Zona de riesgo combina una premisa atractiva con el oficio de David Mackenzie para construir un thriller de acción que arranca con intensidad y mantiene un ritmo constante. Sin embargo, a medida que avanza, los giros argumentales se vuelven previsibles y los personajes evidencian una falta de profundidad que reduce el impacto emocional.
Zona de riesgo (2025)
Puntuación:★★½
Dirección: David Mackenzie
Reparto: Aaron Taylor-Johnson, Theo James, Saffron Hocking, Gugu Mbatha-Raw, y Sam Worthington
Disponible en cines
David Mackenzie ha demostrado a lo largo de su carrera una notable habilidad para apropiarse de géneros clásicos y dotarlos de una identidad propia. Películas como Hell or High Water o Outlaw King encontraron en el thriller y el cine histórico algo más que simples ejercicios de entretenimiento: eran relatos impulsados por personajes complejos y conflictos con resonancia emocional. Con Zona de riesgo (Fuze), el director escocés regresa al territorio del suspense y la acción, apoyado en una premisa atractiva que combina una amenaza terrorista, una operación de desactivación de explosivos y un elaborado atraco en pleno centro de Londres. Sobre el papel, todos los ingredientes parecen estar alineados para construir un thriller de alta tensión. El problema es que la película nunca termina de aprovecharlos.
La historia arranca con una fuerza innegable. El descubrimiento de una supuesta bomba sin explotar de la Segunda Guerra Mundial obliga a evacuar una amplia zona de Londres, generando un escenario perfecto para que un grupo de criminales ejecute un sofisticado robo bancario. Mackenzie entiende perfectamente el potencial cinematográfico de esa situación y construye sus primeros compases con eficacia, alternando la amenaza latente del explosivo con los movimientos calculados de los delincuentes. Durante buena parte del primer acto, Zona de riesgo transmite la sensación de estar preparando una detonación narrativa de grandes proporciones.
Aaron Taylor-Johnson lidera el relato como Will, un experimentado especialista en desactivación de bombas cuya confianza profesional se convierte en uno de los principales motores de la historia. El actor aporta presencia y credibilidad a un personaje que debe cargar sobre sus hombros buena parte de la tensión dramática. Sin embargo, el guion de Ben Hopkins nunca le permite ir mucho más allá de su función narrativa. Will es competente, decidido y eficaz, pero resulta difícil conocer realmente quién es detrás del uniforme y la experiencia técnica.
Ese problema se extiende al resto de los personajes. Theo James encuentra algunos momentos de diversión interpretando a Karalis, el cerebro detrás del atraco, especialmente cuando los acontecimientos comienzan a complicarse de formas inesperadas. Su carisma natural aporta cierta ligereza a una película que por momentos parece demasiado preocupada por mantener el ritmo. Gugu Mbatha-Raw cumple con solvencia como la superintendente encargada de la investigación, mientras que Sam Worthington queda relegado a un papel secundario que nunca alcanza el peso que su presencia promete.

El principal atractivo de Zona de riesgo reside en su construcción mecánica del suspense. Mackenzie mueve las piezas con habilidad, alternando entre la operación policial, la amenaza explosiva y el robo en curso. La edición de Matt Mayer mantiene el dinamismo y la banda sonora electrónica de Tony Doogan contribuye a crear una sensación constante de urgencia. La película rara vez se detiene; siempre hay una nueva revelación, una nueva complicación o una nueva persecución esperando a la vuelta de la esquina.
Pero esa misma obsesión por el movimiento termina convirtiéndose en una debilidad. A medida que la trama avanza, los giros comienzan a sentirse cada vez más artificiales y previsibles. Lo que inicialmente parecía una intriga cuidadosamente diseñada acaba transformándose en una sucesión de sorpresas que existen únicamente para mantener el ritmo narrativo. Las traiciones, los cambios de lealtad y las revelaciones pierden impacto porque los personajes carecen de la profundidad necesaria para que sus decisiones tengan verdadero peso emocional.
Lo más frustrante es que Zona de riesgo nunca llega a ser una mala película. Su problema es que constantemente insinúa que podría ser algo mejor. La premisa posee suficiente potencial para explorar cuestiones relacionadas con la paranoia contemporánea, la seguridad urbana o incluso la confianza en las instituciones. Sin embargo, el filme opta por permanecer en la superficie y concentrarse casi exclusivamente en la adrenalina inmediata. Cuando finalmente llega el desenlace, la sensación no es la de una explosión memorable, sino la de una mecha que se consume lentamente sin provocar el impacto esperado.
Aun así, la película mantiene un nivel de entretenimiento suficiente para sostener el interés durante buena parte de su recorrido. Mackenzie sigue siendo un director competente a la hora de generar tensión y organizar secuencias de acción, y el reparto hace lo posible por aportar personalidad a personajes que el guion apenas desarrolla. El resultado es un thriller funcional, ágil y ocasionalmente emocionante, pero también una obra que confirma que la velocidad y los giros constantes no siempre son suficientes para construir una experiencia verdaderamente memorable.