Mother Mary – El hechizo surrealista de David Lowery: una de las grandes películas incomprendidas del año

David Lowery crea una atmósfera hipnótica donde la identidad, la fama y los vínculos emocionales se transforman en elementos casi sobrenaturales. Con una cinematografía deslumbrante, un vestuario extraordinario, una música envolvente de Daniel Hart y las sólidas interpretaciones de Anne Hathaway y Michaela Coel elevan una de las mejores películas del año.
Mother Mary (2026)
Puntuación:★★★★
Dirección: David Lowery
Reparto: Anne Hathaway, Michaela Coel, Hunter Schafer, FKA Twigs, y Sian Clifford
***screening de prensa***

Pocas películas estrenadas este año han sido tan fascinantes, arriesgadas y desconcertantes como Mother Mary. También pocas han sufrido una desconexión tan evidente entre sus ambiciones artísticas y su recepción comercial. La nueva obra de David Lowery confirma una vez más que estamos ante uno de los cineastas más singulares del cine contemporáneo, un autor incapaz de repetirse y siempre dispuesto a explorar territorios donde la emoción, la fantasía y lo existencial conviven en un mismo espacio.

Más que una película sobre una estrella del pop, Mother Mary es una reflexión sobre la identidad, la fama y las heridas emocionales que sobreviven incluso cuando el éxito parece haberlo conquistado todo. La historia del reencuentro entre Mary, una superestrella mundial interpretada por Anne Hathaway, y Sam, una diseñadora de moda encarnada por Michaela Coel, sirve apenas como punto de partida para una experiencia profundamente sensorial que se mueve entre el drama psicológico, el musical, el horror gótico y el surrealismo.

Lo primero que cautiva es la atmósfera que construye Lowery. Desde sus primeros minutos, la película parece existir en una dimensión paralela donde los límites entre la realidad, el recuerdo y la fantasía son deliberadamente difusos. La tensión emocional entre Mary y Sam se convierte en el motor narrativo, pero es el tratamiento visual el que transforma cada encuentro en algo casi espectral. A medida que la noche avanza y ambas mujeres se enfrentan a los fantasmas de su pasado compartido, la película adopta una cualidad onírica que resulta hipnótica. El espectador nunca tiene la certeza absoluta de qué es real y qué pertenece a una dimensión emocional más profunda, y precisamente ahí reside gran parte de su poder.

Lowery demuestra una vez más su extraordinaria habilidad para trabajar con lo intangible. Al igual que en A Ghost Story, aquí utiliza elementos sobrenaturales no como simples recursos narrativos, sino como representaciones físicas de emociones imposibles de verbalizar. La presencia de ese espectro construido a partir de una tela roja brillante se convierte en una imagen recurrente de enorme fuerza simbólica. Es una manifestación del dolor, la culpa, la obsesión y el vínculo inexplicable que une a Mary y Sam más allá de cualquier definición convencional.

Visualmente, la película es una auténtica maravilla. La cinematografía de Andrew Droz Palermo encuentra una evolución constante que acompaña el estado emocional de sus protagonistas. Las composiciones iniciales transmiten una sensación de distancia y frialdad, reflejando la separación emocional entre ambas mujeres. Conforme sus barreras comienzan a derrumbarse, la cámara se vuelve más íntima, más cercana y fluida, permitiendo que el espectador participe de una vulnerabilidad que hasta entonces permanecía oculta.

A esto se suma un extraordinario diseño de producción y vestuario que convierte cada plano en una experiencia táctil. Las telas, las texturas y los colores parecen tener vida propia. Los vestidos diseñados para Mother Mary no son simples piezas de moda; funcionan como extensiones de su identidad pública. Cada aparición de Hathaway está cuidadosamente construida para reforzar esa imagen de figura casi religiosa, una especie de virgen pop contemporánea cuya iconografía se alimenta tanto de la espiritualidad como del espectáculo. El vestuario contribuye de manera decisiva a elevar al personaje hacia una dimensión mitológica, donde la celebridad y la santidad se mezclan constantemente.

Esa dualidad entre lo sagrado y lo profano atraviesa toda la película. El propio título, Mother Mary, juega con referencias religiosas para explorar el fenómeno de la adoración moderna hacia las celebridades. Mary es observada, venerada y consumida por millones de personas, pero detrás de esa imagen existe una mujer incapaz de distinguir dónde termina el personaje y dónde comienza su verdadero yo. La película convierte esa crisis de identidad en el núcleo emocional de su relato.

Anne Hathaway ofrece probablemente uno de los trabajos más complejos y valientes de su carrera. Lo más impresionante de su interpretación no es únicamente la vulnerabilidad emocional que transmite, sino la absoluta credibilidad con la que encarna a una estrella pop mundial. Cada actuación musical, cada movimiento de baile y cada aparición pública poseen una autenticidad extraordinaria. Hathaway logra convencer al espectador de que Mother Mary podría existir fuera de la pantalla. Hay una presencia escénica magnética en esos momentos musicales que recuerda a las grandes figuras del pop contemporáneo.

Sin embargo, el verdadero corazón de la película se encuentra en Michaela Coel. Su Sam funciona como el contrapunto perfecto a la fragilidad de Mary. Coel aporta una serenidad, una inteligencia emocional y una fuerza interna que sostienen gran parte del drama. Su interpretación dota de humanidad a una película que constantemente coquetea con lo fantástico y lo simbólico. Es ella quien ancla la historia a una verdad emocional reconocible, incluso cuando la narrativa se adentra en terrenos más abstractos.

Los números musicales representan otro de los grandes logros de la película. David Lowery los utiliza como extensiones emocionales de sus personajes más que como simples pausas narrativas. Las canciones escritas por Charli XCX y Jack Antonoff ayudan a comprender la psicología de Mother Mary, construyendo una personalidad artística marcada por el misterio, la melancolía y una extraña oscuridad emocional. Son piezas que contribuyen a reforzar esa aura gótica y enigmática que envuelve constantemente al personaje.

No obstante, donde la película alcanza sus momentos más poderosos es en la música instrumental de Daniel Hart. Su banda sonora opera como una presencia fantasmal que acompaña cada escena, amplificando la sensación de irrealidad y transformando las emociones en paisajes sonoros. La música no solo acompaña la imagen; la expande, la envuelve y la convierte en una experiencia inmersiva. Muchas de las secuencias más memorables de la película deben parte de su impacto a la forma en que Hart construye esa sensación de hechizo permanente.

Lo más admirable de Mother Mary es que nunca intenta simplificar sus ideas. Es una película que exige al espectador entrar en su frecuencia particular y aceptar que algunas emociones no pueden explicarse de manera racional. La conexión entre Mary y Sam trasciende la amistad, el resentimiento o incluso el amor. Lowery sugiere que existe entre ellas un vínculo casi sobrenatural, una unión emocional que desafía cualquier definición concreta y que se manifiesta a través de símbolos, recuerdos y apariciones fantasmales.

Quizás por ello la reacción del público y parte de la crítica haya sido tan dividida. No es una obra diseñada para satisfacer expectativas convencionales ni para ofrecer respuestas claras. Sin embargo, precisamente en esa resistencia a ser descifrada reside su grandeza. Mother Mary es una película que permanece en la memoria mucho después de terminar, una experiencia que continúa creciendo a medida que se reflexiona sobre ella.

En un año dominado por franquicias, secuelas y apuestas seguras, David Lowery entrega una obra profundamente personal, visualmente deslumbrante y emocionalmente compleja. Puede que su desempeño en taquilla no refleje la magnitud de sus logros artísticos, pero el tiempo probablemente la reivindique como una de las propuestas más audaces, bellas y fascinantes del cine de 2026. Una película que no solo se observa: se siente, se escucha y, sobre todo, se experimenta como un sueño inquietante del que resulta imposible escapar.

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