Su propio infierno – Nicolas Winding Refn sigue siendo Refn, para bien y para mal

Su propio infierno confirma que Nicolas Winding Refn sigue siendo uno de los directores más extremos y reconocibles del cine contemporáneo. Entre neones, pesadillas y personajes atrapados entre el deseo y la violencia, construye una experiencia tan desconcertante como hipnótica.
Su propio infierno (2026)
Puntuación:★★
Dirección:
Nicolas Winding Refn
Reparto: 
Sophie Thatcher, Charles Melton, Havana Rose Liu, Kristine Froseth y Diego Calva
Disponible en
 cines

Nicolas Winding Refn no parece demasiado interesado en volver a hacer el cine que lo convirtió en uno de los directores más reconocibles de las últimas décadas. Después de Drive, Only God Forgives, The Neon Demon y Too Old to Die Young, su carrera se ha ido alejando cada vez más de las estructuras convencionales hasta convertir la imagen, el sonido y el ritmo en protagonistas absolutos. Su propio infierno (Her Private Hell) continúa por ese camino, pero con una diferencia importante: debajo de todo el exceso vuelve a haber una historia que seguir.

Refn regresa con una película que difícilmente podría confundirse con la de otro director. Hay niebla, neón, sexo, violencia, personajes extraños, largos silencios y una ciudad que parece existir en algún lugar entre una pesadilla y un recuerdo. Todo está llevado al extremo, como suele ocurrir en su cine, pero esta vez el desbordamiento visual no termina de tragarse por completo la narración. Y ahí está buena parte del interés de su regreso.

La película nos introduce en una metrópolis futurista cubierta por una niebla permanente, donde una joven atormentada llamada Elle (Sophie Thatcher). A su alrededor aparecen un hotel gigantesco y casi deshabitado, personajes atrapados entre el deseo y la amenaza, una misteriosa figura conocida como el “Leather Man” y un universo que parece cambiar constantemente de forma. Paralelamente, un soldado estadounidense (Charles Melton) busca a su hija desaparecida en un Japón de posguerra que parece existir en otra dimensión temporal y emocional.

Pero explicar Her Private Hell mediante su argumento es casi un ejercicio inútil. Refn no parece particularmente interesado en establecer dónde estamos, qué está sucediendo exactamente o cuáles son las reglas de este universo. La película funciona con la lógica de un sueño: los espacios se transforman, los personajes aparecen y desaparecen, el pasado se mezcla con la fantasía y la realidad parece apenas otra capa de una pesadilla mucho más profunda. Y, precisamente por eso, la película se siente inequívocamente como una obra de Refn.

Desde sus primeros trabajos, el director danés ha construido una filmografía obsesionada con la violencia, la masculinidad, el poder, el deseo, la explotación y los cuerpos convertidos en objetos de fascinación. Con Drive encontró una manera particularmente accesible de convertir esas obsesiones en un thriller estilizado que terminó convirtiéndose en fenómeno cultural. Después llegó Only God Forgives, mucho más abstracta y brutal; The Neon Demon, donde trasladó su fascinación por la violencia y el deseo al mundo de la moda; y Too Old to Die Young, una serie que llevó su estética hasta un extremo casi narcótico.

En Her Private Hell están nuevamente todos esos elementos. El neón púrpura, rojo y azul. Los silencios interminables. Los movimientos lentos. Los personajes que parecen esculturas humanas. Los hombres que funcionan como depredadores o figuras de poder. Las mujeres atrapadas en espacios donde el deseo y la amenaza son prácticamente indistinguibles. La violencia como ritual. La música como elemento narrativo. Y una cámara que parece más interesada en contemplar que en explicar. La diferencia es que esta vez Refn parece menos enamorado de su propia superficie.

Durante buena parte de la última etapa de su carrera, el estilo del director llegó a convertirse en una especie de prisión. Sus obras podían ser visualmente extraordinarias y, al mismo tiempo, sentirse como ejercicios cada vez más autorreferenciales. La forma terminaba devorando al fondo. Her Private Hell conserva esa fascinación manierista, pero consigue introducir pequeños detalles narrativos que permiten que el espectador vuelva a buscar algo dentro de las imágenes. No necesariamente una explicación. No necesariamente un significado definitivo. Simplemente algo que perseguir.

Aquí la película parece construirse a partir de fragmentos de géneros y autores que Refn ha absorbido durante décadas. Hay ecos de David Lynch, particularmente de Terciopelo azul y Carretera perdida; del giallo italiano; del film noir japonés; del anime; del cine de Jean-Pierre Melville; e incluso de las novelas gráficas de Frank Miller y Will Eisner. La presencia de Pino Donaggio en la música refuerza todavía más esa sensación de estar contemplando un gigantesco objeto de fetichismo cinematográfico.

Y, sin embargo, Her Private Hell no se siente simplemente como una colección de referencias. Refn las filtra a través de su propia sensibilidad hasta convertirlas en un universo reconocible. Un universo donde un pasillo de hotel puede parecer un purgatorio, donde un hombre caminando lentamente puede adquirir la presencia de un guerrero mítico y donde una conversación aparentemente banal puede sentirse como el preludio de una pesadilla.

Sophie Thatcher funciona como el centro emocional de ese laberinto. Su Elle es una figura vulnerable pero también misteriosa, una mujer que parece atrapada entre diferentes versiones de sí misma y de quienes la rodean. A su alrededor, Dougray Scott y Diego Calva encarnan esa particular fascinación de Refn por las figuras masculinas que convierten el poder y el deseo en mecanismos de control. Charles Melton, por su parte, representa otra de las obsesiones recurrentes del director: el hombre silencioso que atraviesa un mundo corrupto impulsado por una misión personal.

Hay algo deliberadamente arcaico en este último personaje. Su recorrido por los bajos fondos, enfrentándose a criminales y buscando a su hija, parece extraído de un polar francés, un noir japonés o incluso de una novela gráfica. Es casi una figura mitológica desplazándose por un videojuego diseñado por Refn. Pero esta vez la violencia ocupa un lugar diferente.

Quienes esperan del director otro festival de sangre, cuerpos mutilados y provocación sexual pueden encontrarse con una película más contenida. La violencia y el erotismo siguen ahí, pero parecen menos interesados en escandalizar que en construir una sensación permanente de amenaza. Lo que queda debajo de esa superficie es algo mucho más inquietante: una tristeza difícil de definir.

Es quizá ahí donde Her Private Hell encuentra su elemento más interesante. Bajo todo el artificio, la película parece hablar de personajes que buscan amor, reconocimiento, pertenencia o redención y terminan encontrándose con estructuras de poder que los convierten en objetos. El mundo del cine, el deseo, la fama y la explotación aparecen mezclados hasta el punto de resultar prácticamente inseparables. Refn no ofrece respuestas fáciles. Tampoco parece querer que las encontremos. Y eso puede ser tanto su mayor virtud como su mayor defecto.

Her Private Hell exige entregarse a su ritmo sepulcral, a sus silencios, a sus imágenes y a una narración que avanza como un sonámbulo. Para algunos espectadores, esa experiencia será hipnótica; para otros, interminable. Refn sigue siendo un director capaz de llevar su obsesión estética hasta el límite de la paciencia del público. Su cine puede ser sublime y pretencioso dentro de la misma escena.

Eso sí, la película sigue siendo inclasificable, excesiva y profundamente psicodélica. Sigue siendo un cine que no pide ser comprendido tanto como experimentado. Pero debajo de sus luces de neón, sus criaturas, sus fantasmas y sus delirios visuales existe una estructura narrativa que permite que el espectador vuelva a participar activamente en el viaje.

Nicolas Winding Refn no ha regresado para hacer una película convencional. Probablemente nunca lo hará. Ha regresado para recordarnos que el cine también puede ser una pesadilla, un sueño, una alucinación o un cuadro que se mueve durante dos horas frente a nuestros ojos.

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