Fernando Eimbcke construye una historia íntima sobre la soledad, la precariedad y los vínculos inesperados, encontrando en los videojuegos un puente de conexión entre sus protagonistas. Aunque un primer acto excesivamente prolongado afecta el ritmo, Moscas destaca por su sensibilidad, su minimalismo y la naturalidad con la que retrata la esperanza en medio de la adversidad.
Moscas (2026)
Puntuación:★★★½
Dirección: Fernando Eimbcke
Reparto: Teresa Sánchez, Bastian Escobar, Enrique Arreola y Hugo Ramírez
Disponible en cines
No cabe duda de que Fernando Eimbcke es uno de los mejores directores mexicanos de la actualidad, con un estilo para contar historias sencillas que conectan a través de la cotidianidad. Pasando por diferentes etapas, desde los conflictos de la adolescencia hasta las relaciones familiares, Eimbcke aterriza en otra clase de vínculo nacido de la improbabilidad y de los gustos más simples, pero divertidos.
Moscas nos cuenta la historia de Olga, una señora que vive en soledad en su departamento y que, por una necesidad económica, decide rentar una de sus habitaciones a Tulio, un hombre que tiene a su esposa enferma e internada en un hospital frente a los departamentos donde vive Olga, y que ha tenido que llevarse a su hijo Cristian por necesidad.
Dentro de los primeros minutos queda clara la soledad a la que se ha visto anclada Olga, que conforme va pasando la historia, de manera sutil, nos dirá la terrible historia que la ha llevado a esta situación, sin conocer tantos detalles. En este sentido las moscas terminan siendo un símbolo del estado emocional de la coprotagonista y de la distancia en este terreno que mantiene con otras personas, reflejada en los primeros acercamientos con el papá de Cristian y que bajará un poco cuando conviva con su hijo. Al final, ella no es como tal la protagonista y no es el guerrero de este camino.
El primer acto se ancla un poco más en explorar a Tulio y Cristian, cuya dinámica familiar probablemente se ha visto mermada por la enfermedad de su esposa, poniendo en una situación precaria al patriarca al intentar balancear su vida entre su trabajo, el cuidado de su esposa, el de su hijo, y la administrar la carencia de recursos. Una línea argumental que retrata el tema de la pobreza no desde una exageración, sino desde una situación tan simple como no comprar todas las medicinas de un tratamiento, añadiendo a las situaciones que sufre Tulio y posteriormente Cristian, derivado de la precariedad y el infierno burocrático de las instituciones de salud pública.

Un acierto, y que probablemente sea la intención, es no ofrecer demasiada información con el objetivo de no caer en los clichés sentimentales de este tipo de historias. En otras cintas se pecaría de falta de estructura narrativa; aquí se apuesta más por la creación de los vínculos a través del minimalismo, evitando cualquier tipo de manipulación emocional, utilizando el sonido de la ambientación, así como la fotografía, que casi siempre está a la altura del protagonista —que en este caso es Cristian— para darnos, en su mayoría, la perspectiva de cómo observa el mundo.
Queda claro que, desde los encuadres y la escritura, el protagonista es Cristian, principalmente porque el paso inicial para desarrollar la relación de amistad con Olga es a través del carisma y el ángel que el niño posee. Esto no es exhibido a través de una descripción sobreexplicada, sino mediante las situaciones, presentando dos miniaventuras con personajes terciarios que nos indican que, ante la adversidad de un mundo cruel y burocrático, mostrando muchos aspectos, la inocencia aún puede sobrevivir. Segundo, y quizás lo más acertado del guion, es el acercamiento de Olga y Cristian no solamente a través de la candidez y de la difícil situación que vive el niño, sino de los videojuegos. No el videojuego desde la concepción más neomoderna de aquel que posee la consola de última generación, sino desde los inicios básicos, como la clásica maquinita de arcade en la que todos gastábamos el cambio cuando nuestra mamá nos mandaba a las tortillas, la viborita de los primeros celulares o el clásico sudoku. Pero no solamente es visto como el mecanismo de unión, sino como un elemento de distracción de Cristian ante una realidad complicada, especialmente con su obsesión por una máquina de Space Invaders. Con estos dos elementos, el vínculo de estos dos personajes comienza a crecer, contando una historia tan natural donde la ternura no está en la sobreexposición de emociones, sino en los momentos compartidos.
Por desgracia, la película no es perfecta y tiene un error demasiado evidente: no hay balance entre los tres actos, siendo el primero demasiado largo y redundando en el estatus de los personajes. Aquí se extraña mucho la practicidad de Fernando para resumir las situaciones en encuadres mínimos, y que hubiera apostado por la generación de situaciones que solidificaran aún más la relación de sus protagonistas o que pavimentaran más el camino del guerrero.

Moscas es un bonito homenaje a los videojuegos como una forma de escape a través de la imaginación, sin olvidar que la realidad de la dificultad cotidiana sigue presente, como dice Olga: “La vida no es como los videojuegos”, un balde de agua fría que Fernando le avienta al espectador. También es una bonita historia sobre relaciones que, a través de gustos en común y momentos compartidos, pueden formarse.
Tiene un manejo excelente de cámara y un buen elenco, metiendo en el proceso temas como la pobreza (sin caer en la exaltación de la miseria) y la precariedad de los sistemas de salud pública. Sin embargo, le termina pesando un primer acto que pudo hacer más ligera y sólida una historia que encuentra su rumbo apenas pasados los 40 minutos.
A pesar de eso, Eimbcke sigue con esta racha de no tener malas películas (algo difícil de lograr) y aunque, en el score de su propia filmografía, Moscas probablemente sea el puntaje de en medio, sigue siendo uno de los mejores jugadores en este videojuego de alta dificultad llamado: “hacer cine en México”.