Quiero tu sexo – Gregg Araki vuelve a jugar con fuego

Gregg Araki regresa al cine con una comedia erótica desquiciada que recupera su espíritu transgresor para explorar el deseo, el poder y el narcisismo. Olivia Wilde y Cooper Hoffman sostienen la película con una química extraordinaria.
Quiero tu sexo (2026)
Puntuación:★★★½
Dirección: Gregg Araki
Reparto: Olivia Wilde, Cooper Hoffman, Mason Gooding, Chase Sui Wonders, Johnny Knoxville, Margaret Cho
y Charli XCX,
Disponible en
 cines

Después de casi quince años alejado del cine, Gregg Araki regresa con Quiero tu sexo como si el tiempo no hubiera pasado. Hay en la película una energía descaradamente provocadora, llena de colores llamativos, música pop, humor absurdo y una sexualidad que funciona tanto como elemento narrativo como herramienta para desarmar las convenciones de las relaciones románticas. Es un regreso que recupera buena parte del espíritu irreverente de uno de los nombres fundamentales del New Queer Cinema, aunque aquí Araki parece menos interesado en escandalizar que en divertirse con sus propias obsesiones.

La historia sigue a Elliot, un joven recién salido de la universidad que consigue trabajar para Erika Tracy, una artista y galerista que rápidamente lo introduce en un mundo de deseo, BDSM, poder y fantasías sexuales. Lo que comienza como una oportunidad profesional se convierte en una relación cada vez más difícil de definir, en la que Elliot termina confundiendo fascinación, deseo y necesidad afectiva. Araki utiliza esa dinámica para burlarse de las fantasías narcisistas que pueden esconderse detrás de ciertas relaciones: queremos ser deseados, pero también queremos sentir que somos especiales para alguien, incluso cuando las reglas están claramente en nuestra contra.

Ahí está una de las mayores virtudes de la película. Quiero tu sexo no presenta el deseo como algo necesariamente liberador ni convierte a sus personajes en víctimas fáciles de identificar. Elliot sabe que está entrando en un terreno complicado y, aun así, continúa avanzando porque la experiencia satisface algo que va mucho más allá de lo sexual. Erika, por su parte, parece disfrutar tanto del poder que ejerce sobre él como de la posibilidad de convertirlo en parte de su propia creación artística. La relación funciona precisamente porque ninguno de los dos está obteniendo exactamente lo mismo de ella.

Olivia Wilde entiende perfectamente el tono de Araki y se lanza de lleno al papel. Erika es exagerada, dominante, narcisista y deliciosamente camp, pero Wilde nunca parece estar preocupada por hacerla demasiado simpática. Cooper Hoffman encuentra el contrapunto perfecto desde la torpeza y la vulnerabilidad. Su Elliot puede parecer ingenuo, pero Hoffman evita convertirlo en un simple tonto manipulado por una mujer más experimentada. La química entre ambos es el motor de la película, porque cada escena funciona como una negociación entre fascinación y peligro.

También resulta interesante que Araki utilice el mundo del arte como extensión de esa dinámica. Erika convierte prácticamente todo lo que la rodea en material para su propia narrativa, y el deseo de Elliot termina formando parte de esa lógica. El sexo, la imagen y la identidad empiezan a mezclarse hasta el punto de que resulta difícil saber dónde termina la intimidad y dónde comienza la performance. La película encuentra ahí una de sus mejores ideas: todos sus personajes parecen estar actuando para alguien, incluso cuando creen estar siendo completamente honestos.

No todo funciona con la misma precisión. El tono deliberadamente desquiciado puede hacer que algunas situaciones parezcan más ingeniosas en teoría que en la práctica, y la película no siempre logra que sus provocaciones tengan el mismo peso que su humor. Algunas de sus subtramas y personajes secundarios funcionan más como extensiones del caos que como elementos con verdadero desarrollo, ya que, Araki parece estar mucho más interesado en la energía de la experiencia que en construir una estructura perfectamente equilibrada.

Pero quizá esa falta de equilibrio sea parte del encanto. Quiero tu sexo no pretende ser una exploración solemne de la sexualidad ni una actualización convencional del romance erótico. Es una comedia negra sobre personas que desean demasiado, sienten demasiado y tienen muy poca idea de qué hacer con aquello que desean. Araki vuelve al cine con una película imperfecta, excesiva y juguetona que recuerda por qué su voz fue tan particular dentro del cine independiente estadounidense.

Más que un regreso nostálgico, Quiero tu sexo funciona como una reafirmación: Gregg Araki todavía sabe hacer películas que parecen estar a punto de perder completamente el control y que encuentran precisamente en ese desorden su personalidad. Y cuando Olivia Wilde y Cooper Hoffman entran en escena, esa mezcla de deseo, humor y absurdo encuentra el equilibrio suficiente para que el experimento funcione.

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