En la zona gris – El placer de una película que nunca termina de encontrar su centro

En la zona gris confirma tanto las fortalezas como las limitaciones del cine reciente de Guy Ritchie. A través de una historia de agentes encubiertos, dinero robado y criminales internacionales, el director construye un thriller dinámico y visualmente atractivo que nunca deja de moverse.
En la Zona Gris (2026)
Puntuación:★★½
Dirección: Guy Ritchie
Reparto: Jake Gyllenhaal, Henry Cavill, Eiza González, Kristofer Hivju, Carlos Bardem y Rosamund Pike
Disponible en cines

No estoy seguro de que En la zona gris sea una buena película. Lo que sí tengo claro es que durante gran parte de su duración me la pasé bastante bien viéndola. Y eso termina siendo una contradicción interesante, porque pocas veces una película acumula tantos problemas narrativos y al mismo tiempo encuentra tantas maneras de seguir siendo entretenida. Guy Ritchie vuelve a apoyarse en las herramientas que mejor domina —el ritmo, el estilo y esos personajes que siempre parecen tener un plan oculto— para construir una película que funciona mucho mejor como experiencia que como relato.

La historia sigue a un grupo de agentes encubiertos especializados en operaciones imposibles. Su nueva misión consiste en recuperar mil millones de dólares robados por uno de los criminales más peligrosos del mundo. Lo que comienza como un elaborado golpe termina convirtiéndose en una guerra de estrategias, traiciones y supervivencia donde cada movimiento parece desencadenar un problema aún mayor. La premisa tiene potencial y, durante buena parte del metraje, y la película consigue generar la sensación de que todo puede desmoronarse en cualquier momento. El problema es que la acumulación constante de acontecimientos termina siendo más importante que las consecuencias de esos acontecimientos.

Ritchie dirige la película como si temiera que el espectador pudiera distraerse en cualquier instante. Cada escena introduce nueva información, nuevos personajes o nuevos obstáculos. La narrativa avanza a una velocidad que rara vez permite detenerse a explorar las motivaciones de sus protagonistas o el impacto emocional de lo que ocurre. El resultado es una película que siempre está en movimiento, pero que pocas veces encuentra el tiempo necesario para profundizar en aquello que realmente podría hacerla memorable.

Esa ansiedad por mantener el ritmo termina afectando especialmente a los personajes. Rachel, interpretada por Eiza González, representa una de las ideas más interesantes del guion. No es una espía tradicional ni una mercenaria de acción, sino una abogada especializada en recuperar enormes deudas para organizaciones tan cuestionables como los propios criminales a los que persigue. Hay algo atractivo en esa combinación de inteligencia financiera y riesgo físico, pero la película nunca desarrolla completamente las posibilidades de ese personaje.

Algo similar ocurre con los personajes interpretados por Henry Cavill y Jake Gyllenhaal. Ambos poseen el carisma suficiente para sostener cualquier escena en la que aparecen y entienden perfectamente el tono que busca la película. Sin embargo, terminan funcionando más como engranajes dentro de una maquinaria narrativa que como personajes con conflictos propios. La química entre ellos tampoco ayuda a mantener el interés, y nunca alcanza la profundidad necesaria para que las relaciones adquieran un verdadero peso dramático.

Lo curioso aquí, es que ninguna de estas debilidades impide que la película resulte entretenida. De hecho, ahí es donde aparece la principal fortaleza de Ritchie como director. Incluso cuando la historia amenaza con perderse entre explicaciones, planes, traiciones y cambios constantes de dirección, existe una energía visual que mantiene todo en funcionamiento. Ritchie sigue siendo un cineasta que entiende el valor del ritmo cinematográfico, de la construcción de tensión y de la elegancia visual como herramientas narrativas.

Las secuencias de acción son probablemente el mejor ejemplo de ello. En una época donde muchos blockbusters parecen sacrificar claridad por espectáculo, En la zona gris apuesta por escenas que permiten entender dónde están los personajes, cuáles son los riesgos y cómo evoluciona cada enfrentamiento. No necesariamente reinventa el género ni ofrece momentos particularmente innovadores, pero sí demuestra un oficio que cada vez parece menos común dentro del cine comercial contemporáneo.

También resulta refrescante que la película no se entregue por completo al tipo de humor autorreferencial que domina gran parte de las producciones actuales. Aunque existen momentos ligeros y personajes excéntricos, Ritchie permite que la tensión conserve cierta importancia. Cuando la vida de los protagonistas está en juego, la película no siente la necesidad de interrumpir constantemente el drama con una broma diseñada para aliviar la situación. Esa decisión aporta una gravedad que beneficia especialmente a los momentos más intensos.

Visualmente, además, la película mantiene la sofisticación habitual del director. Los escenarios, el vestuario, la fotografía y la estilización constante de los personajes contribuyen a crear un universo atractivo, incluso cuando la historia comienza a mostrar signos de agotamiento. Hay algo casi lúdico en la forma en que Ritchie organiza este mundo de criminales, mercenarios, abogados y estrategas. Incluso los detalles más innecesarios —como ciertas conversaciones aparentemente triviales o la atención desmedida a elementos que no tendrán mayor relevancia— parecen responder al simple placer de construir atmósferas.

El verdadero obstáculo aparece cuando la película intenta convertirse en demasiadas cosas al mismo tiempo. Por momentos parece un thriller criminal, luego una historia de espionaje, más tarde un relato de atracos y ocasionalmente un drama sobre lealtades y relaciones personales. Ninguna de estas facetas es particularmente mala, pero tampoco existe una que termine imponiéndose como el corazón de la película. Todo convive en una especie de equilibrio inestable que mantiene el interés, aunque también limita el impacto final.

No estamos ante una de las obras más inspiradas de Guy Ritchie, pero tampoco ante un fracaso. Es una película que entiende perfectamente cuál es su objetivo y que logra cumplirlo con relativa eficacia. Entretiene, mantiene el ritmo y ofrece varias secuencias bien ejecutadas. Lo que nunca termina de conseguir es transformar toda esa energía en algo más sustancial. Al final, En la zona gris encuentra su mejor definición en esa contradicción que la atraviesa de principio a fin: una película llena de problemas que, pese a todo, sigue siendo bastante divertida de ver.

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