Kenji Tanigaki debuta como director con una explosiva demostración de que la acción también puede ser un lenguaje cinematográfico. Aunque el guion y los diálogos son simples, The Furious compensa cualquier debilidad con algunas de las coreografías de combate más espectaculares y creativas del cine reciente.
The Furious (2025)
Puntuación:★★★★ ½
Dirección: Kenji Tanigaki
Reparto: Xie Miao, Joe Taslim, Enyou Yang,y Yayan Ruhian
Disponible en VOD
Existe un prejuicio persistente contra el cine de acción: la idea de que las secuencias de combate funcionan únicamente como un vehículo para conectar una historia con otra. Durante décadas, Hollywood acostumbró al espectador a entender las peleas como simples puntos de transición, explosiones que interrumpen el desarrollo dramático antes de regresar a los diálogos. Sin embargo, el mejor cine de artes marciales siempre ha demostrado exactamente lo contrario. Desde Jackie Chan hasta John Woo, pasando por el legado de la Hong Kong New Wave y el cine indonesio contemporáneo, la acción también puede narrar, definir personajes y construir emociones.
Con The Furious, Kenji Tanigaki firma una de las películas de acción más extraordinarias de los últimos años precisamente porque comprende esa idea mejor que casi cualquier director contemporáneo. Tras décadas trabajando como coreógrafo y director de acción para figuras como Donnie Yen, Ringo Lam o Tsui Hark, Tanigaki debuta en solitario haciendo aquello que mejor sabe hacer: convertir cada enfrentamiento en una pieza de ingeniería cinematográfica donde la violencia posee ritmo, personalidad y una precisión casi musical.
El resultado es una obra que probablemente ya pueda considerarse la mejor película de acción de 2026. Eso no significa que sea perfecta. Su guion es funcional hasta el extremo. Los diálogos rozan constantemente lo caricaturesco y la historia parece existir únicamente para justificar una cadena interminable de peleas. Pero sería profundamente injusto evaluar The Furious utilizando parámetros que nunca pretende satisfacer. Tanigaki no quiere construir un thriller criminal sofisticado ni un drama psicológico sobre la trata de personas. Quiere hacer algo mucho más difícil: demostrar que la acción puede sostener por sí sola casi dos horas de cine sin perder intensidad.
La premisa no podría ser más sencilla. Wang Wei (Xie Miao), un hombre marcado por un misterioso pasado, inicia una búsqueda desesperada cuando su hija Rainy es secuesestrada por una organización dedicada al tráfico de menores. En el camino se une a Navin (Joe Taslim), un periodista que investiga la desaparición de su esposa mientras intenta desmantelar la misma red criminal. A partir de ahí, la película abandona cualquier pretensión de complejidad narrativa para entregarse por completo a una sucesión de enfrentamientos cada vez más brutales.

Cada pelea introduce una nueva idea visual, una nueva dinámica espacial o una nueva forma de utilizar los objetos cotidianos como armas improvisadas. Tanigaki entiende que una coreografía no consiste únicamente en ejecutar movimientos espectaculares; consiste en contar una historia dentro del combate. Cada enemigo obliga a modificar el ritmo, cada escenario impone nuevas reglas y cada golpe comunica algo sobre quien lo ejecuta.
Es imposible no pensar en referentes contemporáneos como The Raid o The Night Comes for Us. Las comparaciones son inevitables, especialmente por la brutalidad física y el aprovechamiento del espacio cerrado. Sin embargo, The Furious nunca transmite la sensación de estar copiando un modelo existente. Muy por el contrario, parece ampliar el vocabulario del cine de acción, llevando la exageración hasta límites donde el realismo deja de importar y la fisicalidad se convierte en un espectáculo casi coreográfico.
Hay una secuencia en la que dos personajes utilizan motocicletas como si fueran espadas gigantes. En otra, Wang escala literalmente sobre una montaña de cuerpos mientras reparte martillazos con una velocidad imposible. Son imágenes absurdas desde cualquier lógica realista, pero completamente coherentes dentro del universo que la película construye. Tanigaki nunca busca convencer al espectador de que aquello podría suceder; busca que el espectador disfrute viendo hasta dónde puede llevarse el movimiento humano cuando el cine decide abandonar toda restricción.
En ese sentido, la película encuentra un aliado fundamental en la fotografía de Meteor Cheung. La cámara evita caer en uno de los grandes problemas del cine de acción contemporáneo: el montaje hiperfragmentado. Cada combate privilegia los planos abiertos, permitiendo apreciar la precisión física de los intérpretes y la complejidad de las coreografías. No existe la necesidad de esconder limitaciones mediante cortes frenéticos porque los actores realmente ejecutan aquello que la cámara registra.

El sonido también desempeña un papel decisivo. Cada impacto posee peso específico; cada fractura, cada caída y cada arma improvisada producen una sensación física que convierte la violencia en una experiencia casi táctil. La banda sonora de Flying Lotus, Olivia Xiaolin y Elliot Leung complementa esa propuesta con una mezcla de pulsaciones electrónicas y texturas que aceleran constantemente la adrenalina sin saturar las imágenes.
Los diálogos son probablemente su aspecto más flojo. Muchos intercambios carecen de naturalidad y funcionan únicamente como puentes entre una pelea y la siguiente. Tampoco ayuda un epílogo innecesario que prolonga artificialmente una historia que ya había encontrado un cierre emocional mucho más contundente minutos antes.
Sin embargo, ninguno de esos defectos consigue disminuir el impacto general de la experiencia. Porque The Furious entiende algo que buena parte del cine comercial parece haber olvidado: una gran secuencia de acción no depende del presupuesto ni de los efectos digitales, sino de la claridad con la que el director organiza el espacio, el movimiento y el tiempo. Mientras muchas superproducciones occidentales esconden sus limitaciones detrás de cámaras temblorosas, planos imposibles y montajes caóticos, Tanigaki apuesta por la transparencia visual. El espectador siempre sabe dónde están los personajes, qué riesgos enfrentan y cómo evoluciona cada combate.
El enfrentamiento final dentro de la comisaría resume perfectamente esa filosofía. Cinco personajes convergen en una batalla simultánea donde la puesta en escena mantiene una claridad admirable incluso en medio del caos absoluto. Una composición visual que superpone los rostros de los combatientes como si fueran viñetas de un cómic termina elevando la secuencia a un auténtico ejercicio de virtuosismo cinematográfico.
Quizá por eso el debut como director de Kenji Tanigaki resulta tan estimulante. No intenta reinventar el género mediante discursos grandilocuentes ni sofisticadas estructuras narrativas. Lo reinventa desde la ejecución. Desde la confianza absoluta en que una pelea bien filmada puede generar la misma emoción que un gran diálogo o un giro dramático memorable.
Y en ese movimiento, Kenji Tanigaki ha encontrado una de las expresiones cinematográficas más electrizantes que nos ha dejado 2026.