor resulta fundamental para entender lo que hace Chiarella. Leviticus no intenta resolver una contradicción teológica; la convierte en un conflicto cinematográfico. ¿Qué sucede cuando quienes dicen proteger la moral, la pureza y el amor terminan produciendo miedo, vergüenza y violencia?

La respuesta de Chiarella es un monstruo. Y es importante que sea un monstruo que adopta el rostro de aquello que más se desea.

Naim y Ryan no son perseguidos por una criatura que representa simplemente la homosexualidad. Son perseguidos por una criatura nacida de la manera en que la homosexualidad ha sido percibida, reprimida y castigada. Después de ser sometidos a un ritual de terapia de conversión, la amenaza comienza a manifestarse bajo la apariencia exacta de la persona que cada uno desea. Nadie más puede verla. Aparece cuando están solos. Y su propósito es matar. La película convierte así una estructura de violencia psicológica en una regla sobrenatural: aquello que debería producir intimidad se transforma en aquello que puede destruirte.

La idea es particularmente cruel porque elimina cualquier posibilidad de refugio emocional. El monstruo no tiene un rostro desconocido. Tiene el rostro del amor. Ahí es donde Leviticus encuentra su mejor metáfora.

La homofobia no necesita inventar el deseo para destruirlo. Le basta con convencer a quien lo experimenta de que ese deseo es peligroso. Chiarella lleva esa lógica hasta sus últimas consecuencias. Si Naim ama a Ryan, Ryan puede convertirse literalmente en la persona que viene a matarlo. Si Ryan siente lo mismo, entonces también queda atrapado en una paradoja insoportable: el rostro que más desea es el mismo que anuncia su muerte. El terror nace entonces de una pregunta mucho más dolorosa que “¿qué pasaría si el monstruo nos atacara?”. La pregunta es: ¿qué pasa cuando aquello que más amas ha sido convertido en algo que debes temer?

La película entiende que la violencia de la terapia de conversión comienza mucho antes del ritual. El ritual solamente le pone una forma visible. La terapia de conversión parte de una premisa profundamente violenta: que una orientación sexual puede ser corregida, eliminada o transformada. En Leviticus, esa violencia no aparece como un discurso abstracto, sino como una intervención sobre cuerpos adolescentes. A Naim y Ryan no se les pide comprenderse; se les exige renunciar a una parte de sí mismos. No se intenta acompañarlos en el descubrimiento de su identidad, sino arrancarles aquello que la comunidad considera incorrecto.

Por eso el ritual funciona como el nacimiento de la criatura. El monstruo no aparece simplemente porque los muchachos sean homosexuales. Aparece porque otros decidieron que debían dejar de serlo. Esa diferencia es esencial.

Chiarella convierte la terapia de conversión en una especie de maldición literal. Lo que la institución religiosa pretende hacer simbólicamente —separar a los jóvenes de su deseo— termina produciendo una entidad que persigue ese deseo hasta destruirlo. La película lleva así el discurso de la “sanación” a su consecuencia más siniestra: si el amor debe ser eliminado, entonces la única manera de conseguirlo es mediante la violencia. El horror sobrenatural termina siendo, por tanto, una extensión del horror social.

Y la película es especialmente inteligente al no convertir a toda la comunidad religiosa en una colección de caricaturas fanáticas. Hubiera sido mucho más sencillo presentar sacerdotes monstruosos, familias violentas y creyentes gritándole a la cámara. Chiarella opta por algo más incómodo: la homofobia puede convivir con la ternura.

La madre de Naim, interpretada por una brillante Mia Wasikowska, es fundamental en ese sentido. No es presentada únicamente como una figura de crueldad. Hay afecto, preocupación y una aparente voluntad de proteger a su hijo. Precisamente por eso resulta más inquietante. La violencia no siempre llega acompañada de odio evidente. A veces llega disfrazada de preocupación. De corrección. De protección. De “quiero lo mejor para ti”.

La película entiende que para un adolescente queer quizá no exista nada más devastador que descubrir que la persona que dice amarlo también está dispuesta a aceptar una estructura que le exige dejar de ser quien es.

El aislamiento geográfico refuerza esa sensación. El pueblo australiano de Leviticus es gris, industrial, casi detenido en el tiempo. El molino abandonado, las chimeneas y los espacios vacíos construyen un paisaje donde la adolescencia parece no tener demasiadas posibilidades de expansión. Es un mundo dominado por la repetición: trabajar, rezar, obedecer, encajar. En ese contexto, el encuentro entre Naim y Ryan adquiere una dimensión casi revolucionaria.

No porque su romance sea una declaración política explícita, sino porque es uno de los pocos espacios donde pueden existir sin representar aquello que la comunidad espera de ellos. Sus miradas, sus juegos físicos y sus encuentros clandestinos tienen una intensidad que no necesita grandes discursos. Joe Bird y Stacy Clausen entienden que la película necesita que creamos en ese amor antes de temer por él. Hay algo torpe, tímido y profundamente adolescente en la manera en que se buscan y se observan para comprobar que nadie los está mirando.

La puesta en escena de Chiarella es particularmente eficaz en esos momentos. El director sabe diferenciar el espacio del miedo del espacio del deseo. Los lugares donde están solos pueden ser peligrosos, pero también son los únicos donde pueden ser auténticos. De ahí surge una de las contradicciones más interesantes de la película: la libertad y el peligro ocupan el mismo espacio.

El romance tampoco está construido desde la comodidad del amor correspondido. Los celos de Naim aparecen antes de que exista una relación suficientemente sólida como para soportarlos. Cuando descubre a Ryan con Hunter, su reacción no nace simplemente de la maldad, sino de una inseguridad profundamente adolescente: el miedo de haber imaginado un amor que quizá nunca existió. Y ahí aparece otra forma de terror. El amor no correspondido puede convertirse en una experiencia de humillación, obsesión y resentimiento. Naim quiere a Ryan, pero no sabe si Ryan lo quiere de la misma manera. La incertidumbre convierte el deseo en vulnerabilidad. Su decisión de revelar el secreto de Ryan y Hunter nace de ese dolor y termina poniendo en movimiento una cadena de acontecimientos que ya no puede controlar.

Chiarella no convierte a Naim en una víctima completamente inocente. Y esa decisión mejora la película. El trauma no borra la capacidad de hacer daño. Una persona herida puede herir a otra. El problema es que, en Leviticus, esa pequeña traición adquiere dimensiones monstruosas porque ocurre dentro de una sociedad que ya está preparada para castigar el deseo. El monstruo, entonces, también puede leerse como la materialización de la culpa.

No únicamente la culpa religiosa, sino esa culpa íntima que aparece cuando alguien comienza a pensar que su deseo ha provocado una tragedia. Si amar a alguien puede matarlo, ¿es mejor dejar de amarlo? Si Ryan es la persona que más desea Naim, ¿también es responsable de aquello que puede destruirlo? Si el amor es peligroso, ¿qué sentido tiene seguir luchando por él?

La película encuentra ahí una conexión evidente con It Follows, no solo por la lógica de una amenaza sobrenatural persistente, sino por la relación entre deseo, cuerpo y muerte. La criatura de Leviticus también convierte la intimidad en una zona de peligro. Pero Chiarella introduce una especificidad queer que cambia el significado de esa persecución: aquí no se trata solamente de que el deseo tenga consecuencias, sino de que una sociedad ya ha convencido a los personajes de que ese deseo merece ser castigado. Por eso la criatura tiene el rostro del otro.

Leviticus no señala únicamente al libro bíblico. Señala el uso que los seres humanos hacen de él. Señala la capacidad de tomar unas palabras escritas hace siglos, separarlas de su contexto, convertirlas en dogma absoluto y utilizarlas para determinar quién puede amar, cómo puede hacerlo y qué precio debe pagar por ello.

La película no necesita afirmar que la religión sea intrínsecamente monstruosa. Su argumento es mucho más incómodo: el monstruo aparece cuando la fe deja de ser una experiencia espiritual y se convierte en una herramienta para imponer una idea de normalidad sobre los demás.

Desde el punto de vista cinematográfico, Chiarella demuestra una considerable madurez para tratarse de una primera película. Su puesta en escena no siempre alcanza la potencia metafórica de su premisa y el último acto se acerca peligrosamente a la repetición de las reglas que ya conocemos: la aparición del doble, la duda sobre quién es real, el aislamiento y el intento desesperado por sobrevivir. En determinados momentos, la película parece depender demasiado de la mecánica de su criatura.

Pero incluso ahí existe una idea formal interesante: el rostro del monstruo nunca puede ser separado completamente del rostro del amado. El efecto visual no necesita abrumar porque la verdadera perturbación está en reconocer a alguien querido dentro de una figura que viene a destruirte.

Eso explica también por qué el romance resulta tan importante para que funcione el terror. Si Chiarella no consiguiera que Naim y Ryan parecieran realmente enamorados, la criatura sería solamente un mecanismo ingenioso. Pero Bird y Clausen le proporcionan a la película aquello que necesita: vulnerabilidad. Sus personajes se miran como adolescentes que todavía no saben qué hacer con lo que sienten. Se esconden. Se buscan. Se equivocan. Se ponen celosos. Se acercan y retroceden. En medio de un universo que insiste en definirlos, ellos todavía están intentando descubrirse.

Leviticus pertenece a una tradición particularmente fértil del cine australiano de terror, heredera de películas como The Babadook, The Loved Ones, Cargo y Talk to Me. Pero Chiarella encuentra un espacio propio al combinar el horror sobrenatural con el coming-of-age queer y el drama romántico. Su monstruo puede parecer familiar; su significado no lo es tanto.

Al final, lo más perturbador de Leviticus no es que una criatura pueda adoptar el rostro de la persona que más deseas.

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