Nuestra Tierra encuentra en el asesinato de Javier Chocobar un punto de partida para examinar una realidad mucho más amplia: la histórica disputa por la tierra y la invisibilización de los pueblos indígenas en Argentina. Lucrecia Martel utiliza el juicio por el crimen ocurrido en 2009 para construir un documental que trasciende el ámbito judicial y se convierte en una reflexión sobre el colonialismo.
Nuestra Tierra (2025)
Puntuación:★★★★
Dirección: Lucrecia Martel
Documental
Disponible en Netflix
El asesinato de Javier Chocobar ocurrió en 2009. Fue grabado en video. Hubo testigos. Hubo acusados. Y aun así, la justicia tardó casi una década en sentar a los responsables frente a un tribunal. Lucrecia Martel parte de ese hecho concreto en Nuestra Tierra, pero rápidamente deja claro que no está interesada únicamente en reconstruir un crimen. Lo que realmente le interesa es todo lo que hizo posible que ese crimen ocurriera.
Lo que comienza como el seguimiento de un proceso judicial termina convirtiéndose en una exploración mucho más amplia sobre la relación de Argentina con sus pueblos originarios, su historia colonial y las formas en que el poder continúa administrando quién tiene derecho a ocupar una tierra y quién debe justificar constantemente su presencia en ella. Martel toma un caso específico ocurrido en Tucumán y lo transforma en una reflexión sobre siglos de despojo, invisibilización y resistencia.
A primera vista, Nuestra Tierra parece concentrarse en el asesinato de Javier Chocobar, líder de la comunidad indígena Chuschagasta, ocurrido durante un intento de desalojo impulsado por intereses privados que reclamaban la propiedad de las tierras habitadas históricamente por la comunidad. Sin embargo, conforme avanza el documental, queda claro que el crimen es apenas la puerta de entrada a una historia mucho más compleja. La demora judicial, las disputas territoriales y los testimonios recogidos durante el juicio terminan revelando una estructura de desigualdad que atraviesa generaciones enteras.
Para comprender la fuerza del documental es necesario entender también una contradicción profundamente arraigada en la identidad argentina. Durante décadas, gran parte del relato nacional se construyó alrededor de una idea de país predominantemente europeo, moderno y occidental. Ese imaginario, promovido desde distintos espacios políticos, culturales y educativos, contribuyó a invisibilizar la presencia y el legado de los pueblos indígenas. Mientras otros países latinoamericanos incorporaban con mayor visibilidad sus raíces originarias dentro de la identidad nacional, Argentina desarrolló una narrativa que muchas veces presentó a esas comunidades como parte del pasado y no como actores vivos del presente.

Martel confronta directamente esa visión. Lo hace sin discursos grandilocuentes ni consignas evidentes. Su estrategia consiste en escuchar. Escuchar a quienes históricamente han quedado fuera de los relatos oficiales. Escuchar a una comunidad que no reclama privilegios ni reconocimiento simbólico, sino algo mucho más elemental: el derecho a permanecer en un territorio que considera suyo desde mucho antes de la existencia de los títulos de propiedad modernos.
En ese sentido, Nuestra Tierra dialoga constantemente con la historia colonial de América Latina. La disputa que observamos en pantalla no comienza en 2009 ni en el momento del juicio. Comienza siglos atrás, cuando la colonización europea impuso nuevas formas de propiedad, nuevas jerarquías sociales y nuevas estructuras legales que desplazaron los sistemas de organización de los pueblos originarios. Lo que Martel expone es que muchas de esas lógicas nunca desaparecieron realmente. Simplemente adoptaron otros nombres y otros mecanismos.
Por eso el documental resulta tan incómodo. Porque obliga a reconocer que el colonialismo no es únicamente un episodio histórico encerrado en los libros de texto. Es una herencia que sigue manifestándose en la distribución de la tierra, en las relaciones de poder y en las instituciones que determinan qué voces son consideradas legítimas y cuáles continúan siendo ignoradas. El caso Chocobar se convierte entonces en una ventana hacia una realidad mucho más amplia: la persistencia de conflictos territoriales donde las comunidades indígenas siguen enfrentándose a intereses económicos y estructuras estatales que rara vez operan en igualdad de condiciones.
La decisión de Martel de abordar este caso tampoco resulta accidental dentro de su trayectoria. Desde La Ciénaga hasta Zama, su cine ha estado obsesionado con las jerarquías sociales, los mecanismos invisibles del poder y las fracturas que atraviesan la sociedad argentina. En cierta forma, Nuestra Tierra funciona como una continuación natural de las inquietudes que exploró en Zama. Si aquella película observaba las raíces del colonialismo desde el siglo XVIII, este documental analiza las consecuencias contemporáneas de ese mismo proceso histórico.
Formalmente, la película confirma muchas de las virtudes que han convertido a Martel en una de las cineastas más importantes de América Latina. Aunque parte de un juicio y podría haberse desarrollado como un documental judicial convencional, la directora evita las estructuras habituales del true crime. No le interesa generar suspenso sobre el veredicto ni construir una narrativa simplificada de héroes y villanos. Su mirada se desplaza constantemente entre lo individual y lo colectivo, entre el presente y el pasado, entre la experiencia íntima de una familia y las heridas históricas de todo un país.

Esa búsqueda encuentra una expresión particularmente poderosa en las imágenes aéreas que recorren Tucumán. Más allá de su belleza visual, esos planos convierten al territorio en un personaje central. La tierra aparece como memoria, como herencia, como espacio de disputa y como testigo silencioso de siglos de conflictos. Desde la inmensidad de los paisajes hasta la intimidad de las fotografías familiares, Martel construye un relato que va y viene constantemente entre lo macro y lo micro.
Y como suele ocurrir en su filmografía, el sonido adquiere una importancia fundamental. El viento atravesando los valles, el movimiento del agua, los ecos del entorno y los silencios que habitan los espacios judiciales terminan cargando tanto peso emocional como las propias imágenes. Martel vuelve a demostrar que pocas cineastas entienden el paisaje sonoro con la precisión y sensibilidad que ella maneja.
Quizá el mayor logro de Nuestra Tierra sea evitar la simplificación. El documental no pretende resolver siglos de conflictos ni ofrecer respuestas definitivas. Lo que hace es algo más valioso: obligar al espectador a mirar una realidad que durante demasiado tiempo ha permanecido fuera del centro de la conversación pública.
El asesinato de Javier Chocobar fue un crimen concreto, con víctimas y responsables identificables. Pero para Martel también representa algo más grande. Representa siglos de despojo, silencios institucionales y exclusión social. Representa una Argentina que todavía lucha por reconocer todas las dimensiones de su propia identidad. Y representa, sobre todo, la resistencia de comunidades que continúan defendiendo su territorio frente a estructuras de poder que llevan generaciones intentando borrarlas del mapa.
