La muerte de Robin Hood desmonta el mito para presentar a un hombre envejecido, violento y agotado por las consecuencias de su pasado. Michael Sarnoski construye una elegía oscura y atmosférica, sostenida por la gran actuación de Hugh Jackman y la fotografía de Patrick Scola.
La muerte de Robin Hood (2026)
Puntuación:★★★½
Dirección: Michael Sarnoski
Reparto: Hugh Jackman, Jodie Comer, Bill Skarsgard, Murray Bartlett, Noah Jupe y Clive Russell
Disponible en cines
Lo primero que hace Michael Sarnoski con La muerte de Robin Hood es quitarle a Robin Hood todo aquello que reconocemos de él. No hay arco heroico, humor, romance ni aventura. Tampoco está el noble forajido que roba a los ricos para ayudar a los pobres. El Robin Hood de Hugh Jackman es un asesino envejecido que vive escondido, perseguido por los descendientes de los hombres que mató décadas atrás. Cuando comienza la película, la leyenda ya ha terminado. Lo que queda es el hombre y las consecuencias de su vida.
Es una decisión bastante radical para un personaje que el cine ha convertido durante décadas en una figura esencialmente simpática. Sarnoski no intenta actualizarlo para hacerlo más atractivo a una audiencia contemporánea, sino todo lo contrario: quiere quitarle la idealización. En esta versión, las historias que hablan de la grandeza de Robin son simplemente eso, historias. Él sabe que no fue un héroe y tampoco parece tener demasiado interés en defenderse de esa acusación.
La película establece esa mirada desde sus primeros minutos, cuando Robin mata brutalmente a una mujer que ha intentado asesinarlo y después entierra su cuerpo junto a otros cadáveres. La escena no busca presentar a un guerrero admirable, sino mostrar la lógica en la que ha vivido durante años: alguien llega para matarlo, él mata primero y después continúa con su vida. El problema es que ya está cansado de esa vida.
Ahí aparece una de las mejores decisiones de Sarnoski: convertir la historia de Robin Hood en una especie de western crepuscular. Su protagonista se parece menos al héroe medieval tradicional que al pistolero viejo que sabe que su tiempo terminó. Robin sigue siendo capaz de matar, pero ya no encuentra ningún sentido en hacerlo. Incluso cuando acepta acompañar a Little John en una última misión, interpretado por Bill Skarsgård, da la impresión de que parte de su motivación es simplemente encontrar una forma de morir.

Esta idea conecta directamente con el cine anterior de Sarnoski. En Pig, Nicolas Cage interpretaba a otro hombre solitario que parecía preparado para una historia de venganza y que, sin embargo, terminaba protagonizando una película mucho más interesada en el duelo y la pérdida. En La muerte de Robin Hood ocurre algo parecido: la violencia es el punto de partida, pero no es realmente el tema. Lo que interesa es lo que queda después de haber pasado toda una vida utilizándola.
Hugh Jackman entiende muy bien ese agotamiento. Su interpretación no depende de grandes discursos ni de convertir a Robin en un personaje permanentemente expresivo. Está en su cuerpo, en la forma en que camina, en el cansancio de su rostro y en esa mezcla de ferocidad y fragilidad que mantiene durante toda la película. Es un hombre que todavía puede matar, pero que parece haber perdido cualquier deseo de seguir haciéndolo.
La comparación con Logan es inevitable y, al mismo tiempo, problemática. Jackman vuelve a interpretar a una figura legendaria en su etapa final: un hombre envejecido, violento y perseguido por su pasado, que encuentra cierta posibilidad de redención al relacionarse con personas más jóvenes. Margaret, la niña interpretada por Faith Delaney, cumple una función similar a la que tenía Laura en Logan. Incluso el arco vuelve a aparecer como un objeto que conecta al personaje con aquello que alguna vez fue.
La diferencia es que aquí Sarnoski no consigue escapar completamente de ese modelo. Después de quitarle a Robin Hood su identidad tradicional, termina convirtiéndolo en otro antihéroe atormentado del cine contemporáneo. Es un personaje que ya hemos visto muchas veces: el hombre de pocas palabras, cargado de culpa, que intenta reparar algo antes de morir. La película lo ejecuta con seriedad y convicción, pero su camino resulta menos novedoso de lo que su premisa promete.
Donde sí encuentra una identidad propia es en su atmósfera. La fotografía de Patrick Scola aprovecha los paisajes de Irlanda del Norte para construir un mundo que parece tan cansado como su protagonista. Los campos abiertos, las montañas, el agua y el barro contrastan con la violencia constante de Robin. Incluso cuando la película se vuelve más contemplativa, nunca parece estar en un lugar realmente seguro. Hay belleza en esos paisajes, pero también una sensación de aislamiento que acompaña al personaje. El cambio en el formato de imagen refuerza esa idea. La película comienza con una composición más amplia, apropiada para una figura que todavía pertenece al imaginario de la leyenda. Cuando Robin llega a la isla donde se encuentra el priorato, el encuadre se vuelve más cerrado. El mundo parece reducirse y la película pasa de la aventura al encierro emocional.

Es también allí donde aparece Sister Brigid, interpretada por Jodie Comer, y la película encuentra su lado más humano. Brigid no representa una nueva aventura ni un interés romántico convencional. Su importancia está en algo mucho más sencillo: trata a Robin con bondad. Para un hombre que lleva décadas respondiendo a la violencia con más violencia, esa experiencia resulta casi desconocida.
El problema es que los personajes que rodean a Robin no siempre tienen suficiente espacio para convertirse en algo más que instrumentos de su transformación. Brigid, Margaret, el personaje de Murray Bartlett e incluso los jóvenes que llegan al priorato tienen potencial, pero la película los utiliza principalmente para hacer avanzar el conflicto interno de Robin. Es una contradicción interesante: una película que habla sobre la necesidad de conectar con otros termina demasiado concentrada en su protagonista.
Sarnoski apuesta por una narración lenta, silenciosa y contemplativa después del violento comienzo. La decisión tiene sentido y, personalmente, es una de las cosas que más interesante hace a la película. El problema aparece cuando esa solemnidad se vuelve demasiado constante. Todo parece cargado de tristeza, culpa y gravedad. Hay poco espacio para que los personajes simplemente existan, conversen o tengan una relación que no esté inmediatamente ligada al pasado de Robin. La película tiene mucha atmósfera, pero a veces le falta aire.
En ese sentido, la música de Jim Ghedi resulta fundamental. Su banda sonora, construida a partir de sonidos folk y cuerdas profundamente melancólicas, consigue expresar algo que la película en ocasiones intenta explicar demasiado. Hay una tristeza permanente en esas composiciones, pero no una tristeza exagerada; más bien la sensación de estar acompañando a alguien que sabe que ya está llegando al final. Es probablemente uno de los elementos más logrados de la película y una de las mejores bandas sonoras del año. Ghedi consigue darle a Robin una dimensión casi elegíaca sin convertirlo nuevamente en héroe. La música no celebra su pasado; lo despide.
Y ahí está, finalmente, lo más interesante de la propuesta de Sarnoski. La muerte de Robin Hood no necesita demostrar que el personaje que conocemos era falso. Lo que hace es preguntarse qué pasaría si detrás de esa leyenda hubiera habido realmente un hombre mucho más violento, egoísta y contradictorio de lo que las historias quisieron recordar.
Sarnoski consigue así una reinterpretación de Robin Hood que resulta mucho más triste que épica. Y aunque la película no siempre consigue diferenciar a su protagonista de otros antihéroes envejecidos del cine reciente, sí encuentra algo poderoso en su manera de mirar al personaje: no desde la nostalgia por el héroe, sino desde el cansancio del hombre. Aquí Robin no necesita volver a robar a los ricos ni disparar una última flecha para demostrar quién es. Lleva toda la película intentando averiguarlo.