El mago del Kremlin aborda el ascenso de Vladimir Putin a través de la figura del estratega que ayudó a construir su imagen pública, explorando la relación entre poder, propaganda y manipulación mediática en la Rusia postsoviética con una interpretación de Jude Law inquietante y calculada como Putin.
El mago del Kremlin (2025)
Puntuación:★★½
Dirección: Olivier Assayas
Reparto: Paul Dano, Alicia Vikander, Jude Law, Tom Sturridge, Will Keen y Jeffrey Wright
Disponible en VOD
Pocas figuras políticas contemporáneas han generado tanta fascinación, temor y análisis como Vladimir Putin. Su ascenso desde las estructuras de inteligencia soviéticas hasta convertirse en el hombre más poderoso de Rusia ha inspirado documentales, investigaciones periodísticas, ensayos académicos y novelas. Con El mago del Kremlin (Le Mage du Kremlin), Olivier Assayas intenta abordar ese fenómeno desde un ángulo menos convencional: no centrándose directamente en Putin, sino en el hombre que ayudó a construir el relato que lo convirtió en una figura casi incontestable.
Basada en la exitosa novela de Giuliano da Empoli y adaptada por Emmanuel Carrère junto al propio Assayas, la película se propone explorar la relación entre política, espectáculo y manipulación mediática en la Rusia postsoviética. Sobre el papel, el material parece ideal para un thriller político de gran complejidad. Sin embargo, aunque el filme aborda temas apasionantes y cuenta con un reparto de enorme nivel, el resultado termina siendo mucho más interesante por las ideas que plantea que por la forma cinematográfica en que las desarrolla.
La historia sigue a Vadim Baranov, interpretado por Paul Dano, un personaje inspirado en Vladislav Surkov, considerado por muchos como uno de los principales estrategas detrás de la consolidación del poder de Putin. A través de una extensa serie de recuerdos narrados durante una entrevista con un escritor estadounidense, la película reconstruye el turbulento proceso de transformación de Rusia desde el colapso de la Unión Soviética hasta la consolidación de un nuevo modelo de autoritarismo basado en la manipulación de la información.
Assayas encuentra algunos de sus mejores momentos en la reconstrucción de aquel período histórico. La Rusia de los años noventa aparece como un territorio caótico, impredecible y fascinante, donde el derrumbe de las viejas estructuras dejó espacio para la irrupción simultánea de los oligarcas, los medios de comunicación masivos y las nuevas formas de poder económico. El director francés consigue capturar la sensación de un país reinventándose sobre las ruinas de otro, utilizando una puesta en escena elegante que combina energía política con cierto aire melancólico.

Sin embargo, la película tropieza en el aspecto más importante: su protagonista. Baranov debería funcionar como una figura compleja, un manipulador capaz de comprender que la política moderna ya no consiste en imponer una verdad, sino en fabricar múltiples versiones de ella. Pero el personaje nunca alcanza la profundidad necesaria. Paul Dano, es habitualmente brillante y dueño de una capacidad extraordinaria para transmitir conflictos internos, pero aquí se encuentra limitado por un guion que rara vez le permite evolucionar más allá de la observación distante. Su interpretación es contenida y técnicamente impecable, pero la construcción dramática del personaje termina resultando demasiado plana para sostener una película de esta magnitud.
Esa falta de intensidad dramática se agrava por una estructura narrativa excesivamente dependiente de la voz en off. La película parece desconfiar constantemente de la capacidad de las imágenes para transmitir información, recurriendo una y otra vez a largos bloques de explicación que detallan acontecimientos históricos, movimientos políticos y estrategias de poder. Lo que podría haber sido un thriller de intrigas se convierte por momentos en una lección de historia ilustrada, interesante desde el punto de vista intelectual pero limitada en términos emocionales.
Paradójicamente, quien termina aportando la mayor carga dramática es Jude Law. La elección de convertir al actor británico en Vladimir Putin parecía, en principio, una decisión arriesgada. Sin embargo, Law construye una interpretación notablemente inquietante. Lejos de buscar una imitación física perfecta, apuesta por capturar la esencia de un hombre que entiende el poder como un ejercicio de cálculo permanente. Su Putin transmite frialdad, control y una capacidad casi sobrenatural para leer las debilidades de quienes lo rodean. Cada aparición suya introduce una tensión que la película parece perder cuando abandona su presencia.
Su actuación confirma además una etapa particularmente interesante en la carrera de Law. Después de décadas siendo percibido principalmente como un galán, el actor continúa explorando personajes cada vez más complejos y oscuros. Si en años recientes sorprendió con interpretaciones alejadas de su imagen tradicional, aquí encuentra uno de los desafíos más arriesgados de su trayectoria reciente y sale ampliamente victorioso.

Más allá de sus virtudes interpretativas, El mago del Kremlin plantea una reflexión inquietante sobre el funcionamiento del poder en el siglo XXI. La película sugiere que la gran innovación política de la era contemporánea no consiste en convencer a las personas de una verdad determinada, sino en inundar el espacio público con versiones contradictorias de la realidad hasta volver imposible distinguir entre hechos y ficción. En ese sentido, el filme encuentra conexiones inevitables con numerosos líderes y movimientos políticos alrededor del mundo que han utilizado la desinformación, las redes sociales y la polarización como herramientas estratégicas.
El problema es que la película expone esas ideas con más eficacia de la que logra dramatizarlas. Muchas de sus reflexiones resultan estimulantes, pero pocas escenas poseen la fuerza emocional necesaria para convertir esos conceptos en auténtico cine. A medida que avanza el relato, la acumulación de contexto histórico termina desplazando a los personajes, reduciendo el impacto de una historia que debería sentirse urgente y peligrosa.
Al final, la película funciona como una advertencia sobre la construcción de los relatos políticos modernos, pero también como un recordatorio de que incluso las historias más importantes necesitan personajes capaces de sostenerlas. Y en una película sobre los arquitectos invisibles del poder, resulta irónico que quien termina dominando la pantalla sea precisamente el hombre que debería permanecer en las sombras.